LOS CABALLOS
Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales
Los caballos vienen del este del viento, de donde ellos son deseados para que descarguen al alma de pesadillas.
Un caballo con otro preparan una gresca y cuando se rompen los cascos, en inusual hábito, se llaman ruines recíprocamente.
Los caballos no pueden comer echados porque, a cada momento, se ponen de pie para otear a las yeguas que los aguardan con ansia y asegurados hipómanes.
Se prometen los caballos tomar las sendas apropiadas que los conduzcan a los abrevaderos pero, sin razón, van a dar a parajes inhóspitos, cubiertos de bridas y estribos sangrientos.
La luna llena cae sobre los caballos y les distrae la atención. Vuelven a la normalidad cuando escuchan boquear a los riachuelos, desesperados por sus extrañas ausencias.
Carecen de futuro los caballos: los días cabalgan sobre ellos y les imponen un eterno presente de carreras, sobresaltos y espumarajos sin concesión.
No piensan en la muerte los caballos. Conocen a la perfección el oscuro papel de la vida y a ella sacrifican sus mejores sudores y relinchos en la noche.
Los caballos atraviesan en tropel las praderas y nada, en apariencia, sucede. Sin embargo, numerosos seres que no son sus parientes, sienten la compulsión de torcerles las ancas y arrancarles las crines por inadvertidos y cicateros.
En las marchas forzadas, los caballos estampan sobre la tierra huellas que adquieren la forma de equinos en miniatura. Después que los caballos se pierden de vista, un diminuto rebaño permanece dando coces para salir de la herradura que intenta domarlo.
Con las nubes detrás, los caballos refrenan la estampida y movilizan a la lluvia para que les traiga el trueno que es su espíritu colectivo.
Se juntan todos los caballos al atardecer y ninguno piensa en dormir. Sólo un pensamiento ocupa sus mentes: llenar de aire maravilloso los pulmones para emprender un vuelo tras los derroteros de Pegaso.
A escondidas, los caballos migran hacia territorios donde se desconoce el recogimiento. Allí se establecen y se dedican, a todo pasto, a la materia que finalmente los encumbra.
Si están unidos a los ejes de una carreta, los caballos se encabritan, de improviso, y rompen los ejes y desaparecen a los ecos. Los caballos escapan por el centro de la imprevisión.
Los caballos saltan las tapias para mirarse en los espejos de rocas que hay al otro lado y descubrirse esclarecidos, limpios de vapor.
Piafan, sin montura, los caballos y ponen los cascos más brillantes en el monte infatigable y seco que, por turnos, fija los encuentros.
Gobiernan sus vidas las bestias caballunas como si se tratasen de perdidas batallas. Doquiera extravían los espacios, sus cuerpos se asimilan a los casos del ajedrez.
(Los caballos se jubilan y se encaminan a las ferias para monopolizar los tiovivos y ser los artefactos preferidos por los niños y los enamorados. Al salirles un cuerno en la frente a los caballos, las casaderas se les ofrecen y el asta ensangrentada se la llevan los demonios como oblación).






































