
Sería más razonable por mi parte no meterme en temas
drásticos porque me encuentro en desventaja. Soy un forastero totalmente
desconocido, carezco de autoridad y mi castellano es un niño de pocos años que
apenas sabe hablar. No puedo hacer frases potentes, ni ágiles, ni distinguidas, ni
finas, pero quién sabe si esta dieta obligatoria no resultará buena para la salud?. A
veces me gustaría mandar todos los escritores del mundo al extranjero, fuera
de su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigranas verbales para comprobar
qué quedará de ellos entonces. Cuando uno carece de medios para realizar un
estudio sutil, bien enlazado verbalmente, sobre, por ejemplo, las rutas de la
poesía moderna, empieza a meditar acerca de esas cosas de modo más sencillo, casi
elemental y, a lo mejor, demasiado elemental.
No cabe duda de que la tesis de esta nota: que no los versos
no gustan a casi nadie y que el mundo de la poesía versificada es un mundo ficticio
y falsificado, parecerá desesperadamente infantil; y, sin embargo, confieso que los
versos no me gustan y hasta me aburren un poco. Lo interesante es que no soy un
ignorante absoluto en cuestiones artísticas ni tampoco me falta la sensibilidad
poética y, cuando la poesía aparece mezclada con otros elementos, más crudos y
prosaicos, por ejemplo en los dramas de Shakespeare, en las obras de Dostowieski, de
Pascal, o, sencillamente en el crepúsculo cotidiano, tiemblo como cualquier mortal.
Lo que difícilmente aguanta mi naturaleza es el extracto farmacéutico y depurado
de la poesía que se llama “poesía pura” y, sobre todo, cuando aparece
versificada. Me cansa el canto monótono de esos versos, siempre elevado, me adormecen el
ritmo y la rima, me extraña en el vocabulario poético cierta “pobreza dentro de
la nobleza” (rosas, amor, noche, lirios, y a veces sospecho que todo ese modo de
expresión y todo el grupo social que a él se dedica padecen de algún defecto
básico.
Yo mismo creía al principio que esto se debía a una
particular deficiencia de mi “sensibilidad poética” pero cada vez tomo menos en serio los
slogans que abusan de nuestra credibilidad. No hay cosa más instructiva que la
experiencia y por eso empecé a realizar algunas muy curiosas: leía cualquier poema
alterando intencionalmente su orden de tal suerte que se convertía en
un absurdo y ninguno de mis oyentes (finos y cultos, por cierto y fervientes
admiradores de aquel poeta) advertía la treta; o, analizando en forma detallada el texto
de un poema más extenso comprobaba con asombro que los “admiradores” ni
siquiera lo habían leído completo. Cómo puede ser eso entonces? Admirarlo tanto y no
leerlo? Gozar tanto de la “precisión matemática” de las palabras y no percibir
una fundamental alteración en el orden de la expresión? Pero lo que pasa es
que todo este cúmulo de ficticios goces, admiraciones y deleites está basado sobre
un convenio de mutua discreción: cuando alguien declara que le encanta la poesía
de Valery es mejor no acosarlo demasiado con indiscretas investigaciones porque
entonces se pondría en evidencia una realidad tan distinta de todo lo que nos
imaginamos y tan sarcástica que nos sentiríamos sumamente molestos. El que deja por un
momento las convenciones del juego artístico, enseguida tropieza con un
montón de ficciones y falsificaciones, cual un escolástico escapado de los
principios aristotélicos.
Me encontré, pues, cara a cara con el siguiente dilema:
miles de hombres hacen versos; otros miles les demuestran gran admiración; grandes
genios se expresan por medio del verso; desde tiempos inmemoriales el poeta y
los versos son venerados; y frente a esa montaña de gloria –yo, con mi
convicción de que la misa poética se efectúa en el vacío casi completo.
Valor, señores! En vez de huir ese hecho impresionante,
tratemos de buscar sus causas como si fuese un hecho como cualquier otro. Por qué no me gusta la poesía pura? Por las mismas razones
por las cuales no me gusta el azúcar “puro”. El azúcar encanta cuando lo tomamos
junto con el café pero nadie se comería un plato de azúcar: sería ya demasiado. Es
el exceso lo que cansa en la poesía: exceso de la poesía, exceso de palabras
poéticas, exceso de metáforas, exceso de nobleza, exceso de depuración y de
condensación que asemejan los versos a un producto químico.
Cómo hemos llegado a este grado de exceso? Cuando un hombre se expresa en forma natural, es decir en prosa, su habla abarca una gama infinita de elementos que reflejan su naturaleza entera; pero he aquí que vienen los poetas y proceden a eliminar gradualmente del habla humana todo elemento apoético en vez de hablar empiezan a cantar y de hombres se convierten en bardos y vates, consagrándose única y exclusivamente al canto. Cuando un trabajo semejante de depuración y eliminación se mantiene durante siglos llégase a una síntesis tan perfecta que no quedan más que unas pocas notas y la monotonía tiene que invadir forzosamente el campo del mejor poeta. El estilo se deshumaniza; el poeta no toma como punto de partida la sensibilidad del hombre común sino la de otro poeta, una sensibilidad “profesional” y, entre los profesionales, se crea un lenguaje tan inaccesible como los otros dialectos técnicos; y, subiendo unos sobre los hombros de otros, forman una pirámide cuya punta ya se pierde en el cielo, mientras nosotros nos quedamos abajo algo confundidos. Pero lo más importante es que todos ellos se vuelven esclavos de su instrumento porque esa forma es ya tan rígida y precisa, sagrada y
consagrada que deja de ser un medio de expresión; y podemos
definir al poeta profesional como un ser que no se puede expresar a sí mismo
porque tiene que expresar los versos.
Por más que se diga que el arte es una especie de clave, que
el arte de la poesía consiste precisamente en lograr una infinidad de matices con
pocos elementos, tales y parecidos argumentos no ocultarán el primordial
fenómeno de que con la máquina del verbo poético ha ocurrido lo mismo que con todas
las demás máquinas, pues en vez de servir a su dueño se ha convertido
en un fin en sí; y, francamente, una reacción contra ese estado de cosas parece
aún más justificada aquí que en otros campos porque aquí estamos en el terreno
del humanismo “par excellence”. Existen dos formas de humanismo básicas y
diametralmente opuestas: una que podríamos llamar “religiosa” que coloca al hombre de
rodillas ante la obra cultural de la humanidad y otra, laica, que trata de
recuperar la soberanía del hombre frente a sus dioses y sus musas. El abuso de
cualquiera de estas formas tiene que provocar una reacción y es cierto que una reacción
así contra la poesía sería hoy totalmente justificada porque, de vez en cuando,
hay que parar por un momento la producción cultural para ver si lo que producimos
tiene todavía alguna vinculación con nosotros. Posiblemente los que han tenido la
oportunidad algún texto artístico mío se sentirán extrañados por lo que digo,
ya que soy en apariencia un autor típicamente moderno, difícil, complicado y aun a
veces –quién sabe- aburrido. Pero, téngase en cuenta yo no aconsejo a nadie
prescindir de la perfección ya alcanzada, sino considero que esta perfección,
este aristocrático hermetismo del arte deben ser compensados de algún modo y
que, por ejemplo, cuanto más el artista es refinado, tanto más debe tener en
cuenta a los hombres menos refinados y cuanto más es idealista tanto más debe ser
realista. Este equilibrio a base de compensaciones y antinomias es el fundamento
de todo buen estilo, mas en los poemas no lo encontraremos y tampoco se
puede notar en la prosa moderna influenciada por el espíritu de la poesía.
Libros como “La muerte de Virgilio” de Hermann Broch o aun el celebrado “Ulises” de
Joyce resultan imposibles de leer por ser demasiado “artísticos”. Todo allí es
perfecto, profundo, grandioso, elevado, y, al mismo tiempo, nada nos interesa porque sus
autores no lo han escrito para nosotros sino para el Dios del Arte.
Pero la poesía pura además de constituir un estilo hermético
y unilateral, constituye también un mundo hermético. Y sus debilidades aparecen con
más crudeza aún, cuando se contempla el mundo de los poetas en su aspecto
social. Los poetas escriben para los poetas. Los poetas se elogian mutuamente
y, mutuamente, se rinden honores. Los poetas son los que rinden homenaje a su
propio trabajo y todo este mundo se parece mucho a cualquier otro de los tantos y
tantos mundos especializados y herméticos que dividen la sociedad
contemporánea. Los ajedrecistas consideran el ajedrez como la cumbre de la
creación humana, tienen sus jerarquías, hablan de Capablanca como los poetas hablan
de Mallarmé y, mutuamente, se rinden todos los honores. Pero el ajedrez es
un juego mientras que la poesía es algo más serio y lo que resulta simpático en
los ajedrecistas, en los poetas es signo de una mezquindad imperdonable. La primera
consecuencia del aislamiento social de los poetas es que en el mundo poético
todo se hincha, y aun los creadores mediocres llegan a adquirir dimensiones
apocalípticas y, por el mismo motivo, los problemas de poca monta cobran una trascendencia
que asusta. Hace tiempo hubo entre los poetas una gran polémica sobre la
famosa cuestión de las asonancias y parecía que la suerte del universo dependía del
hecho de si es posible rimar “espesura” y “susurran”. Es lo que sucede cuando el
espíritu gremial domina al universal.
La segunda consecuencia es aún más desagradable; el poeta no
sabe defenderse de sus enemigos. Y así vemos como en el terreno personal y
social se pone en evidencia la misma estrechez de estilo que hemos mencionado
más arriba. El estilo no es otra cosa sino una actitud espiritual frente al mundo,
pero hay varios mundos y el mundo de un zapatero o de un militar tiene poco que ver
con el mundo de los
La más seria dificultad de orden personal y social que debe
afrontar el poeta
La ceguera voluntaria se nota también en ese simplismo
tremendo en que caen
poetas porque necesitan mitos. No se dan cuenta de que si
las escuelas no enseñasen a los niños el culto a los poetas en sus tristes y
tan formales clases de
Que me perdonen los poetas. Yo no los ataco para molestarlos
y gustoso tributaré homenaje a los altos valores personales de muchos de ellos;
sin embargo ya se ha colmado el cáliz de sus pecados. Hay que abrir las ventanas
de esta hermética casa y sacar sus habitantes al aire fresco, hay que sacudir la
pesada, majestuosa y rígida forma que los abruma. Poco me importa que digáis
pestes de mí y de mi nota –¿acaso puedo esperar que aceptéis un juicio que os quita la
razón de ser?- y, además, mis palabras están destinadas a la nueva generación.
El mundo se vería en situación desesperada si cada año no entrase un nuevo
contingente de seres humanos, frescos, libres del pasado, no comprometidos con
nadie ni con nada, no paralizados por puestos, glorias, obligaciones y
responsabilidades, seres, en fin, no definidos por lo que ya han hecho y, por lo tanto, libres
para elegir.
Witold Gombrowicz






































