
POR MARIETTA MORALES RODRÌGUEZ
Existen pueblos perdidos en ellos, sus habitantes conversan en los bares, preparan su propio pan, van a comprar sus vìveres en el emporio del pueblo, beben buen vino recìen cosechado, bailan con la llegada de la primavera y suelen reir muchìsimo. Todo con la esencia de una bellìsima postal de 1900. Un espìritu de real libertad , donde no existe el martirio de la vida cotidiana de las grandes urbes como Santiago o Nueva York. Esos pueblos donde perfectamente existe una chocolaterìa artesanal.
Cada trozo de chocolate es moldeado y pulido como una pieza de orfebrerìa. Aquel dulce que nos acompaña durante toda nuestra vida . Desde que somos niños hasta la vejez .Ese dulce derivado del àrbol del cacao . Muchas formas tiene el chocolate , desde los huevitos de pascua de resurreciòn , como sìmbolo de una vida renovada en un sentido mìstico y religioso . Hasta los elegantes bombones que regalamos cuando sentimos vibraciones diferentes en nuestra mèdula. Obsequio de momentos relevantes. Aquel arte de preparar chocolate aùn se mantiene en este comienzo de siglo, a pesar de la dudosa calidad de ciertos productos que se venden en los supermercados , cerca de las cajas registradoras.
La talentosa actriz francesa Juliette Binoche llegò a tomar cursos de reposterìa con el maestro Walter Bienz para aprender a prepararlo y elaborar distintas especialidades . Para asumir el rol de Vienne , que logra adentrarse en los misterios placenteros de elaborar chocolate . Vienne es la chocolatera del pueblo , que con gran fuerza de voluntad logra sacar adelante su tienda de chocolate , retando la autoridad del alcalde y la estrechez de mente de los habitantes del pueblo . El chocolate representa un sìmbolo liberador de placer , poesìa y buen gusto, dentro y fuera de la pantalla.






































