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Augusto Roa Bastos.

Enviado por Cinosargo el 24/07/2008 a las 22:37
Cinosargo

 

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Lucha hasta el alba

Y quedóse Jacob solo, y luchó con él una Persona hasta que rayaba el alba.

(Génesis, 32, 24)


Tendido en el camastro boca abajo, el muchacho oyó la tos seca del padre, el soplido para apagar la lámpara. Esperó aún un buen rato hasta que la noche se metiera bien adentro en la casa. Siempre era posible que el hermano mellizo acechara despierto en el cuarto contiguo. Cuando el silencio dejó oír el suave retumbo del río en las barrancas, el muchacho se inclinó y sacó el envoltorio escondido. Los verdugones del castigo de la tarde le escocieron de nuevo hasta el hueso; en las rodillas, las punzadas de los maíces sobre los cuales el padre le mandó hincarse durante horas, como de costumbre. "¡Ahí lo tienen al futuro tirano del Paraguay! ¡Rebelde ahora, déspota después!... ¡A vergajazos voy a enderezar a este cachorro del maldito Karaí­Guasú. La madre, tratando de aplacarlo: "¡No lo castigues así, Pedro! ¡Lo vas a resabiar!..." Desde el patio el velludo mellizo le sacaba la lengua; las morisquetas de burla aumentaron su humillación, formaban parte del castigo. Sus brazos en cruz le pesaban cada vez más. Cuando se quedó solo los dobló y entrelazó los dedos sobre la nuca. Se sentía hecho una criba. Su rabia le llenaba la boca de saliva amarga, le hacía bombear salvajemente el corazón entre los huesos.

Abrió el envoltorio con mucho cuidado, no fueran a crujir los papeles viejos. El frasco brilló entre sus manos con tenue fosforescencia. lo agitó soplando varias veces en la boca de¡ frasco. Los puntitos que titilaban adentro con luz verdosa se avivaron un poco; una luz más débil que el halo de la luna menguante sobre las hojas de los guayabos. Pero alcanzó a ver borrosa la silueta de su mano, las falanges crispadas sobre el vidrio.

Han muerto muchos de ayer a hoy —murmuró—. Tendré que poner más lámpiros. Es difícil escribir con tantos gusanos muertos. Esaú empieza a sospechar. Me sigue a escondidas cuando por las noches voy al campo a cazar muãs. Me ha preguntado si pienso tejer cinturones luminosos para las Wõro que danzan desnudas en los cañadones del bosque pidiendo a la ¡una que llueva, como cuenta mamá que pasa en una tribu de indios, en los desiertos del Chaco. "¿Son mujeres de verdad?", pregunta Esaú. "Son mujeres­póra" —dice mamá—. "Son las deidades silvestres de los indios. Pero ellos son de otra manera. la verdad no se sabe..." Cuando Esaú va al monte a cazar encuentra los cinturones de muãs que yo dejo colgados en las ramas de los árboles. Los toca y los huele. Mete la cabeza entre las piernas y grita como un enano insultando a las Wõro. Después voltea a hondazos una mortandad de tapitíes y palomas de monte y los trae de regalo a papá que mucho aprecia lo que hace Esaú con fina voluntad. Yo veo y me callo. La verdad no se ve, digo.

Sopló otra vez por el cuello del frasco. El zumbido de su aliento le sobresaltó. Lo puso sobre el cajón y tomó el cabo de lápiz. Mojó la punta en la saliva. Hablaba en voz muy baja para sí mismo, habría sido difícil tal vez seguir su pensamiento sin apuntalarlo con ese susurro.

—Tal vez sea más fácil ser Jacob que escribir sobre Jacob, y mamá que me pregunta por que quiero ser como Jacob. Yo cierro fuerte la boca para no contestar. Mamá entonces me toma la cabeza entre las manos y mirándome en los ojos como ella sabe hacerlo me dice que cada uno es lo que es y que no arrienda compararse con los otros. Pero quién sabe lo que uno es. ¡Uno de tantos entre tantas cosas! Yo no sé si soy joven o viejo, o las dos cosas al mismo tiempo. En los cuadernos de papá, de cuando era todavía seminarista, leí: "Mi infancia murió hace ya mucho tiempo, y yo aún vivo..." Y cuando abuelo José murió, papá escribió sobre su tumba: "Entregó su espíritu en las manos de Dios. Le devolvió su vida en buena vejez, anciano y lleno de días."

Volvió a agitar el frasco. — Son como pescados muertos —dijo—, pero el vientre todavía les brilla en el aire viciado. Hay que echar los muertos y poner lámpiros vivos todos los días. Me acuerdo de la noche cuando se metió un muã dentro de una botella, en el patio, y me dio la idea de una lámpara que no fuera como las otras y que alumbrara con otra luz, la luz de los bichos que alumbran el aire de la noche.

La mano del muchacho siguió escribiendo en el rotoso cuaderno, a la luz del tenue reverbero.

—Papá no es hombre malo, pero me cree malo a mí. Él sabe que su infancia murió hace tiempo, pero no sabe que yo soy más viejo que él. Capaz que por eso me pega con esa correa doble, que él usa para asentar el filo de su navaja. Pero no pega nunca a Esaú. Mamá me dice que es porque mi hermano es contrahecho y tiene la cabeza un poco desvariada. Papá me pega cuando cree que hago algo malo. Pero yo sé que no es malo zambullirme en el río con los otros muchachos M pueblo para buscar el cuerpo del pasero ahogado en el remanso, enredado entre los raigones M fondo bajo los flotadores de la balsa ' Esaú contó que yo salí echando sangre por la nariz y por la boca, abrazado al cadáver del viejo. Eso no es cierto. Yo encontré el cadáver bajo la balsa pero no me animé a tocarlo. Me miraba fijo debajo M agua como riéndose con una mueca. Vi los huesos ganchudos de las manos ya comidas por las pirañas. Lo sacaron los otros muchachos. Pero aunque lo hubiese sacado yo, ¿es malo eso? ¿Es pecado tan grande sacar a un ahogado? Por lo menos para que lo entierren en camposanto.

Suspiró con estremecimiento.

—Mamá defiende a papá tratando de explicar que él tiene miedo a que yo también un día me ahogue en el río, y que lo que él quiere es que volvamos a la ciudad para sacar de nosotros dos hombres útiles y sabedores y respetados. Pero los castigos no son solamente por culpa M río. La otra vez fue la llave que perdió Esaú en la chacra y no pudimos entrar en la casa. Papá me mandó a buscarla mucho después que cayó la noche y yo tuve que pasar corriendo con los ojos cerrados y los oídos tapados sobre el empalado del puente donde dicen que tiene su guarida el fantasma del Descabezado. Estos castigos son los que más duelen y me pueden desvariar la cabeza a mí también, si es que no la tengo ya desvariada. El miedo es la cosa más mala que puede caerle a un cristiano. Y lo que yo siento es que papá tiene miedo a otra cosa que él mismo no entiende qué es. Hace ya mucho tiempo que es mensual de la fábrica y sabe que de aquí no podrá salir, como salió M seminario, de los obrajes, de los Verba les. Hay lugares de donde no se puede salir. Y este lugar de Manorã, en Iturbe del Guaira, es uno de ellos. La gente se muere aquí como los muãs en el frasco cuando ya no pueden echar más luz de su vientre, digo cuando la vida se les apaga en la fábrica o en los cañaverales. Papá no es hombre malo y yo diría que es el más bueno si no fuera por ese miedo que tiene a lo que no sabe y no en tiende, o tal vez lo sabe tan bien que ya lo olvidó...

El muchacho escribía con apuro, pero las letras gordas de escuelero le salían lentas y difíciles. Se quedaban atrás de lo que él procuraba decir y escribir. Las borraba cada tanto con trazos temblorosos que a veces rasgaban el papel. El frasco se iba apagando poco a poco.

— Cuando leo en la Biblia ese hecho que hizo Jacob, yo encuentro que es de otra manera, no como cuando mamá nos lee o nos cuenta los mismos hechos. Igual que cuando a papá estuvieron por matarlo los revolucionarios porque no quiso decir dónde estaban las armas de la policía de la fábrica. Toda la noche entre si lo mataban o no lo mataban, y que dónde están las armas, y los golpes y los insultos, y los tiros junto a su cabeza quemándole los cabellos y hasta uno de esos tiros arrancándole un pedazo de oreja. Todo esto justo hasta el alba cuando llegó al galope un jinete de la montonera y gritó a los que tenían atado a papa con trozos de alambre: "¡No, a ése no lo maten ya! ¡Encontramos las armas escondidas en las calderas de la fábrica!..." Y así papá se salvó de los fusiles y los machetes de la pueblada. Mamá no quiere acordarse de esas malas memorias. Se le humedecen los ojos y se queda callada. Me pasa la mano sobre la cicatriz que tengo en la cabeza y que me dejó ahí una pedrada de Esaú. Mi hermano Esaú de¡ que nunca puedo separarme como si él siguiera teniendo trabada su mano a mi calcañar desde que nacimos juntos. Eso dice mama cuando cuenta que Esaú es el mayor porque nació último y que su alma está derramada en mí como la mía está derramada en él. Pero yo no quiero un alma así, tan de dos sin ser de nadie y que sin ser nada y al mismo tiempo doble da a uno solo tanta aflicción...

Ya no vio la forma de su mano. Se puso el lápiz entre los dientes. Empezó a envolver el frasco con el mismo cuidado del comienzo. El viento que las Siete Cabrillas suelen soltar hacia la medianoche, había apagado el retumbo del río. El muchacho sintió el peso enorme de la noche amontonada en el cuarto. tomó el frasco a tientas, abrió la puerta y salió sin hacer ruido.

la noche hedía a los charcos de agua estancada, al guarapo fermentado en los canales de desagüe del ingenio. Arrojó el frasco al río desde lo alto de la barranca. Oyó el ruido del choque en el agua. Se estuvo un rato inmóvil. Luego siguió andando en la oscuridad, de cara al olor lejano de los cañaverales. Sintió que la frente le ardía en relente.

Caminó sin detenerse una sola vez. Su paso firme parecía olvidar todo otro rumbo que no fuera ése. Por atajos y desvíos que conocía bien llegó al cruce de los dos caminos que, en la historia de Jacob, en la Biblia se llama Manhanaim y en la tierra de Manorã, Tape­Mokõi. Algo o alguien le salto por detrás clavándole uñas como garras en la nuca. El muchacho giró y comenzó a luchar contra su invisible adversario con toda la furia y la tristeza que llevaba adentro, con un ansia mortal de destruirlo. Luchó cada vez con más fuerza logrando que todo el peso de la noche entrara en su brazo. Sintió que ese esfuerzo desbarataba los malos recuerdos; sintió que los arrojaba de sí en los espumarajos que echaba por la nariz y por la boca. Sintió que sudaba sangre y que este sudor lo purificaba, que lo volvía más liviano, sin peso ninguno.

Pero que todavía estaba vivo y que sólo vivía para triunfar en esa lucha con el Desconocido. Como éste notó que no podía contra él, puso su puño forzando la palma del anca del muchacho y le descoyuntó el muslo. Pero el muchacho no cejaba y arremetía con creciente encarnizamiento. La voz dijo: —¡Déjame, que el alba sube!" Y el muchacho gritó fuerte, no como un ruego sino como una orden: "¡No te dejaré si no me bendices!" La voz dijo: "¡No puedo bendecirte porque estás maldito para siempre!..."

El muchacho siguió luchando ciegamente, hasta que se dio cuenta de que había estrangulado a su adversario; su cuerpo permanecía abrazado a él, pero ya inerte y sin vida. El muchacho se sacudió y lo dejó caer. Su pie tropezó con una piedra. la levantó y contempló entonces la cabeza separada del tronco. Y en esa cabeza descubrió el rostro de filudo perfil de ave de rapiña del Karai­Guasú, tal como lo mostraban los grabados de la época. Pero también vio en la cabeza muerta el rostro de su padre. Dudó un instante como en el centro de una alucinación o de una pesadilla. Pero la palma del anca descoyuntada le mostró que si era un sueño se trataba de un sueño de otra especie. El día claro le mostró dos paisajes superpuestos, dos tierras, dos tiempos, dos vidas, dos muertes.

... Yo también, como Jacob, vi a Dios cara a cara y fue liberada mi alma...

Pero esa voz no era la suya, ni la de su madre, ni la de las Escrituras, ni la voz que había entrado muchas noches en su vigilia cuando al resplandor fosfórico de las luciérnagas ese — ' bía a su manera la historia de Jacob. Sintió en lo hondo de sí que todo eso era falso. Un sueño. Pero que esa falsedad, ese sueño, eran la única verdad que le estaba permitida.

El sol, el rescoldo neblinoso de un sol que no se veía quemaba todo el cielo y borroneaba el día en una tiniebla blanca. El muchacho continuó su camino rengueando del anca descoyuntada. Llevaba la cabeza sanguinolenta bajo el brazo. El fuego blanco del sol la iba despellejando por instantes. Pronto quedó el cráneo calcinado, arrugado, cada vez más pequeño. El muchacho no se dio cuenta de ello entre las reverberaciones y el polvo que subían del camino, ni de que sus propios cabellos le habían crecido hasta los hombros y habían tomado el color de la ceniza.

Se dirigió hacia el pueblecito de Nazareth. Llegó a casa del rabino Zacarías que no lo reconoció y lo tomó por un mendigo. El muchacho Jacob le tendió las manos sin ver que en ellas no había ningún cráneo.

—¡Es de una persona importante de Phanuel! dijo—. Se lo vendo por poco dinero...

El rabino Zacarías no entendió lo que el otro le dijo. Salvo la palabra Phanuel, el nombre hebreo que quiere decir: el­que­ha­visto­la­faz­de­Dios. Le sorprendió que un muchacho campesino de Manorá pudiese conocer el nombre y pronunciarlo con acento arcaico. Se lo hizo repetir. El muchacho Jacob volvió a decir claramente:

—¡Phanuel!

El rabino Zacarías retrocedió. Su voz se volvió dura:

— ¡Deja en paz lo que no entiendes y es sagrado! El hombre malo, el hombre depravado anda en perversidad de boca. Y tú no eres el suplantador que estará en lugar de aquel hombre santo. Anda y trabaja los campos y siembra y cosecha.

El muchacho Jacob inclinó la cabeza. De entre los cabellos encanecidos cayeron sobre sus pies gotas de sudor o de lágrimas.

—Vete —le dijo el rabino, y cerró la puerta después de arrojarle unas monedas.

La noche había caído de nuevo. La silueta que rengueaba entró en un rancho de expendio de bebidas, que brillaba con resplandor calcáreo a la luz de la luna, en un recodo del camino. Pidió al bolichero con voz ronca apenas audible una botella de aguardiente y dejó caer las monedas sobre las tablas. Bebió a sorbos largos apretando la boca ansiosamente contra el gollete, sin unapausa, sin un respiro, como si ya no tuviera aire adentro. Se retiró bamboleándose hacia un rincón del rancho, y se tendió en lo oscuro poniéndose el anca descoyuntada como cabeza.

Entraron dos hombres del lugar y también se pusieron a beber. De pronto uno de ellos se fijó en el que yacía en la sombra, y dirigiéndose al patrón, le preguntó con un guiño de picardía:

—¿No es ése el hijo de don Pedro, el de la azucarera?

El patrón asintió encogiéndose de hombros.

—Los muchachos de ahora pronto empiezan a darle al trago —dijo el que había hablado—. Pero el padre le va a sacar el vicio a latigazos. Don Pedro no se anda con vueltas.

El segundo hombre se aproximó, husmeó la sombra y removió el cuerpo yacente,

—A éste no le puede pasar ya nada —dijo moviendo la cabeza.

—¿Qué quieres decir? —preguntó el posadero.

El hombre regresó al mostrador, bebióse de un trago la media caña. Después dijo con la voz opaca:

— Ése ya huele a muerto.

Primer cuento que escribió Augusto Roa Bastos (por vuelta de 1930). Publicado por primera vez en 1978.

***


Chepé Bolívar


—¡Ah Chepé Bolívar! ¡Cómo no me voy a acordar de él! —dijo la mujer sentada a mi lado en el camión de carga—. Alto, flaco, patas de pájaro. Siempre emponchado, en invierno y verano, por esas llagas que no se le curaban nunca. De noche, cuando había luna, se encasquetaba un sombrerón y encima, para más seguridad, se cubría con una sombrilla. Salía a caminar por ahí, asustando a la gente. ¡Cómo no me voy a acordar de Chepé Bolívar, el telegrafista de Manorá!

El olor de antes iba entrando en mi somnolencia cuando el mixto empezó a traquetear por el camino de tierra del pueblo. La presencia de Chepé Bolívar se iba formando en la voz de falsete de la vieja entre las jaulas de las gallinas, las bolsas de naranjas y los fardos de tabaco.

En eso de la soledad de Chepé, la vieja monoreña no mentía. Lo veo aún, desnudo, las ronchas untadas con grasa de lagarto, encerrado en su rancho, trabajando la madera de su caja a la luz de una vela. Y la imagen borrosa se juntaba sin mezclarse con la voz de la vieja, asordinada por el cigarro. Lejos se oían en la noche los golpes de la azuelita y del formón sobre el tronco del árbol. "¡Ya está telegrafiando otra vez Chepé!", se decía en el pueblo cuando escuchábamos ese picoteo enterrado de pájaro carpintero.

Todo mezcladamente, la realidad con las realidades.

El mixto hendía con sus faros la noche polvorienta. La voz de la vieja chirriaba de tanto en tanto, cercana o lejana, según los golpes de viento.

—Chepé murió cuando llegaron las tropas del gobierno, el año de la creciente grande, en la revolución del 47.

—No murió de bala —dije por decir cualquier cosa.

—Hubo quien dijo que del susto de la balacera y hubo quien dijo que de una bala perdida —replicó la revendedora—. Pero no es verdad. Cada uno muere a su manera y nunca en la víspera del día señalado. Tiene razón usted. Chepé murió en su momento de hora. Había estado esperando su muerte demasiado tiempo. Veinte años le llevó labrar ese cajón de palosanto en que lo enterramos.

El Chepé de la vieja y el Chepé de mi infancia, cabedores en una misma memoria, no eran los mismos. Y estaba el otro Chepé, el que había querido ser otro para cumplir más fielmente su propio destino. Pájaro de un solo vuelo entre dos cielos.

Lo cierto es que en los días de su vida no había hombre en todo Manorá del Guairá que conociera mejor que Chepé la historia de Simón Bolívar y las guerras de la Independencia. Mejor dicho, era el único que la sabía en aquel poblacho perdido entre ríos, selvas y montes, y probablemente el único entre los campesinos del Paraguay entero, sin excluir a los letrados de la ciudad. Al menos, Chepé era el único que había aprendido la historia de esa manera. Acabó transformándola en algo tan suyo como sus sueños y su sangre: una obsesión desmemoriada de todo otro recuerdo que fuese la visión de ese tumulto poblado de imágenes, de fragor, en cuyo centro se erguía la figura del Libertador.

Chepé hablaba de Caracas nombrándola a veces Mba'evera—guasu, la Ciudad Resplandeciente del viejo mito de El Dorado. Poseer tal ciudad en ese villorrio de ranchos y cañaverales no era, decía Chepé, "mascar tabaco ajeno". En el ruinoso cobertizo de la estación del ferrocarril, en la plaza, en el atrio; en los caminos, contaba, temático, a quien la quisiese oír, la historia de esas luchas. Ante los ojos incrédulos o deslumbrados ponía el resplandor de Caracas de donde habían salido los ejércitos de Bolívar para liberar a otros pueblos. "Nosotros no tuvimos esa suerte —murmuraba bajo el sombrero de paja apretándose la cucarda que sostenía el doblez del ala—. Atravesando miles y miles de leguas, el Gran Capitán quiso venir a liberar también al Paraguay, pero los porteños le cerraron el paso..."

Para los más Chepé era un loco, el loco hablador del fierrito de la estación. Impasible y alucinado continuaba contando esa historia con nombres extraños y familiares. Para él, los hombres eran imágenes y las imágenes las únicas cosas verdaderas en su revelación originaria. "La verdad, decía, no hace ruido y sólo tiene caras muy escondidas".

Todo comenzó con los latidos eléctricos del telégrafo. Alguien, algún estudiantillo de Asunción, empleado en el turno de noche, encontró la manera de memorizar sus lecciones de historia o de divertirse con ellas transmitiéndolas a ese colega semianalfabeto de Manorá con la palanquita del morse.

A lo largo de noches y noches el repiqueteo metió en el alma, en la mente simple del telegrafista la historia sin tiempo ni fronteras, que por ser de todos y de ninguno tan suya era y a la vez tan ajena.

Cipriano Ovelar sintió la coacción del decoro. Sin salir de Manorá se fue a vivir a Caracas. Sintió que la sangre del Libertador corría por sus venas. Sintió que era otro y que otro debía ser su nombre. Desde entonces Chepé Ovelar se llamó Chepé Bolívar. Lo sintió como el único nombre digno de su obsesión; el único que expresaba lo verdadero y mejor de su inútil vida. Si lo llamaban con el nombre abolido permanecía en silencio. Vivo no lo sacarían de allí.

A lo largo de noches y años y noches, Chepé Bolívar transmitió incansable, a su turno, a otros pájaros insomnes como él posados en la barrita de bronce, la historia del largo y desvelado sueño de los oprimidos. El sueño que suda sangre en los vivos y en los muertos subía lentamente en las palabras sonámbulas de Chepé. El maestro de música Salustro hacía estallar a veces en los oídos sordos de Chepé dos o tres notas roncas de su viejo trombón. "¡Ya voy!...", decía Chepé, visionario, encarando la luz fuerte que llenaba el día antes del día.

En la revuelta agraria del año 12, Chepé Bolívar se unió a las montoneras del Guairá, en el sur del Paraguay. Cayó prisionero y los regulares estuvieron a punto de fusilarlo porque se negó a transmitir una noticia falsa, la treta diabólica que hizo caer en una emboscada al grueso de las tropas campesinas.

Chepé contaba que lo habían fusilado entonces. Lo que era una manera de decir la verdad. Desde la derrota del levantamiento agrario él estaba muerto en la más humana forma del morir. "Yo ya no existo...", decía ciego y lejano, hueso y piel bajo los guiñapos de su blusa. Hasta las llagas se le habían muerto, borrado, sanado. Si le quedaba alguna cicatriz, él todo entero era esa sola cicatriz. Costra de la nada. Silencio. Mudez.

Nada más y todo eso. Seguiría contemplando en lo hondo el amado resplandor. Y lo que él no vio pero algunos veían en los días de neblina era el águila oscura posada en la cumbrera del rancho de Chepé.

—¡Ah pícaro viejo! —murmuró la vieja manoreña—. Se daba maña para encontrar lo que no buscaba. Para los pobres la dicha está siempre en otra parte...

En el tiempo sin tiempo de Chepé, la cuenta era simple. Después de los diez años de prisión por "desacato militar y propaganda subversiva a través del sistema de comunicaciones del Estado", Chepé regresó a Manorá, ahora sí lejanísimo y espectral.

Más de treinta años sobrevivió a su muerte, encerrado en su rancho, mientras su sombra vagaba recorriendo en peregrinación la ruta de Bolívar por medio continente.

Hay un momento en que el Libertador, viudo de la gloria, huye de Caracas entre los retratos rotos y la indiferencia que alfombran su paso hacia el destierro. En una esquina de la Plaza Mayor, semiescondido entre los soportales, Chepé lo contempla pasar. Se adelanta hacia el fugitivo, sacándose el sombrero. "¡Vamos al Paraguay, mi General!... —dijo Chepé que le dijo a su tocayo en desgracia—. Allá usted tiene todavía mucho que hacer..." Las telitas de las cataratas temblaban húmedas sacudidas por el vendaval que le salía de adentro.

—Durante veinte años —refluyó la voz de la vieja en el mixto— Chepé labró la madera de su caja. Al final nos olvidamos de él. Cuando llegaron las tropas del gobierno y atacaron el pueblo, Chepé se nos murió así no más de golpe. Por algún agujero se le escapó el ánima...

La mujer guardó silencio por un largo instante. La primera luz empezó a teñir el polvo. El rostro arrugado se volvió hacia mí.

—Ya estamos llegando —dijo—. Usted no es de estos lugares, creo, me parece.

—No —mentí sin remordimiento.

—¿Qué viene a hacer a Manorá? Digo..., si se puede saber.

—Nada —me oí decir entre dientes.

—Ah bueno —dijo la vieja—. La nada es buena como remedio. Eso fue lo que Chepé tomó a lo último. Al cristiano le cuesta a veces morir. Por falta de costumbre, digo yo. Cuando llegaron las tropas del gobierno y atacaron el pueblo por todos lados, alguien vino a decir que Chepé estaba acostado en su caja, muerto. En esa caja lo enterramos. Pero no en el cementerio. El acompañamiento no pudo atravesar la fusilería que cercaba el pueblo. Tuvimos que enterrar a Chepé en un potrero. Eso también hay que decirlo sin ofender. A Chepé mucho el pueblo le quería a pesar de todo y por todo. Un hombre más para nada que él no había en este mundo. Pero valía por lo que era y sabía mucho sin saber que lo sabía, sin vergüenza de ser limpio y honrado entre tantos sinvergüenzas. Su vicio era la esperanza del pobre que es querer el todo para todos. Y Chepé era capaz de encoger hasta su sombra para no estorbar a nadie. Eso fue Chepé, y un poco más y un poco menos. En un potrero lo enterramos bajo la lluvia, el viento y las balas. Cada uno dejó su ramo de flor sobre el estiércol y el barro. Ninguno faltó al acompañamiento de ese muerto al que muchos, entre los más viejos, le debíamos la vida.

***


La Excavación


El primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a sus espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente una veta blanda del terreno de arriba. Las tinieblas apenas se pusieron un poco más densas en el angosto agujero por el que únicamente arrastrándose sobre el vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía detenerse ahora. Siguió tvanzando con el plato de hojalata que le servía de perforador. La creciente humedad que iba impregnando la tosca dura lo alentaba. La barranca ya no estaría lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros, lo que representaba unos veinticinco días más de trabajo hasta el boquete liberador sobre el río.

Alternándose en turnos seguidos de cuatro horas, seis presos hacían avanzar la excavación veinte centímetros diariamente. Hubieran podido avanzar más rápido, pero la capacidad de trabajo estaba limitada por la posibilidad de desalojar la tierra en el tacho de desperdicios sin que fuera notada. Se habían abstenido de orinar en la lata que entraba y salía dos veces al día. Lo hacían en los rincones de la celda húmeda y agrietada, con lo que si bien aumentaban el hedor siniestro de la reclusión, ganaban también unos cuantos centímetros más de "bodega" para el contrabando de la tierra excavada.

La guerra. civil había concluido seis meses atrás. La perforación del túnel duraba cuatro. Entre tanto, habían fallecido, por diversas causas, no del todo apacibles, diecisiete de los ochenta y nueve presos políticos que se hallaban amontonados en esa inhóspita celda, antro, retrete, ergástula pestilente, donde en tiempos de calma no habían entrado mmca más de ocho o diez presos comunes.

De los diecisiete presos que habían tenido la estúpida ocurrencia de morirse, a nueve se habían llevado distintas enfermedades contraídas antes o después de la prisión; a cuatro, los apremios urgentes de la cámara de torturas; a dos, la rauda ventosa de la tisis galopante. Otros dos se habían suicidado abriéndose las venas, uno con la púa de la hebilla del cinto; el otro, con el plato, cuyo borde afiló en la pared, y que ahora servía de herramienta para la apertura del túnel.

Esta estadística era la que regía la vida de esos desgraciados. Sus esperanzas y desalientos. Su congoja callosa, pero aún sensitiva. Su sed, el hambre, los dolores, el hedor, su odio encendido en la sangre, en los ojos, como esas mariposas de aceite que a pocos metros de allí —tal vez solamente un centenar— brillaban en la Catedral delante de las imágenes.

La única respiración venía por el agujero aún ciego, aún nonato, que iba creciendo como un hijo en el vientre de esos hombres ansiosos. Por allí venía el olor puro de la libertad, un soplo fresco y brillante entre los excrementos. Y allí se tocaba, en una especie de inminencia trabajada por el vértigo, todo lo que estaba más allá de ese boquete negro.

Eso era lo que sentían los presos cuando escarbaban la tosca con el plato de hojalata, en la noche angosta del túnel.

Un nuevo desprendimiento le enterró esta vez las piernas hasta los riñones. Quiso moverse, encoger las extremidades atrapadas, pero no pudo. De golpe tuvo exacta conciencia de lo que sucedfa, mientras el dolor crecía con sordas puntadas en la carne, en los huesos de las piernas enterradas. No había sido una simple veta reblandecida. Probablemente era una cuña de tierra, un bloque espeso que llegaba hasta la superficie. Probablemente todo un cimiento se estaba sumiendo en la falla provocado por el desprendimiento.

No le quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas sus fuenu, sin respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran cinco metros los que faltaban, quizá no eran veinticinco días de zapa los que aún lo separaban del boquete salvador de la barranca del río. Quizá eran menos, sólo unos cuantos centímetros, unos minutos más de arañazos profundos. Se convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado. Su esperanza crecía con la asfixia Un poco de barro tibio entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito casi feliz. Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante tiniebla de túnel lo envolvía de tal modo, que no podía darse cuenta de que no era la proximidad del río, de que no eran sus filtraciones las que hacían ese lodo tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas y en las yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era ahora la que, en el epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo, 1a gastaba a él sin fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente. De pronto, pareció alejarse un poco. Manoteó al vacío. Era él quien se estaba quedando atrás en el aire como piedra que empezaba a estrangularlo. Procuró avanzar, pero sus piernas ya irremediablemente formaban parte del bloque que se había desmoronado sobre ellas. Ya ni las sentía. Sólo sentía la asfixia. Se estaba ahogando en un río sólido y oscuro. Dejó de moverse, de pugnar inútilmente. La tortura se iba transformando en una inexplicable delicia. Empezó a recordar.

Recordó aquella otra mina subterránea en la guerra del Chaco, hacía mucho tiempo. Un tiempo que ahora se le antojaba fabuloso. Lo recordaba, sin embargo, claramente, con todos los detalles.

En el frente de Gondra, la guerra se había estancado. Hacia seis meses que paraguayos y bolivianos, empotrados frente a frente en sus inexpugnables posiciones, cambiaban obstinados tiroteos e insultos. No había más de cincuenta metros entre unos y otros.

En las pausas de ciertas noches que el melancólico olvido había hecho de pronto atrozmente memorables, en lugar de metralla canjeaban música y canciones de sus respectivas tierras.

El altiplano entero, pétreo y desolado, bajaba arrastrado por la quejumbre de las cuecas; toda una raza hecha de cobre y castigo, desde su plataforma cósmica bajaba hasta el polvo voraz de las trincheras. Y hasta allí bajaban desde los grandes ríos, desde los grandes bosques paraguayos, desde el corazón de su gente también absurda y cruelmente perseguida, las polcas y guaranias, juntándose, hermanándose con aquel otro aliento melodioso que subía desde la muerte. Y así sucedía porque era preciso que gente americana siguiese muriendo, matándose, para que ciertas cosas se expresaran correctamente en términos de estadística y mercado, de trueques y expoliaciones correctas, con cifras y números exactos, en boletines de la rapiña internacional.

Fue en una de esas pausas en que en unión de otros catorce voluntarios, Perucho Rodi, estudiante de ingeniería, buen hijo, hermano excelente, hermoso y suave moreno de ojos verdes, había empezado a cavar ese túnel que debía salir detrás de las posiciones bolivianas con un boquete que en el momento señalado entraría en erupción como el cráter de un volcán.

En dieciocho días los ochenta metros de la gruesa perforación subterránea quedaron cubiertos. Y el volcán entró en erupción con lava sólida de metralla, de granadas, de proyectiles de todos los calibres, hasta arrasar las posiciones enemigas.

Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido a la masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba terminado. Dos silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de los astros había producido la mutación de una breve secuencia. Todo estaba igual. Salvo los restos de esa espantosa carnicería que a lo sumo había añadido un nuevo detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje nocturno.

Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el tranquilo sueño del que no despertarían.Recordó haber elegido a sus víctimas,

abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de'una pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible, esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero en ese momento todavía no podía saberlo.

Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y ficticios, que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre.

Aquel túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido cavar en el suelo la cárcel, que él personalmente había empezado a cavar y que, por último, sólo a él le había servido de trampa mortal; este túnel y aquél eran el mismo túnel; un único agujero recto y negro con un boquete de entrada pero no de salida. Un agujero negro y recto que a pesar de su rectitud le había rodeado desde que nació como un círculo subterráneo, irrevocable y fatal. Un túnel que tenía ahora para él cuarenta años, pero que en realidad era mucho más viejo, realmente inmemorial.

Aquella noche azul del Chaco, poblada de estruendos y cadáveres había mentido una salida. Pero sólo había sido un sueño; menos que un sueño: la decoración fantástica de un sueño futuro en medio del humo de la batalla.

Con el último aliento, Perucho Rodi la volvía a soñar; es decir, a vivir. Sólo ahora aquel sueño lejano era real. Y ahora sí que avistaba el boquete enceguecedor, el perfecto redondel.de la salida.

Soñó (recordó) que volvía a salir por aquel cráter en erupción hacia la noche azulada, metálica, fragorosa. Volvió a sentir la ametralladora ardiente y convulsa en sus manos. Soñó (recordó) que volvía a descargar ráfaga tras ráfaga y que volvía a arrojar granada tras granada. Soñó (recordó) la cara de cada una de sus víctimas. Las vio nítidamente. Eran ochenta y nueve en total. Al franquear el límite secreto, las reconoció en un brusco resplandor y se estremeció: esas ochenta y nueve caras vivas y terribles de sus víctimas eran (y seguirán siéndolo en un fogonazo fotográfico infinito) las de sus compañeros de prisión. Incluso los diecisiete muertos, a los cuales se había agregado uno más. Se soñó entre esos muertos. Soñó que soñaba en un túnel. Se vio retorcerse en una pesadilla, soñando que cavaba, que luchaba, que mataba. Recordó nítidamente el soldado enemigo a quien había abatido con su ametralladora, mientras se retorcía en una pesadilla. Soñó que aquel soldado enemigo lo abatía ahora a él con su ametralladora, tan exactamente parecido a él mismo que se hubiera dicho que era su hermano mellizo.

El sueño de Perucho Rodi quedó sepultado en esa grieta como un diamante negro que iba a alumbrar aún otra noche.

La frustrada evasión fue descubierta; el boquete de entrada en el piso de la celda. El hecho inspiró a los guardianes.

Los presos de la celda 4 (llamada Valle—i), menos el evadido Perucho Rodi, a 1a noche siguiente encontraron inexplicablemente descorrido el cerrojo. Sondearon con sus ojos la noche siniestra del patio. Encontraron que inexplicablemente los pasillos y corredores estaban desiertos. Avanzaron. No enfrentaron en la sombra la sombra de ningún centinela. Inexplicablemente, el caserón circular parecía desierto. La puerta trasera que daba a una callejuela clausurado, estaba inexplicablemente entreabierta. La empujaron, salieron. Al salir, con el primer soplo fresco, los abatió en masa sobre las piedras el fuego cruzado de las ametralladoras que las oscuras troneras del panóptico escupieron sobre ellos durante algunos segundos.

Al día siguiente, la ciudad se enteró solamente de que unos cuantos presos habían sido liquidados en el momento en que pretendían evadirse por un túnel. El comunicado pudo mentir con la verdad. Existía un testimonio irrefutable: el túnel los periodistas fueron invitados a examinarlo. Quedaron satisfechos al ver el boquete de entrada en la celda. La evidencia anulaba algunos detalles insignificantes: la inexistente salida que nadie pidió ver, las manchas de sangre aún frescas en la callejuela abandonada.

Poco después el agujero fue cegado con piedras y la celda 4 (Valle—í) volvió a quedar abarrotada.

***



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BhFNbhyVze

Enviado por cinosargo.bligoo.com el 27/03/2011 a las 10:03
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Augusto Roa Bastos.. Awesome :)

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