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SERES IMAGINARIOS

Enviado por Corresponsal cinosargo el 24/07/2008 a las 14:53
Corresponsal cinosargo

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Fragmentos de: El Libro de los Seres Imaginarios.

Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero

 

Nota.

La primera edición de este libro, escrito por Jorge Luis Borges con la colaboración de Margarita Guerrero, apareció con el título de Manual de Zoología Fantástica (Fondo de Cultura Económica, México, 1957). Fue traducido al italiano, Manuale di Zoologia Fantastica (Giulio Einaudi, Turín, 1962); al alemán, Einhorn, Sphinx und Salamander. Ein Handbuch der Phantastichem Zoologie (Carl Hanser, Munich, 1964); y al francés, Manuel de Zoologie Fantastique (Juilliard, París, 1965).

Fue ampliado y publicado nuevamente en castellano con el título de El Libro de los Seres ImaginariosThe Book of Imaginary Beings (E. P. Dutton, Nueva York, 1969, y Jonathan Cape, Londres, 1970). También apareció en japonés (Shobun Sha, Tokyo, 1974). Será editado en portugués (Globo, Porto Alegre, Brasil). (Kier, Buenos Aires, 1967), y traducido al inglés,

 

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El Dragón

 

El dragón posee la capacidad de asumir muchas formas, pero estas son inescrutables. En general lo imaginan con cabeza de caballo, cola de serpiente, grandes alas laterales y cuatro garras cada una provista de cuatro uñas. Se habla asimismo de sus nueve semblanzas; sus cuernos se asemejan a los de un ciervo, su cabeza a la del camello, sus ojos a los de un demonio, su cuello al de la serpiente, su vientre al de un molusco, sus escamas a las de un pez, sus garras a las del águila, las plantas de sus pies a las del tigre y sus orejas a las del buey. Hay ejemplares a quienes les faltan orejas y que oyen por los cuernos. Es habitual representarlo con una perla, que pende de su cuello y es emblema del sol. En esa perla está su poder. Es inofensivo si se la quitan.

La historia le atribuye la paternidad de los primeros emperadores. Sus huesos, dientes y saliva gozan de virtudes medicinales. Puede, según su voluntad, ser visible a los hombres o invisible. En la primavera sube a los cielos; en el otoño se sumerge en la profundidad de las aguas. Algunos carecen de alas y vuelan con ímpetu propio. La ciencia distingue diversos géneros. El dragón celestial lleva en el lomo los palacios de las divinidades e impide que éstos caigan sobre la tierra; el dragón divino produce los vientos y las lluvias, para bien de la humanidad; el dragón terrestre determina el curso de los arroyos y de los ríos; el dragón subterráneo cuida los tesoros vedados a los hombres. Los budistas afirman que los dragones no abundan menos que los peces de sus muchos mares concéntricos; en alguna parte del universo existe una cifra sagrada para expresar su número exacto. El pueblo chino cree en los dragones más que en otras deidades, porque los ve con tanta frecuencia en las cambiantes nubes. Paralelamente Shakespeare había observado que hay nubes con forma de dragón («some times we see a cloud that’s dragonish»).

El dragón rige las montañas, se vincula a la geomancia, mora cerca de los sepulcros, está asociado al culto de Confucio, es el Neptuno de los mares y aparece en tierra firme. Los reyes de los dragones del mar habitan resplandecientes palacios bajo las aguas y se alimentan de ópalos y de perlas. Hay cinco de esos reyes; el principal está en el centro, los otros cuatro corresponden a los puntos cardinales. Tienen una legua de largo; al cambiar de postura hacen chocar a las montañas. Están revestidos de una armadura de escamas amarillas. Bajo el hocico tienen una barba; las piernas y la cola son velludas. La frente se proyecta sobre los ojos llameantes, las orejas son pequeñas y gruesas, la boca siempre abierta, la lengua larga y los dientes afilados. El aliento hierve a los peces, las exhalaciones del cuerpo los asa. Cuando sube a la superficie de los océanos produce remolinos y tifones; cuando vuela por los aires causa tormentas que destechan las casas de las ciudades y que inundan los campos. Son inmortales y pueden comunicarse entre sí a pesar de las distancias que los separan y sin necesidad de palabras. En el tercer mes hacen su informe anual a los cielos superiores.

 

Baldanders

 

Baldanders (cuyo nombre podemos traducir por Ya diferente o Ya otro) fue sugerido al maestro zapatero Hans Sachs, de Nüremberg, por aquel pasaje de la Odisea en que Menelao persigue al dios egipcio Proteo, que se transforma en león, en serpiente, en pantera, en un desmesurado jabalí, en un árbol y en agua. Hans Sachs murió en 1576; al cabo de unos noventa años, Baldanders resurge en el sexto libro de la novela fantástico-picaresca de Grimmelshausen, Simplicius Simplicissimus. En un bosque, el protagonista da con una estatua de piedra, que le parece el ídolo de algún viejo templo germánico. La toca y la estatua le dice que es Baldanders y toma las formas de un hombre, de un roble, de una puerca, de un salchichón, de un prado cubierto de trébol, de estiércol, de una flor, de una rama florida, de una morera, de un tapiz de seda, de muchas otras cosas y seres, y luego, nuevamente, de un hombre. Simula instruir a Simplicissimus en el arte «de hablar con las cosas que por su naturaleza son mudas, tales como sillas y bancos, ollas y jarros»; también se convierte en un secretario y escribe estas palabras de la Revelación de San Juan: Yo soy el principio y el fin, que son la clave del documento cifrado en que le deja las instrucciones. Baldanders agrega que su blasón (como el del Turco y con mejor derecho que el Turco) es la inconstante luna.

Baldanders es un monstruo sucesivo, un monstruo en el tiempo; la carátula de la primera edición de la novela de Grimmelshausen trae un grabado que representa un ser con cabeza de sátiro, torso de hombre, alas desplegadas de pájaro y cola de pez, que con una pata de cabra y una garra de buitre pisa un montón de máscaras, que pueden ser los individuos de las especies. En el cinto lleva una espada y en las manos un libro abierto, con las figuras de una corona, de un velero, de una copa, de una torre, de una criatura, de unos dados, de un gorro con cascabeles y un cañón.

 

Crocotas y Leucrocotas

 

Ctesias, médico de Artajerjes Mnemón, se valió de fuentes persas para urdir una descripción de la India, obra de valor inestimable para saber cómo los persas del tiempo de Artajerjes Mnemón se imaginaban la India. El capitulo treinta y dos de ese repertorio ofrece una noticia del lobo-perro; Plinio (viii, 30) dio a ese hipotético animal el nombre de crocota y declaró que no había nada que no pudiera partir con los dientes y acto continuo digerir.

Más precisa que la crocota es la leucrocota en la que ciertos comentadores han visto un reflejo del gnu, y otros de la hiena, y otros, una fusión de los dos. Es rapidísima y del tamaño del asno silvestre. Tiene patas de ciervo, cuello, cola y pecho de león, cabeza de tejón, pezuñas partidas, boca hasta las orejas y un hueso continuo en lugar de dientes. Habita en Etiopía (donde asimismo hay toros salvajes, armados de cuernos movibles) y es fama que remeda con dulzura la voz humana.


 

Los Lamed Wufniks

 

Hay en la Tierra, y hubo siempre, 36 hombres rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros salvadores y no lo saben.

Esta mística creencia de los judíos ha sido expuesta por Max Brod.

La remota raíz puede buscarse en el capítulo xviii del Génesis, donde el Señor declara que no destruirá la ciudad de Sodoma, si en ella hubiere diez hombres justos.

Los árabes tienen un personaje análogo, los Kutb.


 

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El Kraken

 

El kraken es una especie escandinava del zaratán y del dragón de mar o culebra de mar de los árabes.

En 1752, el dinamarqués Eric Pontoppidan obispo de Bergen publicó, una Historia Natural de Noruega, obra famosa por su hospitalidad o credulidad; en sus páginas se lee que el lomo del kraken tiene una milla y media de longitud y que sus brazos pueden abarcar el mayor navío. El lomo sobresale como una isla; Eric Pontoppidan llega a formular esta norma: «Las islas flotantes son siempre krakens.» Asimismo escribe que el kraken suele enturbiar las aguas del mar con una descarga de líquido; esta sentencia ha sugerido la conjetura que el kraken es una magnificación del pulpo.

Entre las piezas juveniles de Tennyson, hay una dedicada al kraken. Dice, literalmente, así:

Bajos los truenos de la superficie, en las honduras del mar abismal, el kraken duerme su antiguo, no invadido sueño sin sueños. Pálidos reflejos se agitan alrededor de su oscura forma; vastas esponjas de milenario crecimiento y altura se inflan sobre él, y en lo profundo de la luz enfermiza, pulpos innumerables y enormes baten con brazos gigantescos la verdosa inmovilidad, desde secretas celdas y grutas maravillosas. Yace ahí desde siglos, y yacerá, cebándose dormido de inmensos gusanos marinos hasta que el fuego del Juicio Final caliente el abismo. Entonces, para ser visto una sola vez por hombres y por ángeles, rugiendo surgirá y morirá en la superficie.

 

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La Salamandra

 

No sólo es un pequeño dragón que vive en el fuego; es también (si el diccionario de la Academia no se equivoca) «un batracio insectívoro de piel lisa, de color negro intenso con manchas amarillas simétricas». De sus dos caracteres el más conocido es el fabuloso, y a nadie sorprenderá su inclusión en este manual.

En el libro x de su Historia, Plinio declara que la salamandra es tan fría que apaga el fuego con su simple contacto; en el xxi recapacita, observando incrédulamente que si tuviera esta virtud que le han atribuido los magos, la usaría para sofocar los incendios. En el libro xi, habla de un animal alado y cuadrúpedo, la pyrausta, que habita en lo interior del fuego de las fundiciones de Chipre; si emerge al aire y vuela un pequeño trecho, cae muerto. El mito posterior de la salamandra ha incorporado el de ese olvidado animal.

El fénix fue alegado por los teólogos para probar la resurrección de la carne; la salamandra, como ejemplo que en el fuego pueden vivir los cuerpos. En el libro xxi de la Ciudad de Dios de San Agustín, hay un capítulo que se llama Si pueden los cuerpos ser perpetuos en el fuego y que se abre así:

¿A qué efecto he de demostrar sino para convencer a los incrédulos de que es posible que los cuerpos humanos, estando animados y vivientes, no sólo nunca se deshagan y disuelvan con la muerte, sino que duren también en los tormentos del fuego eterno? Porque no les agrada que atribuyamos este prodigio a la omnipotencia del Todopoderoso, ruegan que lo demostremos por medio de algún ejemplo. Respondemos a éstos que hay efectivamente algunos animales corruptibles porque son mortales, que, sin embargo, viven en medio del fuego.

A la salamandra y al fénix recurren también los poetas, como encarecimiento retórico. Así, Quevedo, en los sonetos del cuarto libro del Parnaso Español, que «canta hazañas del amor y de la hermosura»:

Hago verdad al Fénix en la ardiente

Llama, en que renaciendo me renuevo,

Y la virilidad del fuego pruebo

Y que es padre, y que tiene descendiente.

La Salamandra fría, que desmiente

Noticia docta, a defender me atrevo,

Cuando en incendios, que sediento bebo

Mi corazón habita, y no los siente...

Al promediar el siglo xii, circuló por las naciones de Europa una falsa carta, dirigida por el Preste Juan, Rey de Reyes, al emperador bizantino. Esta epístola, que es un catálogo de prodigios, habla de monstruosas hormigas que excavan oro, y de un Río de Piedras, y de un Mar de Arena con peces vivos, y de un espejo altísimo que revela cuanto ocurre en el reino, y de un cetro labrado de una esmeralda, y de guijarros que confieren invisibilidad o alumbran la noche. Uno de los párrafos dice: «Nuestros dominios dan el gusano llamado salamandra. Las salamandras viven en el fuego y hacen capullos, que las señoras de palacio devanan, y usan para tejer telas y vestidos. Para lavar y limpiar estas telas las arrojan al fuego.»

De estos lienzos y telas incombustibles que se limpian con fuego, hay mención en Plinio (xix, 4) y en Marco Polo (xxxix). Aclara este último «La salamandra es una sustancia, no un animal.» Nadie, al principio, le creyó; las telas, fabricadas de amianto, se vendían como de piel de salamandra y fueron testimonio incontrovertible del hecho que la salamandra existía.

En alguna página de su Vida, Benvenuto Cellini cuenta que, a los cinco años, vio jugar en el fuego a un animalito, parecido a la lagartija. Se lo contó a su padre. Éste le dijo que el animal era una salamandra y le dio una paliza, para que esa admirable visión, tan pocas veces permitida a los hombres, se le grabara en la memoria.

Las salamandras, en la simbología de la alquimia, son espíritus elementales del fuego. En esta atribución y en un argumento de Aristóteles, que Cicerón ha conservado en el primer libro de su De natura deorum, se descubre por qué los hombres propendieron a creer en la salamandra. El médico siciliano Empédocles de Agrigento había formulado la teoría de cuatro «raíces de cosas», cuyas desuniones y uniones, movidas por la Discordia y por el Amor, componen la historia universal. No hay muerte; sólo hay partículas de «raíces», que los latinos llamarían elementos, y que se desunen. Éstas son el fuego, la tierra, el aire y el agua. Son increadas y ninguna es más fuerte que otra. Ahora sabemos (ahora creemos saber) que esta doctrina es falsa, pero los hombres la juzgaron preciosa y generalmente se admite que fue benéfica. «Los cuatro elementos que integran y mantienen el mundo y que aún sobreviven en la poesía y en la imaginación popular tienen una historia larga y gloriosa», ha escrito Theodor Gomperz. Ahora bien, la doctrina exigía una paridad de los cuatro elementos. Si había animales de la tierra y del agua, era preciso que hubiera animales del fuego. Era preciso, para la dignidad de la ciencia, que hubiera salamandras.

En otro artículo veremos cómo Aristóteles logró animales del aire.

Leonardo da Vinci entiende que la salamandra se alimenta de fuego y que éste le sirve para cambiar la piel.

 

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El Gato de Cheshire y los Gatos Kilkenny

 

En inglés existe la locución grin like a Cheshire cat (sonreír sardónicamente como un gato de Cheshire). Se han propuesto varias explicaciones. Una, que en Cheshire vendían quesos en forma de gato que ríe. Otra, que Cheshire es un condado palatino o earldom y que esa distinción nobiliaria causó la hilaridad de los gatos. Otra, que en tiempos de Ricardo Tercero, hubo un guardabosque Caterling que sonreía ferozmente al batirse con los cazadores furtivos.

En la novela onírica Alice in Wonderland publicada en 1865, Lewis Carrol otorgó al gato de Cheshire el don de desaparecer gradualmente, hasta no dejar otra cosa que la sonrisa, sin dientes y sin boca. De los gatos de Kilkenny se refiere que riñeron furiosamente y se devoraron hasta no dejar más que las colas. El cuento data del siglo xviii.


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La Mandrágora

 

Como el borametz, la planta llamada mandrágora confina con el reino animal, porque grita cuando la arrancan; ese grito puede enloquecer a quienes lo escuchan (Romeo y Julieta, iv, 3). Pitágoras la llamó antropomorfa: el agrónomo latino Lucio Columela, semi-homo, y Alberto Magno pudo escribir que las mandrágoras figuran la humanidad, con la distinción de los sexos. Antes, Plinio había dicho que la mandrágora blanca es el macho y la negra es la hembra. También, que quienes la recogen trazan alrededor tres círculos con la espada y miran al poniente; el olor de las hojas es tan fuerte que suele dejar mudas a las personas. Arrancarla era correr el albur de espantosas calamidades; el último libro de la Guerra Judía de Flavio Josefo nos aconseja recurrir a un perro adiestrado. Arrancada la planta, el animal muere, pero las hojas sirven para fines narcóticos, mágicos y laxantes.

La supuesta forma humana de las mandrágoras ha sugerido a la superstición que éstas crecen al pie de los patíbulos. Browne (Pseudodoxia Epidemica, 1646) habla de la grasa de los ahorcados; el novelista popular Hanns Heinz Ewers (Alraune, 1913), de la simiente. Mandrágora, en alemán, es alraune; antes se dijo alruna; la palabra trae su origen de runa, que significó misterio, cosa escondida, y se aplicó después a los caracteres del primer alfabeto germánico.

El Génesis (xxx, 14) incluye una curiosa referencia a las virtudes generativas de la mandrágora. En el siglo xii, un comentador judío-alemán del Talmud escribe este párrafo:

Una especie de cuerda sale de una raíz en el suelo y a la cuerda está atado por el ombligo, como una calabaza, o melón, el animal llamado yadu’a, pero el yadu’a es en todo igual a los hombres: cara, cuerpo, manos y pies. Desarraiga y destruye todas las cosas, hasta donde alcanza la cuerda. Hay que romper la cuerda con una flecha, y entonces muere el animal.

El médico Discórides identificó la mandrágora con la circea, o hierba de Circe, de la que se lee en la Odisea, en el libro x; «La raíz es negra, pero la flor es como la leche. Es difícil empresa para los hombres arrancarla del suelo, pero los dioses son todopoderosos.»


 

El Grifo

 

Monstruos alados dice de los grifos Heródoto, al referir su guerra continua con los arimaspos; casi tan impreciso es Plinio que habla de las largas orejas y del pico curvo de estos «pájaros fabulosos» (x, 70). Quizá la descripción más detallada es la del problemático Sir John Mandeville, en el capítulo 85 de sus famosos Viajes:

De esta tierra [Turquía] los hombres irán a la tierra de Bactria, donde hay hombres malvados y astutos, y en esa tierra hay árboles que dan lana, como si fueran ovejas, de la que hacen tela. En esa tierra hay ypotains [hipopótamos] que a veces moran en la tierra, a veces en el agua, y son mitad hombre y mitad caballo, y sólo se alimentan de hombres, cuando los consiguen. En esa tierra hay muchos grifos, más que en otros lugares, y algunos dicen que tienen el cuerpo delantero de águila, y el trasero de león, y tal es la verdad, porque así están hechos; pero el grifo tiene el cuerpo mayor que ocho leones y es más robusto que cien águilas. Porque sin duda llevará volando a su nido un caballo con el jinete, o dos bueyes uncidos cuando salen a arar, porque tiene grandes uñas en los pies, del grandor de cuerpos de bueyes, y con éstas hacen copas para beber, y con las costillas, arces para tirar.

En Madagascar, otro famoso viajero, Marco Polo, oyó hablar del roc y al principio entendió que se referían al ucello grifone, al pájaro grifo (Milione, clxviii).

En la Edad Media, la simbología del grifo es contradictoria. Un bestiario italiano dice que significa el demonio; en general, es emblema de Cristo, y así lo explica Isidoro de Sevilla en sus Etimologías: «Cristo es león porque reina y tiene la fuerza; águila porque, después de la resurrección, sube al cielo.»

En el canto xxix del Purgatorio, Dante sueña un carro triunfal tirado por un grifo; la parte de águila es de oro, la de león es blanca, mezclada con bermejo, por significar, según los comentadores, la naturaleza humana de Cristo.1 (Blanco mezclado con bermejo, da el color de la carne.)

Otros entienden que Dante quería simbolizar el Papa, que es sacerdote y rey. Escribe Didron, en su Iconografía Cristiana: «El Papa, como pontífice o águila, se eleva hasta el trono de Dios a recibir sus órdenes, y como león o rey anda por la tierra con fortaleza y con vigor.»

1. Éstos recuerdan la descripción del Esposo en el Cantar de los Cantares (5-10-11): Mi amado, blanco y bermejo...; su cabeza como oro.

 


 

 

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El Catoblepas

 

Plinio (viii, 32) cuenta que en los confines de Etiopía, no lejos de las fuentes del Nilo, habita el catoblepas, «fiera de tamaño mediano y de andar perezoso. La cabeza es notablemente pesada y al animal le da mucho trabajo llevarla; siempre se inclina hacia la tierra. Si no fuera por esta circunstancia, el catoblepas acabaría con el género humano, porque todo hombre que le ve los ojos, cae muerto».

Catoblepas, en griego, quiere decir «que mira hacia abajo». Cuvier ha sugerido que el gnu (contaminado por el basilisco y por las gorgonas) inspiró a los antiguos el catoblepas. En el final de la Tentación de San Antonio se lee:

El catoblepas (búfalo negro, con una cabeza de cerdo que cae hasta el suelo, unida a las espaldas por un cuello delgado, largo y flojo como un intestino vaciado. Está aplastado en el fango, y sus patas desaparecen bajo la enorme melena de pelos duros que le cubren la cara):

—Grueso, melancólico, hosco, no hago otra cosa que sentir bajo el vientre el calor del fango. Mi cráneo es tan pesado que me es imposible llevarlo. Lo enrollo alrededor de mí, lentamente; y, con las mandíbulas entreabiertas, arranco con la lengua las hierbas venenosas humedecidas por mi aliento. Una vez, me devoré las patas sin advertirlo.

»Nadie, Antonio, ha visto mis ojos, o quienes los vieron han muerto. Si levantara mis párpados rosados e hinchados —te morirías en seguida.»

 

 

 

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