EL FUNCIONARIO (texto completo)
De Gentes de La Ciudad.
FRANCISCO
levanta la vista, dejando la redacción de un oficio a mitad de camino. Es el
silbido del viento, que lo hace recordar la pequeña casa de madera, en la
costa. Sin que se haya dado cuenta, ha transcurrido más de un año. Era la segunda
quincena de marzo del año anterior. Los veraneantes habían desaparecido. El
viento soplaba, en las tardes, y cubría el mar de crestas espumosas. Una pareja
de ancianos rezagados caminaba por la playa todos los crepúsculos, de chal y
bastón. Cada vez oscurecía un poco antes. Bajaba una noche vasta, lúgubre, que
acentuaba la sensación de haber roto con el engranaje ciudadano. Una sensación
que se mantuvo hasta las postrimerías de un domingo en que debió preparar
maletas apresuradamente. La última fecha del feriado legal había sido tarjada
en el calendario.
El
verano recién terminado no pudo salir. Un tratamiento a los dientes había
comprometido su sueldo para muchos meses. Pasó los quince días hábiles en
Santiago, entrando a los cines y vagando, de noche, por las calles, con el
consuelo y el estímulo de una cerveza esporádica.
En el
silencio de la oficina, el viento estremece los vidrios. Francisco piensa que
el viento, el viento huracanado de la costa, abre de golpe las ventanas y
arrasa con papeles, archivadores, carpetas, tinteros.
(En la
oscuridad, los pinos tejen un muro alrededor de la pequeña casa. Entre los
pinos, un pedazo de mar. Estampido lejano de las olas. Los minutos avanzan
lentamente, marcados por el reloj pulsera, en medio del insomnio...).
Pero los
archivadores permanecen en su sitio. Papeles sometidos al polvo, a la escoria
de los años.
Francisco
sigue donde había quedado: "No escapará, en efecto, al elevado criterio
del Señor Director..." Cree sentir un golpe nítido en los vidrios. Ideas suyas.
Nada más que el bullicio de las tardes de invierno, apagado por las gruesas
paredes. En el edificio del frente, una mujer acerca la nariz a la ventana
iluminada y observa el cielo. Francisco descubre, contra el reflejo de un
farol, que caen gotas de lluvia. "En efecto..."
Suena el teléfono.
Una voz gangosa de mujer, que pregunta por un tal José María. Francisco imagina
encuentros innumerables, hoteles dudosos cuyos corredores empiezan a llenarse
de pasos y murmullos. "Equivocada, señorita". Un gruñido de
respuesta.
Después de
"elevado criterio del Señor Director’", pone una rúbrica ostentosa e
inútil, guarda los papeles y apaga las luces.
Afuera, el viento
ha cesado y llueve débilmente. Las ruedas de los automóviles se arrastran por
el pavimento mojado. El se detiene bajo el alero de un puesto de diarios y
salta un poco para combatir el frío de los pies. Cuando se sube al trolley, la
lluvia ha comenzado a golpear con furia. Después, el vaivén y la monotonía del
viaje lo adormecen.
Entra a la
casa medio entumecido, frotándose las manos. Como de costumbre, Emelina se
asoma al corredor. Junto a ella se detiene el perro, que viene de la tierra húmeda
del huerto, con las patas embarradas.
—¿Qué hay de
comer?
—Comida, pues
—dice Emelina, con un gesto despectivo.
—¿Pero qué
comida?
Encogiéndose
de hombros, la vieja vuelve a la cocina, seguida por el perro.
"¡Vieja
de porquería!", murmura Francisco. Entra a su pieza y se tumba en la cama.
La imagen de su padre cruza por su memoria. De él heredó a Emelina, además de
un poco de dinero para comprar la casa y de una colección de códigos. Ahí están
los códigos, apolillados. El interior de la casa muestra porosidades y resquebrajaduras.
Como decía su padre: "dejarás que todo mi trabajo se pierda... serás un
matarratas... "
"Así
fue", piensa Francisco, cambiando de postura. Los códigos evocan trajes
oscuros, dedos manchados de tabaco, una voz incesante, bajo una lámpara, sobre
unas páginas amarillas... En cada recodo de la conversación, un hito conocido:
la "segunda instancia", el "criterio jurídico", las
"reglas de hermeneútica"…
—¡Emelina!
La vieja no
responde.
—¡¡Emelina!!
—Esperesé. ¿No
ve que no le he puesto la mesa? Como una aquí tiene que hacerlo todo...
Francisco observa
una trizadura en el cielo raso. Es un río que se bifurca y desaparece, tragado
por un desierto. El perro, expulsado por Emelina, ladra desde el huerto para
que le abran la puerta. "¡Vieja de porquería!" Francisco sale al
huerto y mira las estrellas, que brillan en el cielo límpido.
A la mañana siguiente, encuentra en su mesa un papelito del Director. Corre y se detiene en el umbral de la oficina, perdido el aliento. Empuja la puerta. El Director hace anotaciones. No levanta la vista. La esmerada caligrafía va invadiendo el espacio en blanco. Las frases deben de ser sinuosas y oscuras...
—Asiento
—dice el Director, con una mueca que pretende ser amable.
Ahora examina
un grueso expediente. Francisco clava los ojos en la calle. Alcanza a divisar
una mujer de pechos opulentos, cuya desaparición, detrás del marco de la
ventana, le produce una leve angustia.
—Bien —dice el
Director, dejando los anteojos sobre la mesa.
El Director
ha observado que Francisco, en los últimos meses, pone menos empeño en su
trabajo. Por ejemplo, el informe urgente, que le encargó hace dos semanas...
Francisco se
eriza y se pone rojo, como gallo desplumado:
—Anoche me
quedé redactándolo hasta después de la hora de salida. No había tenido un
minuto...
—Bien—. Las
manos hacen un gesto apaciguador. —Pero no es la primera vez. Usted mismo
estará de acuerdo conmigo, ¿verdad?
Francisco se
echa para atrás en la silla, enarca las cejas y hunde una mano en el bolsillo
del pantalón. La sangre sube a su rostro violentamente.
—¿Verdad?
—insiste el Director.
Un ademán de
duda de Francisco. El Director se aclara estrepitosamente la garganta. Cambia los
anteojos de sitio.
—No es mi ánimo
desmoralizarlo. Muy por el contrario.
Se explaya
sobre la responsabilidad y la dedicación en el desempeño del cargo. Para
terminar, declara que no ha tenido otro propósito que darle un consejo útil. No
se habría tomado esa molestia si considerase que Francisco carece de "condiciones
funcionarias".
—Muchas
gracias —dice Francisco.
—Bien, mi
amigo —dice el Director.
Suena el
teléfono y Francisco queda sin saber si debe retirarse o no.
—¡Sí, don
Nepomuceno!
La
obsequiosidad inunda los rasgos del Director.
—Tengo el expediente a la vista, don Nepomuceno... Sí... Por supuesto... ¡Pierda cuidado!... Sí, don Nepomuceno... ¡Encantado!... ¡Mucho gusto de saludarlo!...
Cuelga el
fono y anota en la agenda el nombre completo de don Nepomuceno. La sonrisa
desaparece. Con inusitadas energías, toca el timbre. Entra un tipo lívido,
encorvado, de anteojos como saleros.
—¡Hay que
darle un corte definitivo a este asunto! —Exclama el Director, cogiendo el
expediente.
En ese
momento, repara en la presencia de Francisco.
—Puede
retirarse.
Encuentra en
un corredor a Matilde, que lo saluda con la sonrisa de siempre, un poco solapada
y burlona. Ella es baja, ligeramente corpulenta y tiene pantorrillas redondas y
fuertes. Francisco se acuerda de haber anotado su número de teléfono en un
rincón de la libreta. Ahí quedó sepultado. Entre nombres que, durante un tiempo,
perturbaron la imaginación, y que fueron reemplazados por otras imágenes, otras
ideas fijas. Actuaba el deseo, pero la voluntad permanecía enclaustrada. No
había manera de romper el círculo...
¿Para dónde
va? El automatismo de la reflexión lo ha hecho seguir de largo. Regresa a la
oficina y contempla el cielo gris a través de los barrotes. Los papeles de su
escritorio le producen sueño y desánimo. Su corazón palpita con rapidez. Un
corazón prematuramente cansado, que podría detenerse en cualquier instante. La fila
de archivadores, inmóvil. Tardíamente, lo enardece el resabio de la
conversación con el Director. Cierra el puño y golpea iracundo la cubierta del
escritorio.
—¿Qué te
pasa? —pregunta Varela, mirándolo por un lado del diario que le oculta la cara.
Francisco
alza los hombros. Por el rostro de Varela pasa una sombra de perplejidad, pero
vuelve a enfrascarse en la lectura. Al rato, Varela abandona el diario y se le
acerca.
—¿No irías a
tomarte un vinito?
—…
—¡Vamos! —exclama Varela, súbitamenteentusiasmado, y corre a colocarse el abrigo.
Varela y Francisco
salen a tranco largo, hablando con animación. Se dirigen a los bares de la
parte baja de la ciudad...
A la mañana
siguiente, Varela, con una voz destemplada, que a Francisco le da en los
nervios, relata la tomatina de la noche anterior. Francisco recuerda el griterío
del bar, las puertas abiertas, por las que se colaba el aire frío, el tumulto
de los parroquianos reflejado en el espejo. El mozo corría entre los asientos,
bandeja en alto, sudando la gota gorda. Recuerda que Varela, con los ojos brillantes,
se desgañitaba llamando al mozo, y que él hablaba en forma incoherente. Una
tristeza cada vez más pesada movía sus palabras.
La risa
estruendosa de Varela y del jefe de la oficina interrumpen la evocación.
Alguien asoma
la cabeza por la puerta:
—Una persona
quiere hablar con usted.
—¿Quién será?
—pregunta el jefe, malhumorado.
—Un viejo
zarrapastroso.
—¡Ah, ya! ¡Que
se espere!
El jefe,
dulcificado, se dirige a Varela:
—¿Y?...
Francisco se
había puesto de pie y había caminado entre las mesas, vacilando, hasta el
teléfono. El número de Matilde, en un rincón de la libreta. Lo había marcado
lentamente, con miedo de equivocarse, con la sensación de que esa caja mecánica
no podía ponerlo en contacto con la voz de ella. Imposible. Y su intuición se
había confirmado a medida que el llamado se prolongaba, sin contestación.
Vuelta al asiento, lúcido a pesar de las tres botellas de vino.
Después,
anduvieron una hora larga, entre brumas, por calles estrechas, en busca de un prostíbulo
que preocupaba a Varela. "Era más allá, estoy seguro. Al fondo" decía
Varela, empujando a Francisco.
"Pero si
no tenemos plata."
"¡No
importa!... Al fondo... Ya nos arreglaremos."
Los ojos de
Varela tenían un fulgor de locura.
Llegaron a una plaza. Francisco recuerda, o cree recordar, el canto de un gallo detrás de unas tapias. En la cordillera, se insinuaba el amanecer. Repentinamente, la furia de Varela se había transformado en melancolía. Francisco anhelaba el reposo de los arbustos, apenas agitados por la brisa, del pasto, sumido todavía en la oscuridad. Con toques lentos, serenos, el campanario de una iglesia anunciaba las seis de la mañana.
De nuevo
asoma una cabeza por la puerta de la oficina:
—El viejo lo
sigue esperando.
—Hágalo pasar
—dice el jefe.
Varela y
Francisco se retiran, mientras un viejo de pequeña estatura, mal vestido, se
desliza junto a ellos.
—El vino me
da dolor de cabeza —dice Francisco.
Frente a su
escritorio, se derrumba en la silla. Intenta decirle a Varela que le duelen los
huesos. Levanta la cara, pero no pronuncia palabra y queda con la mirada fija
en la pared. En su mente se ha hecho el vacío.
Diez minutos después, la puerta se abre muy despacio. Aparece el viejo que había entrado al despacho del jefe. El viejo mira a Varela, detrás de unos anteojos que brillan. Pero Varela se ha puesto a examinar un almanaque concienzudamente y no le hace caso.
—¿Señor?
Arrastrando
los pies, con el sombrero en la mano, el viejo se aproxima al escritorio de
Francisco. Ha presentado hace días una solicitud y viene a preguntar por ella.
—¿Cómo se
llama usted?
—Joaquin
Helvetius —dice el viejo.
—¡Ah, si!
Ahora me acuerdo —dice Francisco, rascándose la cabeza y mirando,
descorazonado, un alto de papeles—. Su solicitud está para informe de la Fiscalía.
—¿Puedo venir
mañana, entonces?
Los ojillos
azules del viejo se clavan en Francisco, aparentemente humildes, pero con implacable
obstinación.
—Tiene que
esperarse una semana, por lo menos —dice Francisco.
—¡Ah!
El viejo
mueve la cabeza y no se decide a partir.
Francisco lo conduce a la puerta...
—¿Una semana? ...
—Si, señor
—dice Francisco.
El viejo le da la mano, inclinando la cabeza varias veces, y se aleja por el corredor. Camina un poco encorvado. Su marcha es como un trote suave, en el que las rodillas se disparan hacia afuera.
Francisco lo
sigue con la mirada hasta verlo desaparecer. Piensa en el destino, que une por
un instante las vidas más dispares. Después sacude la cabeza. Está pensando
idioteces. Una voz femenina lo saca del ensimismamiento.
—Se ha
olvidado de traer el libro que me prometió...
—No, Matilde,
no se me ha olvidado —dice Francisco, atolondradamente—. Lo que pasa es que me
lo tiene otra persona. Pero en la tarde se lo puedo ir a dejar, si quiere. ¿No
vive por aquí cerca, usted?
—Si —dice
ella, sonriendo—. A cinco cuadras. Le doy la dirección… ¡Siempre que no sea una
molestia!
—¡Ninguna
molestia! Por el contrario…
Francisco apunta en su libreta y vuelve a la oficina, exaltado, con una sonrisa que no puede aplacar por más esfuerzos que hace. Abre un cajón y observa el libro que yace al fondo, a la espera de la ocasión más propicia. Varela se acerca, leyendo el almanaque, con cara preocupada.
—¿Sabes
cuánto aumenta cada año la población del mundo?
Francisco
hace un gesto de indiferencia. Varela da una cifra y queda meditabundo,
seriamente alarmado.
Ha esperado que se vayan los demás, que avance la noche. Lástima que en la mañana no se puso el traje nuevo. Y la corbata es una hilacha. ¡No haber sabido! El libro, fuera de su escondite, aguarda sobre la carpeta, exactamente en el centro de la carpeta... Podría ir caminando despacio, mirar un poco las vitrinas. Coge el libro, se contempla por última vez en los vidrios de la ventana, echa una mirada a la oficina, como para cerciorarse de que no lo ha sorprendido nadie, apaga y cierra la puerta.
Hay mucha
gente en la calle. Los empujones y el ruido de las bocinas lo aturden. Además,
la imaginación anticipada del encuentro con Matilde le produce palpitaciones.
Como que las piernas no obedecen. Sin embargo, camina, sale del centro a
callejuelas olvidadas, pasa frente a un depósito de artefactos sanitarios, que
lo deprime. Unos metros más adelante se halla la dirección buscada. Sube por un
ascensor deteriorado, desemboca en un vestíbulo oscuro y toca un timbre. Ya no
hay manera de retroceder.
¿Ella no
habrá llegado todavía? El timbre resuena otra vez en el interior, sin
respuesta.
Lentamente
baja la escala. Le parece una burla estar de nuevo en la calle, junto al
depósito de artefactos. En lugar de la inquietud sorda de hace dos minutos, lo
devora la impaciencia. Resuelve caminar un poco.
De regreso en
el centro, divisa entre el gentío al viejo de la solicitud, que lleva un
paquetón deshecho debajo del brazo. ¿En que trajines andará? Algo impulsa a
Francisco a cruzar a la acera del frente, pero sigue al viejo con el rabillo
del ojo. Escucha un bocinazo, el crujido de unos frenos, y alcanza a
vislumbrar, confusamente, la mole de un bus que se precipita sobre él.
¡Pasó
raspando! Francisco salta a la acera y camina de prisa. Sólo disminuye la
marcha cuando los latidos del corazón empiezan a normalizarse. Un sopor tibio
le hormiguea por los músculos, una modorra... El cielo, sobre las luces artificiales,
está negro. "Vamos a casa de Matilde. Vamos despacio. No hay por qué
agitarse... Despacio... La noche es larga."
Retrospectivamente,
imagina un círculo de curiosos; el chofer, lívido, pasándose un pañuelo por la
cara; el carabinero que moja el lápiz con la lengua, impávido, y escribe en su
libreta; sirenas; revuelo indefinido; murmullo creciente; el cadáver cubierto
con papel de diario; un zapato asomado; en la última fila, el viejo de la solicitud,
que se empina, pero no logra ver nada...
Sacude la
cabeza como en sus tiempos de seminarista, cuando desechaba las ideas
pecaminosas con arrebatos de voluntad. Arrebatos cada día más débiles,
compuertas carcomidas por la proliferación de las tentaciones...
¿Qué estoy
pensando?" El depósito de artefactos sanitarios, sometido aún a la luz
fluorescente, tiene la inesperada propiedad de restituirlo a su propósito. A
escasos metros, la puerta del edificio, que la memoria ya había deformado.
El ascensor
sube con lentitud, tiembla y demora demasiado en abrirse. Sonido áspero y ronco
del timbre, que desgarra el silencio...
—Estoy de nuevo en el convento. La oficina es un convento.
—¿De veras
que fuiste seminarista?
—De veras.
Recién me estaba acordando. Casi me atropellaron y me acorde. Asociación de
ideas.
—Te juro que
no puedo creer.
La
incredulidad de Matilde se transforma primero en sorpresa, después, en una
ligera y escondida desconfianza.
—Si —dice
Francisco, enarcando las cejas tristemente. Repite que si, meditabundo, y bebe de
un golpe el vaso de aperitivo.
—¿Quieres más?
Un signo de
afirmación. Matilde le llena el vaso y se instala frente a él. Una sonrisa de
ternura desplaza la desconfianza.
—La verdad es
que no quiero hablar —dice Francisco.
Un pliegue
despectivo de los labios.
—No quiero
acordarme.
Vuelve a
levantar el vaso. La cuarta copa desciende por el esófago con perfecta
facilidad. Apoya su mano en la de Matilde, en un extremo de la falda escocesa.
—¿Dónde está
tu marido? —pregunta.
Cae en la
cuenta de que ha hecho una pregunta estúpida.
—En Buenos
Aires —dice Matilde, sin alterarse.
—Mm...
Durante el
silencio, Matilde no cesa de mirarlo y de sonreir. Francisco se pasa un dedo
por el cuello de la camisa. Observa los muebles. Tose. Al fin, debe someterse
de lleno a los ojos inquisitivos. La vista se le nubla. Coge por la nuca a
Matilde, la aproxima y aplasta sus labios contra los de ella.
—¡No seas
brusco! —dice Matilde, con suavidad, cuando logra zafarse—. Por poco me
estrangulas.
Con ambas
manos, Matilde se echa para atrás los cabellos que le estorban la cara. Acerca
la silla unos centímetros. Se acomoda bien y cruza los brazos por detrás de los
hombros de Francisco.
—Seminarista
—dice, antes de avanzar los labios entreabiertos.
Después del
segundo beso, la sangre afluye de golpe al rostro de él. Los pulmones empiezan
a expandirse y a respirar ansiosamente.
Ven a verme mañana.
—Te llamo por
teléfono, mejor... Tengo que librarme de otro compromiso.
Con la frente
pegada a los vidrios, contempla los techos grises, irregulares, sumidos en la
oscuridad. Adivina, a su espalda, la mirada de Matilde. Los besos y el asalto
amoroso han arrasado con la máscara del maquillaje. Pálida, con la piel ajada,
parece diez años mayor. Cierto que las pantorrillas guardan la elasticidad
juvenil. Pero alrededor de los ojos hay un mapa de arrugas finas que el
desgaste sexual ha marcado.
—¿Vas a
llamarme sin falta?
Los ojos de
ella continúan dilatados, anhelantes.
—Sin falta
—dice él, cogiendo la chaqueta y arreglándose el nudo de la corbata.
Se inclina
sobre la cama para despedirse. Los brazos de Matilde forman un nudo ciego, que
lo ahoga.
El nudo, por
fin, se deshace. Francisco sale a la calle y el aire frío le espanta la
somnolencia.
En la
madrugada del domingo, Francisco, que ha tenido una noche de insomnio, mira la
calle desde su ventana. Emelina vuelve de misa, paso a paso, envuelta en un
abrigo negro. En las manos el misal deshojado que heredó de misia Mercedes, la
madre de Francisco. Sol de invierno. Unos muchachos juegan en la calzada con
una pelota de trapo. La pelota pasa silbando junto a la cabeza de Emelina, que
se encoge, cierra los ojos y sigue su marcha gruñendo.
—Chiquillos
de moledora —comenta Emelina, al llegar a la casa. Cruza hasta el huerto Y mira
el horizonte, con los botines hundidos en el barro. Las montañas bajas, de
cumbre redondeada, dan la sensación de hallarse más cerca que otras veces.
Francisco se
pasea por la galería en mangas de camisa.
—¿Qué se
pasea tanto? —grita Emelina—. ¿Por qué no sale a tomar un poco de aire?
—¡Y vos! ¿Qué
te metes?
Emelina, con
los ojos chispeantes de furia:
—¡A usted lo
tiene agarrado el demonio! ¡Ahí está! ¡Eso es lo que le pasa a usted!
—Déjame
tranquilo, ¿quieres? —dice Francisco, riendo con desgano.
—¡Eso es lo
que le pasa a usted! —repite Emelina, cada instante más desorbitada.
—¡Vieja de
porquería!
Ella se
retira al repostero, persignándose. Con expresión dolorida, como si sufriera
por los pecados de los hombres, saca las ollas y el resto de los utensilios.
Francisco regresa al dormitorio y se tiende en la cama. La trizadura del techo es
un río cada vez más profundo. Cierra los ojos, pero no logra conciliar el sueño.
El lunes por
la tarde encuentra a Matilde en la oficina del habilitado. Salen juntos de la
oficina y hablan del atraso en los pagos, de lo nada que cunde el sueldo, de
una orden de servicio que reitera la obligación de firmar el libro de asistencia
bajo amenaza de severas penalidades...
—No me
llamaste por teléfono —dice ella, cuando se van a separar.
—Tenía un
compromiso...
—¿Por qué no
me vas a ver en la tarde?
—¿A qué hora?
—A la hora
que quieras.
Francisco mira
hacia arriba, como si revisara sus planes y dice finalmente que bueno.
—Te espero a
las siete.
—Siete y
media —dice Francisco.
Quedan de
acuerdo en las siete y media.
El martes,
supuso que había llegado el marido de Matilde. En los días que siguieron, evitó
cuidadosamente encontrarla. Una tarde que la divisó al otro extremo del
corredor, caminando en dirección a él, entró a la oficina que se hallaba más
cerca.
Un cuarto angosto,
con estantes que cubrían los muros y llegaban al techo, cargados de Papeles. Para
Francisco, las funciones de esa oficina eran un misterio. Dos empleados,
hundidos detrás de escritorios enormes, lo miraron con indiferencia.
—¿No han
visto a Varela por aquí?
—No
—respondieron, a un tiempo.
—¿Y al jefe?
—Tampoco.
— ...
¿Podrían prestarme el teléfono?
—Úselo, no más.
Marcó el
número de la oficina y estaba ocupado. Colgó. Su vista recorría los papeles sucios,
pasto probable de ratones. Volvió a marcar y seguía ocupado.
—Gracias
—dijo, abandonando el teléfono.
Le
respondieron con un gesto abúlico.
Abrió la puerta y alcanzó a ver la espalda deMatilde, que se alejaba con lentitud. El salió disparado, rumbo a su oficina.
Días más tarde, supo que Matilde se retiraba del puesto. Ella se lo había dicho. A su marido no le gustaba que trabajara. Francisco fue a despedirse. Como no la encontró, le dejó un mensaje. Ella no se dio por aludida. El fue a despedirse por segunda vez y le dijeron que ya se había retirado del empleo. Durante un tiempo, estuvo tentado de llamarla por teléfono, pero llegado el momento no se decidía.
Han
transcurrido los meses de invierno. Avanza el crepúsculo de un día de sol, uno de
los que inician la primavera. Francisco, que acaba de recibir del Director una
vaga promesa de aumento de sueldo, camina rápido por el pasillo y entra a su
oficina como un bólido. Varela está sacando las palabras cruzadas del diario de
la tarde.
—¿Que hay?
—Nada —dice
Francisco, y se pone a pasear entre los cuatro rincones de la pieza.
—Sabes —dice,
al cabo de un minuto—. Me tomaría una botellita de vino. ¡Qué te parece!
—¡Vamos! —dice
Várela, aplaudiendo y sobándose las manos.
Varela y
Francisco salen casi al trote, refocilándose con la idea de la botella que se
van a echar al cuerpo. Con una inclinación de cabeza, se despiden del Director,
que sale también, pausada y dignamente.
Dos cuadras
más allá divisan a Matilde, del brazo del marido,
—¿Te acuerdas
de Matilde? —pregunta Francisco.
Várela hace
una mueca desdeñosa. Su miedo a las mujeres se ha transformado en resentimiento
incurable, que fácilmente podría desembocar en odio. Sólo se siente seguro
frente a las prostitutas, y en esas ocasiones abusa de su poder.
Meditando en esto, Francisco sonríe con pesadumbre.








































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