
ARIEL (Fragmento)
José Enrique Rodó
I
Aquella tarde, el viejo y venerado maestro, a quien solían llamar Próspero, por alusión al sabio mago de
Ya habían llegado a la amplia sala de estudio, en la que un gusto delicado y severo esmerábase por todas partes en honrar la noble presencia de los libros, fieles compañeros de Próspero. Dominaba en la sala -como numen de su ambiente sereno- un bronce primoroso, que figuraba al ARIEL de
Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo de la obra de Shakespeare, la parte noble y alada del espíritu. Ariel es el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia, -el término ideal a que asciende la selección humana, rectificando en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibán, símbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel perseverante de la vida.
La estatua, de real arte, reproducía al genio aéreo en el instante en que, libertado por la magia de Próspero, va a lanzarse a los aires para desvanecerse en un lampo. Desplegadas las alas; suelta y flotante la leve vestidura, que la caricia de la luz en el bronce damasquinaba de oro; erguida la amplia frente; entreabiertos los labios por serena sonrisa, todo en la actitud de Ariel acusaba admirablemente el gracioso arranque del vuelo; y con inspiración dichosa, el arte que había dado firmeza escultural a su imagen había acertado a conservar en ella, al mismo tiempo, la apariencia seráfica y la levedad ideal.
Próspero acarició, meditando, la frente de la estatua; dispuso luego al grupo juvenil en torno suyo; y con su firme voz -voz magistral, que tenía para fijar la idea e insinuarse en las profundidades del espíritu, bien la esclarecedora penetración del rayo de luz, bien el golpe incisivo del cincel en el mármol, bien el toque impregnante del pincel en el lienzo o de la onda en la arena,-comenzó a decir, frente a una atención afectuosa:

José Enrique Rodó (Montevideo, 15 de julio de 1871 - Palermo, 1 de mayo de 1917) Escritor y político uruguayo. Aprendió a leer a la temprana edad de 4 años, con la ayuda de su hermana, y desde entonces fue un apasionado lector. Su desempeño escolar presentó altibajos desde un primer momento. Del liceo privado Elbio Fernández, al que ingresó en 1882, debió pasar al año siguiente a otro oficial, por problemas económicos de su familia, y comenzó a trabajar a los 14 años debido a la muerte de su padre, desempeñándose como ayudante en un estudio de escribanos.
Desarrolló su faceta periodística y desde 1895 se publican poemas y artículos suyos en periódicos y en la Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales (1895-1897), que funda con otros intelectuales uruguayos.
Asume en 1898 la cátedra de Literatura en la Universidad de Montevideo.
Luego de escribir “Liberalismo y jacobinismo” y como consecuencia de diversos antagonismos se distanció de Batlle. Sus ensayos, signados por la defensa del americanismo y la crítica a la cultura norteamericana, tuvieron extraordinaria difusión: Ariel (1900), Motivos de Proteo, El mirador de Próspero.
Murió abandonado en un hotel de Palermo, Sicilia, cuando se desempeñaba como corresponsal de la revista argentina Caras y Caretas. Sus restos fueron trasladados a Montevideo en 1920. Su tersa prosa y su agudo pensamiento han influido sobre generaciones de toda América.
El movimiento latinoamericano de la Reforma Universitaria iniciado en 1918, consideró a Rodó como uno de los "maestros de la juventud".
Ariel (Leer Texto completo Aqui)






































