SELECCIÓN DE POEMAS DE ORLANDO VÍCTOR PÉREZ CABRERA
FICHA DE AUTOR
Orlando V. Pérez Cabrera (Cumanayagua, 1950). Máster en Educación. Poeta, narrador e investigador sobre temas de la comunidad. Ha publicado, entre otros, Señales (Poesía, Editorial Mecenas), Versos Salvajes (Poesía, Editorial Vitral), El último gol (Narrativa, Editorial Mecenas). Trabajos suyos aparecen en algunas publicaciones nacionales y en distintas antologías, diarios y revistas en La Serena, Chile; La Plata, Argentina; México DF, Guadalajara, México; La Rioja e Islas Baleares, España, entre otros. Editor de la Revista Cultural Calle B.
CÁNTICO PLUVIOSO
Voy a acercarme a la boca de la lluvia
para sentir la primavera cuando corre.
Me voy a acercar con sueño lento
por el resquicio que abre el ojo en la ventana.
Para que penetre la humedad hasta el fondo de las ansias.
Para sentir cómo la tarde se detiene
antes de caer en brazos de la noche.
Lluvia
que va calando cada resquicio del hombre enfebrecido,
cada célula del alma lista para el acto del amor.
Voy a hacer un brocal juntando las dos manos
y llenarlo de esta agua bendecida;
agua que se precipita sobre un solo desatino,
melodía
que rasga puertas al misterio.
entre tu casa y mis zapatos.
Me han llamado los relojes,
un pájaro salvaje picotea
en el rincón oscuro donde nadie nos encuentra.
Qué extraña sensación me trae este aguacero
que se desploma a raudales por el hueco de la aguja.
Eras un enigma en el agua que batía
alrededor de tu ropa y tu cabello.
Lo inalcanzable eras, gota
de tiempo en la bartolina de los años.
El cuello de un cisne en la marcha forzada de los días,
oasis en la pesadilla de una boca soñolienta.
Un día y otro día se parecen
a esas carretas de chirriar cansado.
Y yo dentro de ellas,
con las piernas abiertas sobre el tablado polvoriento.
¿Quién te trajo a mí? A veces
hasta creo en lámparas.
Hasta el aliento desde una distancia incalculable
se tensó una cuerda, por la que caminamos al encuentro
para comenzar la ruta más cercana,
la palma de la mano sobre el alquitrabe de los hombros,
bálsamo que cicatriza en las entrañas.
Una línea recta marca la distancia entre mi espacio y tus secretos
como si no hubiera más
remedio que sentirte en la humedad de mis sábanas insomnes,
hacer el eco donde
retumban las paredes que se desmoronan y levantan
a cada palabra que se arrastra por el aire.
Somos descubridores de un vasto mundo nuevo.
Te siento en mí. Mi bondad se viste
cada día con un traje diferente.
Hay un renacer que no necesita la alborada
ni las furtivas luces que se escapan a la noche,
ni los relámpagos como puñales en las nubes,
ni las palabras como ramillete de espejismos.
Esta necesidad la siento en mí
con tu sonrisa, aun luz en la distancia.
¿Cuándo veré a mis padres
de nuevo correr por la pradera a la captura
de un bello animal que les sirva de amuleto?
¿Cuándo estrenaré una capa de nostalgia bajo las ráfagas fugaces?
¿Cuándo mi cabello se irá a humedecer
para esperar el canto de mis padres en la cópula?
Seré lluvia yo también, con hojas húmedas adornaré la casa,
exprimiré mi corazón sobre los terrones
hasta que queden abrazados a este tonto de la colina.
Algún día yo también rodaré por las cañadas,
me iré tras los pájaros tempranos,
cantaré sobre los techos antes de marcharme
hecho vapor incandescente.
Ay entonces los de poca fe,
ay de un segundo nacimiento, si estoy
por echar raíces antes que alas.
llegar con tus tacones raudos:
abrí la puerta y eran golpes de la lluvia
sobre la madera entumecida.
Entonces era yo, con los nudillos
golpeando el velo de mi corazón,
arañando la madera carcomida que me cubre dentro.
Te sentí llegar y era la sombra de una sombra
por un desfiladero que me lleva hasta una casa.
Eran los minutos que me viven
en la ansiedad porque aparezcas;
y bajo el manto de la tarde-noche,
sobre el silencio herido por la lluvia,
olí tu piel mientras te palpaba el alma.







































