LOS MONOS
Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales
Los monos penetraron en las historias de nuestras vidas cuando descendieron de los árboles y dejaron de monear irresponsablemente. En los bosques, los monos se visten de ramajes y pasan las páginas de la evolución sin mojarse la falange del dedo índice en saliva.
Cualquier cambio produce en los monos una inquietante esperanza en el abandono de sus farsas. Casi todos los monos poseen un ideal: cosechar sus propias bananas en un huerto protegido del asalto de las fieras humanas.
Los monos leen tratados donde Darwin aparece dando lecciones de ética, supervivencia y economía comunitaria. (El mono del anís es el único dipsómano de la especie y siempre llega tarde a las fiestas, cuando los licores se han agotado).
Están divididos los monos en numerosas familias con extrañas denominaciones. Aunque habitan en continentes diferentes se mantienen en permanente contacto, a través de un correo que distribuye con eficacia sus cartas, esquelas e invitaciones a bautizos y bodas.
Las madrugadas son para los monos el escenario de la competencia de chillidos. No chillan de noche por temor a despertar a los depredadores de las tinieblas. (Los monos viejos ya no chillan, sólo aúllan, pero tosiendo).
Cada mono lleva una vida paralela caracterizada por hacer todo lo contrario a lo que aparentan en la vida pública.
Es mentira que los monos sirvan de modelo a otros monos que pintan. Los monos pintores se ven en problemas al tratar de convencer a mamíferos menores para que se vistan de primates y posen para ellos.
En los ojos de los monos se descubre la estrechez de sus propósitos. Dependen de sus deseos para salir adelante y se resisten a imaginar un mundo sin árboles ni huevos de pájaros. Sus espíritus se mueven de bejuco en bejuco o de trapecio en trapecio y eso les basta.
Con impaciencia aguardan los monos la escenografía de la noche para actuar como ladrones de nidos, hurtadores de miel o arrebatadores de carteras. Lamentablemente salen a escena muchos y se destacan unos pocos.
Los monos duermen agarrados unos a otros de las manos. Así se transmiten los sueños y ninguno es acusado de roncar más que los demás.
Existen testimonios escritos que recogen la muerte de los monos. Por regla general fenecen longevos y con numerosos biznietos tras de sí. Las muertes violentas les acaecen, por descuido, al acicalarse sin mesura sobre las ramas. En estos casos, los velatorios suelen durar escasos minutos y las lamentaciones un mes entero.
Los monos comen ajos al no más despertarse cada mañana y así alejan a los malos espíritus y a las cosas aciagas que los acosan durante las pesadillas.
(Aquella representación grotesca de los tres monos: uno que no hablaba, el otro que no veía y el último que no oía, resultó espuria, deleznable. La verdadera figuración es la de un tótem simiesco de tres cabezas, plantado en medio de la jungla de concreto: ciego para pedir limosna; sordo al ofrecimiento de trabajo y mudo para dar consejos).







































