
Fragmentos de: El Libro de los Seres Imaginarios.
Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero
Nota.
Fue ampliado y publicado nuevamente en castellano con el título de El Libro de los Seres ImaginariosThe Book of Imaginary Beings (E. P. Dutton, Nueva York, 1969, y Jonathan Cape, Londres, 1970). También apareció en japonés (Shobun Sha, Tokyo, 1974). Será editado en portugués (Globo, Porto Alegre, Brasil). (Kier, Buenos Aires, 1967), y traducido al inglés,

El Dragón
La historia le atribuye la
paternidad de los primeros emperadores. Sus huesos, dientes y saliva gozan de
virtudes medicinales. Puede, según su voluntad, ser visible a los hombres o
invisible. En la primavera sube a los cielos; en el otoño se sumerge en la
profundidad de las aguas. Algunos carecen de alas y vuelan con ímpetu propio.
La ciencia distingue diversos géneros. El dragón celestial lleva en el lomo los
palacios de las divinidades e impide que éstos caigan sobre la tierra; el
dragón divino produce los vientos y las lluvias, para bien de la humanidad; el
dragón terrestre determina el curso de los arroyos y de los ríos; el dragón
subterráneo cuida los tesoros vedados a los hombres. Los budistas afirman que
los dragones no abundan menos que los peces de sus muchos mares concéntricos;
en alguna parte del universo existe una cifra sagrada para expresar su número
exacto. El pueblo chino cree en los dragones más que en otras deidades, porque
los ve con tanta frecuencia en las cambiantes nubes. Paralelamente Shakespeare
había observado que hay nubes con forma de dragón («some times we see a
cloud that’s dragonish»).
El dragón rige las montañas, se vincula a la geomancia, mora cerca de los sepulcros, está asociado al culto de Confucio, es el Neptuno de los mares y aparece en tierra firme. Los reyes de los dragones del mar habitan resplandecientes palacios bajo las aguas y se alimentan de ópalos y de perlas. Hay cinco de esos reyes; el principal está en el centro, los otros cuatro corresponden a los puntos cardinales. Tienen una legua de largo; al cambiar de postura hacen chocar a las montañas. Están revestidos de una armadura de escamas amarillas. Bajo el hocico tienen una barba; las piernas y la cola son velludas. La frente se proyecta sobre los ojos llameantes, las orejas son pequeñas y gruesas, la boca siempre abierta, la lengua larga y los dientes afilados. El aliento hierve a los peces, las exhalaciones del cuerpo los asa. Cuando sube a la superficie de los océanos produce remolinos y tifones; cuando vuela por los aires causa tormentas que destechan las casas de las ciudades y que inundan los campos. Son inmortales y pueden comunicarse entre sí a pesar de las distancias que los separan y sin necesidad de palabras. En el tercer mes hacen su informe anual a los cielos superiores.
Baldanders
Baldanders (cuyo nombre podemos
traducir por Ya diferente o Ya otro) fue sugerido al maestro
zapatero Hans Sachs, de Nüremberg, por aquel pasaje de la Odisea en que
Menelao persigue al dios egipcio Proteo, que se transforma en león, en
serpiente, en pantera, en un desmesurado jabalí, en un árbol y en agua. Hans
Sachs murió en 1576; al cabo de unos noventa años, Baldanders resurge en el
sexto libro de la novela fantástico-picaresca de Grimmelshausen, Simplicius
Simplicissimus. En un bosque, el protagonista da con una estatua de piedra,
que le parece el ídolo de algún viejo templo germánico. La toca y la estatua le
dice que es Baldanders y toma las formas de un hombre, de un roble, de una
puerca, de un salchichón, de un prado cubierto de trébol, de estiércol, de una
flor, de una rama florida, de una morera, de un tapiz de seda, de muchas otras
cosas y seres, y luego, nuevamente, de un hombre. Simula instruir a
Simplicissimus en el arte «de hablar con las cosas que por su naturaleza son
mudas, tales como sillas y bancos, ollas y jarros»; también se convierte en un
secretario y escribe estas palabras de la Revelación de San Juan: Yo
soy el principio y el fin, que son la clave del documento cifrado en que le
deja las instrucciones. Baldanders agrega que su blasón (como el del Turco y
con mejor derecho que el Turco) es la inconstante luna.
Baldanders es un monstruo sucesivo,
un monstruo en el tiempo; la carátula de la primera edición de la novela de
Grimmelshausen trae un grabado que representa un ser con cabeza de sátiro,
torso de hombre, alas desplegadas de pájaro y cola de pez, que con una pata de
cabra y una garra de buitre pisa un montón de máscaras, que pueden ser los
individuos de las especies. En el cinto lleva una espada y en las manos un
libro abierto, con las figuras de una corona, de un velero, de una copa, de una
torre, de una criatura, de unos dados, de un gorro con cascabeles y un cañón.
Crocotas y Leucrocotas
Más precisa que la crocota es la leucrocota en la que ciertos comentadores han visto un reflejo del gnu, y otros de la hiena, y otros, una fusión de los dos. Es rapidísima y del tamaño del asno silvestre. Tiene patas de ciervo, cuello, cola y pecho de león, cabeza de tejón, pezuñas partidas, boca hasta las orejas y un hueso continuo en lugar de dientes. Habita en Etiopía (donde asimismo hay toros salvajes, armados de cuernos movibles) y es fama que remeda con dulzura la voz humana.
Los Lamed Wufniks
Esta mística creencia de los judíos
ha sido expuesta por Max Brod.
La remota raíz puede buscarse en el
capítulo xviii del Génesis,
donde el Señor declara que no destruirá la ciudad de Sodoma, si en ella hubiere
diez hombres justos.
Los árabes tienen un personaje análogo, los Kutb.

El Kraken
En 1752, el dinamarqués Eric
Pontoppidan obispo de Bergen publicó, una Historia Natural de Noruega,
obra famosa por su hospitalidad o credulidad; en sus páginas se lee que el lomo
del kraken tiene una milla y media de longitud y que sus brazos pueden
abarcar el mayor navío. El lomo sobresale como una isla; Eric Pontoppidan llega
a formular esta norma: «Las islas flotantes son siempre krakens.»
Asimismo escribe que el kraken suele enturbiar las aguas del mar con una
descarga de líquido; esta sentencia ha sugerido la conjetura que el kraken
es una magnificación del pulpo.
Entre las piezas juveniles de
Tennyson, hay una dedicada al kraken. Dice, literalmente, así:
Bajos los truenos de la superficie, en las honduras del mar abismal, el kraken duerme su antiguo, no invadido sueño sin sueños. Pálidos reflejos se agitan alrededor de su oscura forma; vastas esponjas de milenario crecimiento y altura se inflan sobre él, y en lo profundo de la luz enfermiza, pulpos innumerables y enormes baten con brazos gigantescos la verdosa inmovilidad, desde secretas celdas y grutas maravillosas. Yace ahí desde siglos, y yacerá, cebándose dormido de inmensos gusanos marinos hasta que el fuego del Juicio Final caliente el abismo. Entonces, para ser visto una sola vez por hombres y por ángeles, rugiendo surgirá y morirá en la superficie.

La Salamandra
No sólo es un pequeño dragón que
vive en el fuego; es también (si el diccionario de la Academia no se equivoca)
«un batracio insectívoro de piel lisa, de color negro intenso con manchas
amarillas simétricas». De sus dos caracteres el más conocido es el fabuloso, y
a nadie sorprenderá su inclusión en este manual.
En el libro x de su Historia, Plinio declara que la salamandra es
tan fría que apaga el fuego con su simple contacto; en el xxi recapacita, observando
incrédulamente que si tuviera esta virtud que le han atribuido los magos, la
usaría para sofocar los incendios. En el libro xi,
habla de un animal alado y cuadrúpedo, la pyrausta, que habita en lo
interior del fuego de las fundiciones de Chipre; si emerge al aire y vuela un
pequeño trecho, cae muerto. El mito posterior de la salamandra ha incorporado
el de ese olvidado animal.
El fénix fue alegado por los teólogos
para probar la resurrección de la carne; la salamandra, como ejemplo que en el
fuego pueden vivir los cuerpos. En el libro xxi
de la Ciudad de Dios de San Agustín, hay un capítulo que se llama Si
pueden los cuerpos ser perpetuos en el fuego y que se abre así:
¿A qué efecto he de
demostrar sino para convencer a los incrédulos de que es posible que los
cuerpos humanos, estando animados y vivientes, no sólo nunca se deshagan y
disuelvan con la muerte, sino que duren también en los tormentos del fuego
eterno? Porque no les agrada que atribuyamos este prodigio a la omnipotencia
del Todopoderoso, ruegan que lo demostremos por medio de algún ejemplo.
Respondemos a éstos que hay efectivamente algunos animales corruptibles porque
son mortales, que, sin embargo, viven en medio del fuego.
A la salamandra y al fénix recurren
también los poetas, como encarecimiento retórico. Así, Quevedo, en los sonetos
del cuarto libro del Parnaso Español, que «canta hazañas del amor y de
la hermosura»:
Hago verdad al Fénix en la ardiente
Llama, en que renaciendo me renuevo,
Y la virilidad del fuego pruebo
Y que es padre, y que tiene
descendiente.
La Salamandra fría, que desmiente
Noticia docta, a defender me atrevo,
Cuando en incendios, que sediento
bebo
Mi corazón habita, y no los
siente...
Al promediar el siglo xii, circuló por las naciones de Europa
una falsa carta, dirigida por el Preste Juan, Rey de Reyes, al emperador
bizantino. Esta epístola, que es un catálogo de prodigios, habla de monstruosas
hormigas que excavan oro, y de un Río de Piedras, y de un Mar de Arena con
peces vivos, y de un espejo altísimo que revela cuanto ocurre en el reino, y de
un cetro labrado de una esmeralda, y de guijarros que confieren invisibilidad o
alumbran la noche. Uno de los párrafos dice: «Nuestros dominios dan el gusano
llamado salamandra. Las salamandras viven en el fuego y hacen capullos, que las
señoras de palacio devanan, y usan para tejer telas y vestidos. Para lavar y
limpiar estas telas las arrojan al fuego.»
De estos lienzos y telas incombustibles
que se limpian con fuego, hay mención en Plinio (xix, 4) y en Marco Polo (xxxix).
Aclara este último «La salamandra es una sustancia, no un animal.» Nadie, al
principio, le creyó; las telas, fabricadas de amianto, se vendían como de piel
de salamandra y fueron testimonio incontrovertible del hecho que la salamandra
existía.
En alguna página de su Vida,
Benvenuto Cellini cuenta que, a los cinco años, vio jugar en el fuego a un
animalito, parecido a la lagartija. Se lo contó a su padre. Éste le dijo que el
animal era una salamandra y le dio una paliza, para que esa admirable visión,
tan pocas veces permitida a los hombres, se le grabara en la memoria.
Las salamandras, en la simbología de
la alquimia, son espíritus elementales del fuego. En esta atribución y en un
argumento de Aristóteles, que Cicerón ha conservado en el primer libro de su De
natura deorum, se descubre por qué los hombres propendieron a creer en la
salamandra. El médico siciliano Empédocles de Agrigento había formulado la
teoría de cuatro «raíces de cosas», cuyas desuniones y uniones, movidas por la
Discordia y por el Amor, componen la historia universal. No hay muerte; sólo
hay partículas de «raíces», que los latinos llamarían elementos, y que se
desunen. Éstas son el fuego, la tierra, el aire y el agua. Son increadas y
ninguna es más fuerte que otra. Ahora sabemos (ahora creemos saber) que esta
doctrina es falsa, pero los hombres la juzgaron preciosa y generalmente se
admite que fue benéfica. «Los cuatro elementos que integran y mantienen el
mundo y que aún sobreviven en la poesía y en la imaginación popular tienen una
historia larga y gloriosa», ha escrito Theodor Gomperz. Ahora bien, la doctrina
exigía una paridad de los cuatro elementos. Si había animales de la tierra y
del agua, era preciso que hubiera animales del fuego. Era preciso, para la
dignidad de la ciencia, que hubiera salamandras.
En otro artículo veremos cómo
Aristóteles logró animales del aire.
Leonardo da Vinci entiende que la salamandra se alimenta de fuego y que éste le sirve para cambiar la piel.

El Gato de Cheshire y los Gatos Kilkenny
En la novela onírica Alice in
Wonderland publicada en 1865, Lewis Carrol otorgó al gato de Cheshire el
don de desaparecer gradualmente, hasta no dejar otra cosa que la sonrisa, sin
dientes y sin boca. De los gatos de Kilkenny se refiere que riñeron
furiosamente y se devoraron hasta no dejar más que las colas. El cuento data
del siglo xviii.

La Mandrágora
Como el borametz, la planta llamada
mandrágora confina con el reino animal, porque grita cuando la arrancan; ese
grito puede enloquecer a quienes lo escuchan (Romeo y Julieta, iv, 3). Pitágoras la llamó antropomorfa:
el agrónomo latino Lucio Columela, semi-homo, y Alberto Magno pudo escribir que
las mandrágoras figuran la humanidad, con la distinción de los sexos. Antes,
Plinio había dicho que la mandrágora blanca es el macho y la negra es la
hembra. También, que quienes la recogen trazan alrededor tres círculos con la
espada y miran al poniente; el olor de las hojas es tan fuerte que suele dejar
mudas a las personas. Arrancarla era correr el albur de espantosas calamidades;
el último libro de la Guerra Judía de Flavio Josefo nos aconseja
recurrir a un perro adiestrado. Arrancada la planta, el animal muere, pero las
hojas sirven para fines narcóticos, mágicos y laxantes.
La supuesta forma humana de las
mandrágoras ha sugerido a la superstición que éstas crecen al pie de los
patíbulos. Browne (Pseudodoxia Epidemica, 1646) habla de la grasa de los
ahorcados; el novelista popular Hanns Heinz Ewers (Alraune, 1913), de la
simiente. Mandrágora, en alemán, es alraune; antes se dijo alruna;
la palabra trae su origen de runa, que significó misterio, cosa
escondida, y se aplicó después a los caracteres del primer alfabeto germánico.
El Génesis (xxx, 14) incluye una curiosa referencia
a las virtudes generativas de la mandrágora. En el siglo xii, un comentador judío-alemán del Talmud
escribe este párrafo:
Una especie de cuerda
sale de una raíz en el suelo y a la cuerda está atado por el ombligo, como una
calabaza, o melón, el animal llamado yadu’a, pero el yadu’a es en
todo igual a los hombres: cara, cuerpo, manos y pies. Desarraiga y destruye
todas las cosas, hasta donde alcanza la cuerda. Hay que romper la cuerda con
una flecha, y entonces muere el animal.
El médico Discórides identificó la mandrágora con la circea, o hierba de Circe, de la que se lee en la Odisea, en el libro x; «La raíz es negra, pero la flor es como la leche. Es difícil empresa para los hombres arrancarla del suelo, pero los dioses son todopoderosos.»
El Grifo
Monstruos alados dice de los grifos
Heródoto, al referir su guerra continua con los arimaspos; casi tan impreciso
es Plinio que habla de las largas orejas y del pico curvo de estos «pájaros
fabulosos» (x, 70). Quizá la
descripción más detallada es la del problemático Sir John Mandeville, en el
capítulo 85 de sus famosos Viajes:
De esta tierra
[Turquía] los hombres irán a la tierra de Bactria, donde hay hombres malvados y
astutos, y en esa tierra hay árboles que dan lana, como si fueran ovejas, de la
que hacen tela. En esa tierra hay ypotains [hipopótamos] que a veces
moran en la tierra, a veces en el agua, y son mitad hombre y mitad caballo, y
sólo se alimentan de hombres, cuando los consiguen. En esa tierra hay muchos
grifos, más que en otros lugares, y algunos dicen que tienen el cuerpo
delantero de águila, y el trasero de león, y tal es la verdad, porque así están
hechos; pero el grifo tiene el cuerpo mayor que ocho leones y es más robusto
que cien águilas. Porque sin duda llevará volando a su nido un caballo con el
jinete, o dos bueyes uncidos cuando salen a arar, porque tiene grandes uñas en
los pies, del grandor de cuerpos de bueyes, y con éstas hacen copas para beber,
y con las costillas, arces para tirar.
En Madagascar, otro famoso viajero,
Marco Polo, oyó hablar del roc y al principio entendió que se referían al ucello
grifone, al pájaro grifo (Milione, clxviii).
En la Edad Media, la simbología del
grifo es contradictoria. Un bestiario italiano dice que significa el demonio;
en general, es emblema de Cristo, y así lo explica Isidoro de Sevilla en sus Etimologías:
«Cristo es león porque reina y tiene la fuerza; águila porque, después de la
resurrección, sube al cielo.»
En el canto xxix del Purgatorio, Dante sueña un carro triunfal
tirado por un grifo; la parte de águila es de oro, la de león es blanca,
mezclada con bermejo, por significar, según los comentadores, la naturaleza humana
de Cristo.1 (Blanco mezclado con bermejo, da el color de la carne.)
Otros entienden que Dante quería
simbolizar el Papa, que es sacerdote y rey. Escribe Didron, en su Iconografía
Cristiana: «El Papa, como pontífice o águila, se eleva hasta el trono de
Dios a recibir sus órdenes, y como león o rey anda por la tierra con fortaleza
y con vigor.»
1. Éstos recuerdan la descripción del Esposo en el Cantar de los Cantares (5-10-11): Mi amado, blanco y bermejo...; su cabeza como oro.

El Catoblepas
Catoblepas, en griego, quiere decir «que mira
hacia abajo». Cuvier ha sugerido que el gnu (contaminado por el basilisco y por
las gorgonas) inspiró a los antiguos el catoblepas. En el final de la Tentación
de San Antonio se lee:
El catoblepas
(búfalo negro, con una cabeza de cerdo que cae hasta el suelo, unida a las
espaldas por un cuello delgado, largo y flojo como un intestino vaciado. Está
aplastado en el fango, y sus patas desaparecen bajo la enorme melena de pelos
duros que le cubren la cara):
—Grueso, melancólico,
hosco, no hago otra cosa que sentir bajo el vientre el calor del fango. Mi
cráneo es tan pesado que me es imposible llevarlo. Lo enrollo alrededor de mí,
lentamente; y, con las mandíbulas entreabiertas, arranco con la lengua las
hierbas venenosas humedecidas por mi aliento. Una vez, me devoré las patas sin
advertirlo.
»Nadie, Antonio, ha visto mis ojos, o quienes los vieron han muerto. Si levantara mis párpados rosados e hinchados —te morirías en seguida.»






































