Aguante Barreda de Alejandro Colliard
Antología de nuevos narradores Arica - Antofagasta
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LA DOBLE TRAMPA MORTAL
Enviado por Violeta Fernández
el 26/07/2008 a las 0:43
(Texto completo) ROBERTO ARLT He aquí el asunto, teniente
Ferrain: usted tendrá que matar a una mujer bonita. El rostro del otro
permaneció impasible. Sus ojos desteñidos, a través de las vidrieras, miraban
el tráfico que subía por el bulevar Grenelle hacia el bulevar Garibaldi. Eran
las cinco de la tarde, y ya las luces comenzaban a encenderse en los
escaparates. El jefe del Servicio de Contraespionaje observó el ceniciento perfil
de Ferrain, y prosiguió: —Consuélese, teniente.
Usted no tendrá que matar a la señorita Estela con sus propias manos. Será ella
quien se matará. Usted será el testigo, nada más. Ferrain comenzó a cargar su
pipa y fijó la mirada en el señor Demetriades. Se preguntaba cómo aquel hombre
había llegado hasta tal cargo. El jefe del servicio, cráneo amarillo a lo bola
de manteca, nariz en caballete, se enfundaba en un traje rabiosamente nuevo.
Visto en la calle, podía pasar por un funcionario rutinario y estúpido. Sin
embargo, estaba allí, de pie, frente al mapa de África, colgado a sus espaldas,
y perorando como un catedrático: —Posiblemente, usted
Ferrain, experimente piedad por el destino cruel a que está condenada la
señorita Estela; pero créame, ella no le importaría de usted si se encontrara
en la obligación de suprimirlo. Estela le mataría a usted sin el más mínimo
escrúpulo de conciencia. No tenga lástima jamás de ninguna mujer. Cuando alguna
se le cruce en el camino, aplástele la cabeza sin misericordia, como a una
serpiente. Verá usted: el corazón se le quedará contento y la sangre dulce. El teniente Ferrain terminó
de cargar su pipa. Interrogó: —¿Qué es lo que ha hecho la
señorita Estela? —¿Qué es lo que ha hecho?
¡Por Cosme y Damián! Lo menos que hace es traicionarnos. Nos está vendiendo a
los italianos. O a los alemanes. O a los ingleses. O al diablo. ¿Qué sé yo a
quién? Vea: la historia es lamentable. En Polonia, la señorita Estela se
desempeñó correctamente y con eficiencia. Esto lo hizo suponer al servicio que
podía destacarla en Ceuta. Los españoles estaban modernizando el fuerte de
Santa Catalina, el de Prim, el del Serrallo y el del Renegado, cambiando los
emplazamientos de las baterías; un montón de diabluras. Ella no sólo tenía que
recibir las informaciones, sino trabajar en compañía del ingeniero Desgteit. El
ingeniero Desgteit es perro viejo en semejantes tareas. Con ese propósito, el
ingeniero compró en Ceuta la llave de un acreditado café. Estela hacía el papel
de sobrina del ingeniero. El bar, concurrido por casi toda la oficialidad
española, fue modernizado. Se le agregaron sólidos reservados. Un consejo, mi
teniente: no hable nunca de asuntos graves en un reservado. Cada reservado
estaba provisto de un micrófono. Consecuencia: los oficiales iban, charlaban,
bebían. Estela, en el otro piso, a través de los micrófonos, anotaba cuanta
palabra interesante decían. Este procedimiento nos permitió saber muchas cosas.
Pero he aquí que el mecanismo informativo se descompone. El ingeniero Desgteit
encuentra con su cabeza una bala perdida que se escapa de un grupo de
borrachos. Supongamos que fueron borrachos auténticos. Mahomet "el
Cojo", respetable comerciante ligado estrechamente a la cabila de Anghera,
cuyos hombres trabajaban en las fortificaciones, es asaltado por unos
desconocidos. Estos lo apalean tan cruelmente, que el hombre muere sin recobrar
el sentido. Y, finalmente, como epílogo de la fiesta, nos llega un mensaje de
la señorita Estela. . . ¡Y con qué novedad! Un incendio ha destruido al bar. Por
supuesto, toda la documentación que tenía que entregarnos ha quedado reducida a
cenizas. El teniente Ferrain movió
la cabeza. —Evidentemente, hay motivos
para fusilarla cuatro veces por la espalda. El señor Demetriades se
quitó una vírgula de tabaco de la lengua, y prosiguió: —Yo no tengo carácter para
acusar sin pruebas; pero tampoco me gusta que me la jueguen de esa manera.
Estela es una mujer habilísima. Naturalmente, ordené que la vigilaran, y ella
lo supone. —¿Por qué presume usted que
ella se supone vigilada? —Son los indicios
invisibles. Se sabe condenada a muerte, y está buscando la forma de escaparse
de nuestras manos. Por supuesto, llevándose la documentación. Ahora bien; ella
también sabe que no puede escaparse. Por tierra, por aire o por agua, la
seguiríamos y atraparíamos. Ella lo sabe. Pero he aquí de pronto una novedad:
la señorita Estela descubre una forma sencillísima para evadirse. He aquí el
procedimiento: me escribe diciéndome que siente amenazada su vida, y de paso
solicita que un avión la busque para conducirla inmediatamente a Francia; pero
nos avisa (aquí está la trampa) que en Xauen la espera un agente de Mahomet
"el Cojo" para entregarle una importantísima información. ¿Qué deduce
usted, teniente de ello? —¿Intentará escaparse en Xauen? El jefe del servicio se
echó a reír. —Usted es un ingenuo y ella
una mentirosa. La información que ella tiene que recibir en Xauen es un cuento
chino. Vea, teniente.—El señor Demetriades se volvió hacia el mapa y señaló a
Ceuta.—Aquí está Ceuta.—Su dedo regordete bajó hacia el Sur.—Aquí, Xauen.
Observe este detalle, teniente. A partir de Beni Hassan, usted se encuentra con
un sistema montañoso de más de mil quinientos metros de altura. Nidos de
águilas y despeñaperros, como dicen nuestros amigos los españoles. Después de
Beni Hassan, el único lugar donde puede aterrizar un avión es Xauen. Ahora
bien: el proyecto de esta mujer es tirarse del avión cuando el aparato cruce
por la zona de las grandes montañas. Como ella llevará paracaídas, tocará
tierra cómodamente, y el avión se verá obligado a seguir viaje hasta Xauen. Y
la señorita Estela, a quien sus compinches esperarán en Dar Acobba, Timila o
Meharsa, nos dejará plantados con una cuarta de narices. Y nosotros habremos
costeado la información para que otros la aprovechen. Muy bonito, ¿no?. . . —El plan es audaz. El señor Demetriades
replicó: —¡Qué va a ser audaz! Es
simple, claro y lógico, como dos y dos son cuatro. Más lógico le resultará
cuando se entere de que la señorita Estela es paracaidista. Lo he sabido de una
forma sumamente casual. El teniente Ferrain volvió
a encender su pipa. —¿Qué es lo que tengo que
hacer? —Poco y nada. Usted irá a
Ceuta en un avión de dos asientos. El aparato llevará los paracaídas
reglamentarios; pero el suyo estará oculto, y el destinado al asiento de ella,
tendrá las cuerdas quemadas con ácido; de manera que aunque ella lo revise no
descubrirá nada particular. Cuando se arroje del avión, las cuerdas quemadas no
soportarán el peso de su cuerpo, y ella se romperá la cabeza en las rocas.
Entonces usted bajará donde esa mujer haya caído, y si no se ha muerto, le
descarga las balas de su pistola en la cabeza. Y después le saca todo lo que
lleve encima. —¿Con qué queman las
cuerdas del paracaídas? Con ácido nítrico diluido
en agua. ¿Por qué? —Nada. El avión se hará
pedazos. —Naturalmente. Ahora, véalo
al coronel Desmoulin. Él le dará algunas instrucciones y la orden para retirar
el aparato. Tendrá que estar a las ocho de la mañana en Ceuta. Le deseo buena
suerte. El teniente Ferrain se
levantó y estrechó la mano del jefe de servicio. Luego tomó su sombrero y
salió. Ambos ignoraban que no se verían nunca más. El teniente Ferrain llegó a
las ocho de la mañana al aeródromo de la Aeropostale, piloteando un avión de
dos asientos. Miró en derredor, y por el prado herboso vio venir a su encuentro
una joven enlutada. La acompañaba el director del aeródromo. Ferrain detuvo los
ojos en la señorita Estela. La muchacha avanzaba ágilmente, y su continente era
digno y reservado. Algunos ricitos de oro escapaban por debajo de su toca.
Tenía el aspecto de una doncella prudente que va a emprender un viaje de
vacaciones a la casa de su tía. El director del aeródromo
hizo las presentaciones. Ferrain estrechó fríamente la mano enguantada de la
muchacha. Ella le miró a los ojos, y pensó: "Un hombre sin reacciones.
Debe ser jugador". Quizá la muchacha no se
equivocaba; pero no era aquel el momento de pensar semejantes cosas de Ferrain.
El aviador estaba profundamente disgustado al verse mezclado en aquel horrible
negocio. El mecánico se acercó al director, y éste se alejó. Estela, que miraba
las plateadas alas del avión reposando como un pez en la pradera verde, volvió
sus ojos a Ferrain. —¿Ha estado usted con el
señor Demetriades? —Sí. —Supongo que estará
enterado de todo. —Me ha dicho que me ponga
por completo a sus órdenes. —Entonces iremos primero a
Xauen, y luego tomaremos rumbo a Melilla. —¿Sus documentos están en
orden? —Por completo... ¿Conoce
usted Xauen? —He estado dos veces. —De Xauen podemos salir
después de almorzar. Esta noche cenaremos juntos en París. ¿Conforme? —¡Encantado! —¿Cuándo salimos? —Cuando usted diga. —Me pondré el overol,
entonces.—Ya ella se marchaba para la toilette del aeródromo con su bolso de
mano; pero bruscamente se volvió. Sonreía, un poco ruborizada, como si se
avergonzara de una posible actitud pueril. Dijo:—Teniente Ferrain, no se vaya a
reír de mí ¿Tiene usted paracaídas? Ferrain permaneció serio. —Puede usar el mío, si
quiere. Yo jamás he necesitado de ese chisme. —Es que soy supersticiosa. Hoy he
visto un funeral. Y la primera inicial del paño fúnebre era la letra
"E". Ferrain la miró
sorprendido: —¡Es curioso! Yo me llamo
Esteban. ¿Por quién sería el augurio? . . . La espía no sonrió. Un poco
desconcertada, observó a Ferrain, y luego balbuceó: —¡Es curioso! Ferrain miró el cielo azul
de la mañana recortándose sobre las montañas verdosas, y replicó: —Tendremos un viaje
serenísimo. No se preocupe. Ella, con ágiles pasos,
marchó a enfundarse en su overol. Ferrain se dirigió a su
aparato. A medida que transcurrirían los minutos, el disgusto por su misión
aumentaba su volumen sombrío. ¿Cómo se había dejado atrapar por aquel
Demetriades? Algunos mástiles se alejaban del dique hacia Gibraltar. Ferrain
pensó con envidia que en los puentes irían pasajeros dichosos. Cierto es que
esa noche cenaría en París. ¡Cuántos sacrificios costaba un ascenso! De modo
que esa hipócrita, con su aspecto de mosquita muerta, había hecho asesinar a
Desgteit y a Mahomet "el Cojo"? ¿Qué aventuras la habrían conducido
al Servicio de Contraespionaje? De haber estado en sus manos, borraría a Ceuta
del mapa. Miró con rabia al mecánico, que terminaba de llenar el tanque de
nafta. Algunos pájaros saltaban en la hierba; más allá, los portones de cine de
un hangar se abrían lentamente. Y él, por esa mala pécora. . . Sonriendo, con su bolso de
mano, apareció la señorita Estela. Evidentemente, era elegante. Ella lo
envolvió en su aterciopelada mirada azul, que escapaba de sus pupilas abiertas
como abanicos. Ferrain apartó los ojos de ella. Acaba de representársela
destrozada en un roquedal, las entrañas derramándose entre los dientes rotos.
La señorita Estela, cruzándose de brazos frente a él, dijo: —¡Lista! Ferrain se acercó
penosamente al aparato. Ella caminaba a su lado alargando el paso y
charloteando como una colegiala maliciosa. —¿Cómo está el señor
Demetriades? ¿Siempre paternal y cínico? Supongo que le habrá contado... Ferrain la miró desafiante: —¿Contado qué? —Nuestras dificultades. Ferrain cortó en seco: —Usted perdone. El señor
Demetriades me ordenó que la buscara a usted, y que eludiera toda conversación
confidencial respecto al servicio. La respuesta de Ferrain fue
oportuna y adecuada. Estela pensó: "Este imbécil teme que le estropee la
foja con algún chisme", y acto seguido cambió de conversación y de tono: —¿Cree usted que habrá
elecciones en España? Ferrain la soslayó: —Posiblemente. . . Se habla
de la chance del bloque popular. ¿Cree usted en esa ensalada? Ferrain sonrió eficiente: —El bloque es un disparate.
Gil Robles gobernará a España. La CEDA es el único partido serio.
Electoralmente, el bloque popular está condenado al fracaso. Azaña es un
literato. Habían llegado al avión.
Subió Ferrain, y el mecánico la ayudó a Estela. Ella recogió el paracaídas y se
cruzó el correaje bajo las axilas. Ferrain la miró, y aunque
estaba muy lejos de tener deseos de sonreír, no pudo evitar que una sonrisa
extraña, dubitativa, le encrespara los labios. E insistió en su pregunta: —Pero, ¿usted cree en ese
chisme?—Luego, sin esperar que ella le contestara, apretó el botón del
encendido. La hélice osciló como un élitro de cristal, y el motor tableteó
semejante a una ametralladora. La máquina se deslizó por la pradera y brincó
ligeramente dos veces. Luego quedó suspendida en la atmósfera, cuando Estela
bajó la cabeza, las torres de la catedral estaban abajo. En los patios con
palmeras se veían algunos monjes que levantaban la cabeza. Aparecieron los caminos
asfaltados, el mar; a lo lejos, entre neblinas sonrosadas, el ceniciento peñón
de Gibraltar; la costa de España se recortaba adusta en el azul del
Mediterráneo. Durante pocos minutos el avión pareció seguir a lo largo de la
mar; pero la costa desapareció y avanzaron sobre crecientes bultos de montañas
verdes. Por los caminos zigzagueantes avanzaban lentos camiones. Grupos de
campesinos moros eran ostensibles por sus vestiduras blancas. El avión ganó
altura, y la costra terrestre, más profunda y sombría, apareció desierta como
en los primeros días de la creación. A pesar de que lucía el
sol, el paisaje era siniestro y hostil, con la encrespadura de sus montes y la
oquedad verde botella de los valles. Una congoja infinita entró
en el corazón de Ferrain. Vio que Estela la mano en el bolso y estuvo allí
buscando algo. Finalmente, extrajo una petaca morisca, y le ofreció un
cigarrillo. Ferrain no aceptó. Ella fumaba y miraba las profundidades. Ferrain
sentía que un infortunio inmenso se aplastaba sobre su vida, descorazonándole
para toda acción. Hubiera querido decirle algo a esa mujer, escribírselo en la
pizarra; pero una fuerza fatal dominaba su voluntad; tras él estaba el
servicio, el destino así aceptado de servir en la absoluta disciplina, y el
tiempo, como una brizna cargada de hielo de muerte, corría a través de sus
pulmones ansiosos. Más bultos de montañas se
renovaban en el confín. Abajo, la tierra, como en los primeros días de la
creación, mostraba riachos salvajes, entre verticales y resquebrajaduras de
bosques titánicos y cordones de una primitiva geología. Parecían estar situados en
el centro de un inmenso globo de cristal, cuya costra verde se levantaba por
momentos hacia sus rostros, como removida por un aliento monstruoso. Estela miró su reloj
pulsera. El corazón de Ferrain comenzó a golpear como el hacha de un leñador en
un pesado tronco. Avanzaban ahora hacia un valle que dilataba su pradera entre
dos cordones de cerros amarillentos. Allí abajo, casi al confín, se veía arder
una hoguera. Estela tocó el hombro de Ferrain, y le señaló la dirección opuesta
a la hoguera. Muy lejos, a ras de tierra, se distinguían los cubos blancos de
un caserío. Era el poblado de Beni Hassan. Ferrain volvió la cabeza,
resignado. Adivinó el movimiento de Estela. Cuando quiso lanzar un grito, ella saltaba
al vacío. Tan apresuradamente, que sobre el asiento se le olvidó el bolso. La mujer caía en el vacío
semejante a una piedra. Verticalmente. El paracaídas no se abrió. Ferrain hizo
girar maquinalmente el aparato para ver caer a la mujer. Ella era un punto
negro en el vacío. El paracaídas no se abrió. Luego ya no la vio caer más.
Estela se había aplastado en la tierra. Ferrain, temblando, apagó el encendido del motor. Aterrizaría en aquella pradera. Involuntariamente, su mirada se volvió hacia el bolso que Estela había olvidado sobre el asiento. Iba a extender la mano hacia él, cuando de allí escapó una llamarada. La explosión de la bomba, oculta en el bolso, y que Estela había dejado para asegurarse la retirada, desgarró el fuselaje del avión, y el cuerpo de Ferrain voló despedazado por los aires.
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