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de Daniel Rojas Pachas

(Poesía -Editorial Cinosargo)

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Acuarimántima de Porfirio Barba Jacob

Enviado por Daniel Rojas Pachas el 12/07/2008 a las 13:58
Daniel Rojas Pachas

 

porfirio-barba-jacob-1.jpg

 

I

 

Vengo a expresar mi desazón suprema

y a perpetuarla en la virtud del canto.

Yo soy Maín, el héroe del poema,

que vio, desde los círculos del día,

regir el mundo una embriaguez y un llanto.

 

¡Armonía! ¡Oh profunda, oh abscóndita Armonía!

 

Y velaré mi arduo pensamiento

sotto il velame degli versi strani,

fastuoso, de pompas seculares;

perfecta en sí la estrofa del lamento

y a impulso de los ritmos estelares.

 

Columpia el mar su cauda nacarina,

e imbuida en la clámide del río

pasa en la bruma fúlgida la carne de la ondina.

Grana el campo nutricio, fluyen mieles,

una deidad inflama las horas con su llama

y loa el día azul un coro de donceles.

 

Romero: ¿no rebosa el corazón

por la noche de sombras evocadas,

por la tierra de arrugas trabajadas,

del Tiempo y el Espacio la múltiple emoción?

 

Brilla en las lejanías invioladas

vaga ciudad, e! viento da en los juncos,

los juncos gimen bajo el viento rudo...

Romero, ¡que se vierta el corazón!

y la ternura y la tristeza mía

canten en el crepúsculo: ¡Armonía!

Yo, Rey del reino estéril de las lágrimas,

yo, Rey del reino vacuo de las rimas,

con mis canciones ebrias

que un son nocturno hechiza

y con mis voces pávidas,

anuncio las cavernas del Enigma.

En mis siete dolores primarios se resume,

como en alejandrino paradigma,

la escala del dolor que el mal asume.

 

Tenebrosa, recóndita Armonía...

 

Mi numen, fuerte, no es aquel tan puro

como el cerrado corazón de un monte;

pero sobre sus ruinas de inocencias

haré brillar, ebrio del dolor puro,

una gota de luz del corazón del monte.

 

II

 

En libre vuelo, el cielo de mi América

hender he visto un cóndor negro, errante.

¿Qué abismo circunscribe? ¿Qué intacta nieve augura?

Por las arterias de los ciervos montesinos

discurre para el cóndor la sangre enardecida,

bajo las pieles lúcidas, entre las carnes bellas.

 

¡La presa viva!, ¡el pico ensangrentado!,

¡el ala pronta!, ¡el ímpetu del vuelo!

y un delirar de cumbres y centellas.

 

Así mi impulso al aura de la vida,

y así mi Musa en su ilusión liviana

de que brote la carne un lirio místico.

Bestia de los demonios poseída,

¡oh carne, es hora ya del don eucarístico!

 

Cintila el cielo en gajos de luceros,

y querubes de vuelos melodiosos

revuelan de luceros a luceros.

 

Tengo la sensación de que discurro

delante de los pórticos sagrados:

alguien dice mi nombre a la distancia;

brotan dulces jardines los collados

y asume mi ternura en su fragancia.

 

Claridad estelar, templo encendido,

rima errante por noches de pavura,

huerto a la luz de Vésper. En olvido

mi ser se muere, mi canción no dura,

¿y fui no más un lúgubre alarido?

 

Carne, bestia, mi Amiga y mi Enemiga:

yo soy tú, que por leyes ominosas,

cual vano mimbre que meció una espiga

te haces nada en el polvo de las cosas...

 

¿Y la divina Psiquis, la Rosa entre las rosas?

¿Y mis amores que irisé de lágrimas?

¿Y mi ciudad nebúlea tras la ilusión del día?

¿Y mis antorchas que erigí de emblema?

¿Y esta inquietud, y este ímpetu anhelante

hacia una ley o una verdad suprema?

 

Pesa sobre tus pétalos, ¡oh Rosa

Espiritual! tan lóbrega y cerrada

la noche, tan vacía y rencorosa,

que en vano el brillo de tu broche efunde.

Amor. Deleite. Horror. Pavesas. Nada.

 

¡Nada, nada por siempre! Y merecía

mi Alma, por los dioses engañada,

la Verdad, y la ley y la Armonía.

¡Sé digna de este horror y de esta nada,

y activa y valerosa, ¡oh alma mía!

 

III

 

Como en la vaguedad de un espejismo:

—¿qué sabes? —mi conciencia me interroga,

fluïda en llanto entre mi propio abismo.

 

Y miro el mar ardiente, el monte flavo

que suaviza el azul, la estrella límpida

rielando en el rocío del capullo;

y en sus cunas los cándidos infantes,

cazados con las redes del arrullo

por el sueño de manos hechizantes.

 

Y vuelto a mí, gimiendo el corazón:

—¿qué sabes? —vanamente me interrogo,

mudo, bajo la múltiple emoción.

 

Sólo un saber escondo claro y justo;

llévole como antorcha y como daga

en medio del cerrado laberinto;

en su vasta amplitud mi fe naufraga

y hallo en su anchura incómodo recinto.

 

Se oyen sordos, roncos lamentos,

y alzan sus puños en el vacío

los pensamientos.

 

¡Oh menguado saber, pobre riqueza

de formas en imágenes trocadas,

ley ondeante, ciencia que alucina,

que cada noche en el silencio empieza

y cada día con el sol culmina!

 

¡Oh menguado saber de la iracunda

vida que ante mis ojos se renueva,

germinal y cruël, ciega y profunda;

madre de los mil partos y el misterio

que al barro humilla y a Psiquis subleva!

 

Como ventana que el azul del cielo

circunscribe, se entreabren los sentidos.

¡Pobre, ruïn saber! Y, sin embargo,

la leve mariposa del anhelo

entra por la ventana sin ruïdos.

 

Cuaja en el corazón de la manzana

la dulzura estival; la mariposa

vuela del fondo de la carne humana.

¡Que al claro cielo

suba el anhelo!

 

Por ese vuelo, la heredad natía

canté, con ritmo del ideal retorno,

en la ingenua parábola temprana.

En el turquí del éter desleía

un nácar tenue mi primer mañana.

 

Por ese anhelo entre los acres pinos

y las rosas en llamas del ocaso,

al hablar dejo la palabra trunca:

el tiempo es breve y el vigor escaso,

y la Amada ideal no vino nunca.

 

Por ese anhelo, en rimas balbucientes

canto el rojo camino que a la tarde

se pinta en la montaña evocadora,

o a la vívida luz del sol temprano,

como una obsesión conturbadora

de sangre y sangre en el azul lejano.

 

Y por él amo, en fin, y por él sueño

con una honda transfusión divina

de la luz en mi carne de tortura,

¡puesto que está la estrella vespertina

sobre el horror de esta prisión oscura!

 

Columpia el mar su cauda nacarina,

y en ustorios relámpagos de espejos

esplende en bruma de ópaco la carne de la ondina.

Y fluye Acuarimántima a lo lejos...

 

 

393px-Porfirio_barba_jacob.jpg

 

IV

 

Yo descendí de la antioqueña cumbre,

de austera estirpe que el honor decora,

el alma en paz y el corazón en lumbre,

y el claro sortilegio de la aurora

bruñó mi lira y la libró de herrumbre.

 

Y fui, viajero de nivoso monte

y umbría roza de maíz, al valle

que da a la luz su fruta entre su llama:

había miel de filtros de sinsonte

que derrama canción de rama en rama.

 

Y el mar abierto, a mí divinamente

su honda virtud hizo afluir entera:

gusté su yodo... y la embriaguez ignota

de no sé qué sagrada primavera

bajo la paz de una ciudad remota.

 

Fulgía en mi ilusión Acuarimántima.

 

Ciudad del bien, fastuosa, legendaria,

ciudad de amor y esfuerzo y ufanía

y de meditación y de plegaria;

una ciudad azúlea, egregia, fuerte,

una Jerusalén de poesía.

 

Y como los cruzados medioevales,

ceñíme al torso fúlgida coraza

y fuime en pos de la ciudad cautiva,

burlando la guadaña de la Muerte

y la fortuna a mi querer esquiva.

 

La ondulante odisea rememoro

con amor y dolor... Un linde vago,

de súbito sangriento, ya cetrino...

Un buque... un muelle... un joven noctivago...

y el tono de la voz... y el pan marcino...

 

La maravilla comba, transparente,

de las noches de junio hacia la hondura

de un huerto viola, en ácidos alcores;

y allí la levadura de mis cantos,

hecha de mezquindad y sinsabores.

 

Y aquella niña del amor florido

y oloroso, y ritual, y enardecido,

el seno como un fruto no oprimido,

y un dulzor en los besos diluïdo,

y un no sé qué... que túrbame el sentido.

 

Y la huraña beldad, el mármol yerto

e inconmovible; y la Infantina huraña

que era el postrer jazmín que daba un huerto...

¡Me figuro las luces de sus ojos

como dos cirios de un cariño muerto!

 

Y el arduo afán en el impulso vario

por resolver el canto en melodía.

Derrame un ruiseñor en el himnario

toda la miel del día.

Un rumor milenario,

y la luz de tu lámpara ¡oh Sophía!

 

Húmedos los cabellos —cristalinos caireles

de agua y sol—, aún ondulan fantásticas ondinas;

mientras danza en la luz un coro de donceles

por la playa al influjo de las sales marinas...

 

V

 

Turbaban mi conciencia en el precario

vivir, el ala inquieta, el viento vario,

fantasmas familiares,

misterios presentidos,

amores y cantares

de jóvenes floridos,

el vino, el mar, el día en el Acuario.

Y la meliflua vocación interna;

sentir, cantar, en raptos doloridos

"ser yo", —"no ser"—, en sucesión alterna.

 

Tronco en la plenitud, hundió mi alma

su raíz en el légamo de muerte

que nutre las corolas de la vida,

y dio el perfume infuso en su ramaje.

Vuela el perfume,

mas se consume;

ilusorio celaje

pide al éter sutil

que lo asume                                     

y en el raudal fluïdo de las auras de abril

hace el viaje

y se consume...

 

¡Oh insaciedad del hálito y la nébula,

y el amor, y el impulso, y el anhelo!

No un dios pagano, pero sí su rastro.

No el himno divo, pero sí el suspiro.

No el mármol, mas el plinto de alabastro.

Y una sensualidad de antiguo giro.

 

 

 

VI

 

Y fui después un numen transitorio,

sombra y canción en la embriagante tierra,

un sino raro y un deleite raro.

Ya el crepúsculo estivo el día cierra

y lejos brilla un tenebroso faro.

 

La dama de cabellos encendidos

fecunda con mi sangre sus huertos prohibidos.

 

Y una inquietud frenética y gozosa

mi paz, mi sueño, mi vigor consume,

y un huracán mi plenitud doblega.

¡Soy esa sombra que cruzó el camino,

en sangre tinta… de lujuria ciega!

Soy esa sombra pávida, cautiva

de un gran misterio en el Misterio oculto.

Huella la flor azul pata lasciva

de cabrón negro, y el divino himnario

sella Satán con sellos de su culto.

Mi pena errante con mi vino loco

en el turbión del vicio la sepulto.

 

Soy huésped de garitos y tabernas.

Disputo al "puede ser" un pan ingrato;

y dejo que mi carne, ruïn loba

de lúgubres anhelos arrecida,

se me abandone al logro del deleite,

desnuda en la impudicia de la vida.

 

Entúrbiase la clara inteligencia.

La idea afluye en nieblas ondulantes.

Es el goce monótona frecuencia:

igual en el deliquio y el suspiro...

¡Dadme un beso, un contacto y una esencia,

una sensualidad de nuevo giro!

 

VII

 

Y mi mano sacrílega se tiñe

de tu sangre, ¡oh Imali, oh vestal mía!

Mas no fue mi ternura, fue un furor...

Si de nuevo, a mis ojos resurrecta,

te pudiese inmolar, te inmolaría.

¿Ya ves, oh Imali, que no fue mi amor?

 

Gozoso aún y pávido y tremente,

hui a la sombra, la cerrada sombra

que en su mudez acoge las iras y los vértigos.

¡Un hueco en tus entrañas, tierra dura!

¡Soledad, un refugio en tus entrañas!

¡Tu ojo sin vista, lobreguez impura!

 

Mas la sangre fluía. en chorros de carbunclos.

Ante el cadáver lívido, sin blandones, sin túmulo,

todo estaba sangriento.

—"Asesino", "Asesino" —susurraba y se iba el viento.

En los prados del monte fueron crimen mis huellas.

Como vírgenes desoladas

me bañaron de llanto las estrellas.

En las playas de luz mojadas

di un alarido al ver el mar que hervía;

y huyendo en pos, en pos de la noche que huía,

me ensangrentó la sangre horrible del alba del día.

 

—"Asesino", "Asesino" —susurraba y se iba el viento.

Y los pastores me negarían sus cabañas.

Las rocas me aplastarían en sus entrañas.

La paz es mi enemigo violento

y el amor mi enemigo sanguinario.

¿Y a qué tu sombra, oh noche del lúbrico ardimiento,

si entre mi corazón ardía el tenebrario?

 

Viajó mi alma en íntimas pasiones

de Cristos coronados de congojas;

¡el pudor!, ¡el honor entre sayones!

Fui rosa negra de mil rosas rojas

del vicio en las ocultas floraciones...

Mas el azul a mi dolor heroico

abrió su abismo de fulgencias puras,

soles remotos, nébulas, centellas

y estuve opreso por las lumbres de ellas

del hilo de oro de! collar del día;

y un anhelar de espacio dio sus alas

a mi desconcertada poesía.

 

En la lluvia de gotas de mi sangre,

tras el velo irisado de mis lágrimas,

—vago sueño— sus brumas deshacía,

—vago sueño— mi vaga Acuarimántima.

 

VIII

 

Retorno de tal sueño hacia la playa,

realizado mi afán. La tierra invoca

su ley que mis empeños desvirtúa.

Oigo el grito del mar que me penetra,

y ansia de paz perenne me extenúa.

 

¡El mar!, ¡el mar!, ¡el mar!, ¡ambiguo y fuerte!

Su espuma brinda a mi ruindad su imperio

en astillas de mástiles fallidos.

Ráfagas de misterio...

Monstruos inconocidos...

 

¿No brilla, entre la niebla, Acuarimántima?

¿No se oye limpia, trémula canción

que pueda, en el aliento desvaído,

sonar, aletargar el corazón

y pasar?

 

No se oye nada.

Silencio y bruma, soplos de lo arcano.

La luz mentira, la canción mentira.

Solo el rumor de un vago viento vano

volando en los velámenes expira.

 

La noche adviene, de mortuorio emblema.

Retumba en mi recuerdo mi alarido,

mi estéril tiempo en mi inquietud suprema.

El trágico dolor ha concluido.

Yo soy Maín, el héroe del poema.

 

Florece el cielo en gajos de luceros,

y querubes de vuelos melodiosos

revuelan de luceros a luceros.

 

Y no decir, y no tener palabras

tan llenas de tu goce vespertino

y tu sueño nupcial, ¡oh campesino

que cruzas con tus carros rechinantes!

En tu ilusión un hálito divino

te ha poblado de niños los instantes.

 

Y ver, desde esta cima de ternura

y valeroso amor, en toda cosa

el Enigma, el Enigma Invïolado.

¡Oh carne!, y tú destilas el pecado,

y... y...

 

¡El enigma por siempre invïolado!

Y por toda verdad, saber ahora

que brilla el mar, que el monte se estremece,

que fulge Sirio en el confín lejano;

y que, al frustrarse el giro de mi vida,

al giro de la suya grana el grano.

La luz mentira. La canción mentira.

 

Que fui por los instintos inmolado

ante el ara de un dios; que un soplo frío

de lóbrego misterio he suscitado:

que un dolor nuevo está en el plectro mío

y el plectro en el dolor purificado.

Lúgubre viento sopla entre los juncos;

los juncos gimen bajo el viento rudo.

Cantan en el crepúsculo.

 

IX

 

Honda, inmóvil, letárgica laguna

que semeja el sepulcro de la luna,

se tiende hasta el ilímite horizonte,       

y a la tristeza vesperal se aduna                            

un viento de ultramar y de ultramonte.              

Cantan en el crepúsculo          

y un leve son de esquila                                       

vuela en el éter trémulo.          

 

Que mi rumor se extinga blando, tenue,

ola en onda, onda en pompa, pompa en iris,

como vágulo aroma en la memoria;

y me reintegre a la epopeya trunca

en la ciudad de nieblas de mi gloria.

Cantan en el crepúsculo. ¡Armonía!

 

Y que olvide la brega transitoria,

y el no ser más —y el no ser menos nunca—,

del hilo de oro del collar del día.

¡Armonía! ¡Armonía!

 

Y el ancla suelte a místicas regiones,

no humano ya mi desear: divino

mi poseer,

mientras en el desmayo del crepúsculo

rueda sobre los ásperos terrones

el carro del campesino,

y fulgura, real, tras el velo de mis lágrimas,

erigida por mi dolor con el mármol de mi poesía

—¡y mía, mía, mía!—

mi nebúlea azulina Acuarimántima.

¡Armonía! ¡Armonía!

 

Nota bene:

Para la presente lectura se han tenido en cuenta varias ediciones de este poema de Porfirio Barba-Jacob. De acuerdo a nuestros conocimientos e investigaciones, no hay errores de texto en esta lectura. El autor no sólo utiliza vocablos poco habituales o en funciones gramaticales infrecuentes, sino que a veces crea palabras, más o menos transparentes de acuerdo al sistema de la lengua castellana, e inclusive en algún caso introduce alguna ‘palabra-valija’ (el concepto de Lewis Carroll, es decir las ‘portmanteau-words’), tal como la palabra ópaco (al final del canto III), que sería una intersección de las palabras ópalo y opaco, con el significado conjunto de ambos conceptos. Hacemos constar que hay ediciones que directamente han caído en la ultracorrección y ponen tranquilamente ópalo, lección que no consideramos la correcta dadas las características de utilización léxica de Barba-Jacob.

Otra cosa: Antioquia, con acento prosódico en la o, es la pronunciación correcta de la provincia de Colombia. Se diferencia así del nombre de la ciudad turca de Antioquía.

 

 

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