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El Libro de las Revelaciones

por Víctor Munita Fritis

(Poesía -Editorial Cinosargo)


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Necrospectiva Vol.2

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(Relatos -Editorial Cinosargo - Colección Necro-Files)


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Carne

de Daniel Rojas Pachas

(Poesía -Editorial Cinosargo)

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Proyecto Apocalipsis

de Andrés Olave / Eduardo Cuturrufo

(Narrativa -Editorial Cinosargo)

 

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Vida y obra de Gao Xingjian

Enviado por Violeta Fernández el 13/07/2008 a las 12:57
Violeta Fernández

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Gao Xingjian (chino: 高行健, pinyin: Gāo Xíngjiàn; Ganzhou, China, 4 de enero de 1940) es un escritor en lengua china. Nacido en China, en la actualidad reside en Francia y es ciudadano francés. En el año 2000 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.

Es dramaturgo y novelista. Su obra más importante es la novela La Montaña del Alma.

Durante su infancia y adolescencia afrontó las duras consecuencias de la invasión japonesa. Se formó en Lengua y Letras Francesas, intelectual y escritor precoz, fue encuadrado en la categoría de personas no deseadas durante la Revolución Cultural China. A raíz de eso, quemó una valija llena de manuscritos y fue enviado a un campo de "reaprendizaje" desde 1966 hasta 1976. Además le fue prohibido viajar al exterior y publicar sus libros en el extranjero hasta 1979. Muchas de sus obras, producidas experimentalmente en Pequín, resultaron éxitos para el público, pero fueron condenadas por el Partido Comunista Chino.

la Montaña del Alma (Texto completo aqui), escrita entre 1982 y 1989, relata la peregrinación de un etnólogo en la China septentrional durante la Revolución, en busca de culturas minoritarias. La novela, de cerca de 700 páginas, recuerda la idea grandiosa del romanticismo alemán de una poesía universal. Xingjian utiliza técnicas narrativas muy distintas de las de los novelistas chinos, hasta el punto de que un editor de su país de origen llegó a decirle que no sabía escribir, pero no deja de inspirarse en la tradición de su país para hablar de su época.
Su obra refleja influencias del modernismo y el teatro del absurdo

La concesión del premio Nobel le dio fama mundial. Sus obras empezaron a traducirse al español y otros muchos idiomas a partir de ese momento.


Fragmento de la Montaña del Alma (Texto completo aqui)


Te has subido a un autobús de línea. Y, desde la mañana, el viejo bus reconvertido para la ciudad ha traqueteado durante doce horas seguidas por las carreteras de mon­taña, mal conservadas, llenas de resaltes y de baches, antes de llegar a este pueblecito del sur.

Con la mochila a cuestas y una bolsa en la mano, paseas la mirada por el párking sembrado de envoltorios de polos y de desechos de caña de azúcar.

Hombres cargados de sacos de todos los tamaños y mujeres con bebés en los brazos descienden del autobús o atraviesan el párking mientras una pandilla de jóvenes, sin sacos ni cestas, sacan de una bolsita pipas de girasol que se llevan una tras otra a la boca y cuya cáscara escupen acto seguido. Se las comen con elegancia emitiendo una especie de silbido, con una distinción y un aire desenvuelto típicos del estilo local. Aquí, en su tierra natal, nada les impide vivir con total libertad, sus raíces ahondan en este suelo generación tras genera­ción. Es inútil que vengas tú de lejos en busca aquí de unas raí­ces en su lugar. Pero, para los que abandonaron este pueblo hace mucho tiempo, no existía evidentemente aún esta esta­ción de autobuses y menos aún estos autocares. Por río era preciso tomar una barca recubierta de esterillas de bambú y por tierra alquilar una carreta. Si uno no tenía realmente un fen, no había más remedio que ir a pie. Ahora, todos cuan­tos siguen aún con vida regresan aquí quién más quién menos, incluso desde la otra orilla del océano Pacífico, ya con un pequeño utilitario, ya con un cochazo con aire acondicionado. Algunos han hecho fortuna, unos pocos se han vuelto famo­sos, otros no son nada, pero todos retornan aquí debido a su avanzada edad. Llegado al final de su vida, ¿quién puede esca­par a esta nostalgia? Aquellos que nunca tuvieron las menores ganas de abandonar este lugar deambulan con mayor naturali­dad, balanceando los brazos, riendo y charlando en voz alta, sin la menor traba. Su entonación es dulce y familiar, casi con­movedora. Cuando dos conocidos se encuentran, no se inter­cambian como en la ciudad hueras palabras de cortesía sacu­diendo la cabeza o estrechándose la mano. Unas veces se interpelan por sus nombres, otras se dan una gran palmada en la espalda, encantándoles estrecharse mutuamente contra su pecho, no sólo las mujeres entre sí, sino tal vez aún más los varones. Cerca de la alberca de cemento para el lavado de los autobuses, hay justamente dos mujeres muy jóvenes. Parlo­tean por los codos, cogidas de la mano. El lenguaje de las mujeres de este lugar resulta tan encantador que uno no puede dejar de echarles una mirada. Vistos de espaldas, sus pañuelos confeccionados en una tela azul con motivos transmitidos de generación en generación, y la manera como los llevan atados, parecen de una originalidad extraordinaria. Te acercas involuntariamente. El pañuelo está anudado debajo de la barbilla, en triángulo, subrayando sus bonitos rostros de finos rasgos que están en consonancia con sus graciosas figuras. Pasas muy cerca de ellas. Sus dos manos que siguen unidas son del mismo color encarnado, igual de toscas, con recias articulaciones. Sin duda se trata de unas recién casadas de visita a casa de unos amigos o bien de regreso a la de sus padres. Sin embargo, aquí el término de «recién casada» no designa más que a la mujer del propio hijo. Si se utilizara este término a la manera de los palurdos del norte para designar a cualquier muchacha que acabara de contraer matrimonio, uno se ganaría enseguida una andanada de insultos. Una vez casada, la joven llama a su espo­so «el viejo», tanto para indicar «mi marido» como «tu mari­do». Aquí las gentes poseen su propio vocabulario, por más que todos ellos sean chinos que desciendan de los emperado­res fundadores, que pertenezcan a la misma etnia y que posean la misma cultura.

Ni tú mismo sabes a ciencia cierta por qué has venido aquí. Ha sido por pura casualidad que en el tren has oído hablar a alguien de un lugar llamado Lingshan, la Montaña del Alma. Aquel hombre estaba sentado enfrente de ti, con tu taza de té puesta al lado de la suya y las vibraciones del tren hacían tinti­near una contra otra las tapaderas de vuestras tazas. La cosa no hubiera pasado de aquí de haber seguido tintineando o de haber parado de hacerlo al cabo de un instante, pero la casua­lidad ha querido que en un momento en que las dos tapaderas entrechocaban, has tenido, al mismo tiempo que él, la inten­ción de desplazarlas y que, en ese preciso instante, las dos enmudecieran. Pero, apenas habéis desviado la mirada, se han puesto de nuevo a hacer ruido. Habéis alargado el dedo al mismo tiempo y se han detenido. Sin cruzar palabra, os habéis echado a reír los dos. Entonces simplemente habéis corrido un poco las tapaderas y entablado conversación. Le has pre­guntado adonde iba.

—A Lingshan.

-¿Qué?

—A Lingshan, a la Montaña del Alma.

Aunque también tú has recorrido la China de norte a sur y has ido a numerosas montañas famosas, sin embargo nunca habías oído mencionar antes este lugar.

Enfrente de ti, tu compañero ha cerrado ligeramente los ojos, descansa. Animado por una curiosidad comprensible, querrías saber qué laguna subsiste en tu conocimiento de los parajes célebres. En tu vanidad, no puedes soportar la idea de que todavía quede algún lugar del que no hayas oído ha­blar nunca. Entonces, le preguntas dónde se encuentra Ling­shan.

—En las fuentes del You —responde él abriendo los ojos.

No tienes ni idea de dónde se encuentra el tal río You, pero no te atreves a preguntárselo. Te limitas a sacudir la cabeza, lo cual puede ser interpretado de dos maneras: «Sí, gracias», o bien: «Ah, sí, ya sé». Tu amor propio se siente satisfecho, pero no por supuesto tu curiosidad. Un momento más tarde, termi­nas por preguntarle cómo se puede ir hasta allí y por dónde hay que penetrar en esta montaña.

—Puede tomarse el autobús hasta el pequeño pueblo de Wuyi, y luego remontar el You en barca.

—¿Y qué hay allí? ¿Pueden verse paisajes, templos? ¿Vesti­gios? —preguntas adoptando un aire indiferente.

—Allí todo se conserva en su estado original.

—¿Y hay selvas vírgenes?

—Por supuesto, pero no sólo eso.

—¿Hombres salvajes también? —preguntas en tono de broma.

Él ríe, pero sin asomo de burla, cosa que te excita aún más. Tienes que saber quién es este amigo sentado enfrente de ti.

 

 

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