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Philip K. Dick Impostor

Enviado por Violeta Fernández el 08/07/2008 a las 13:19
Violeta Fernández

 

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(Texto Completo)

Uno de estos días voy a tomarme tiempodijo Spence Olham en el desayuno. Miró a su mujer. Creo que me he ganado un descanso. Diez años es mucho tiempo.

¿Y el Proyecto?

Que ganen la guerra sin mí. Esta bola de arcilla nuestra no está realmente en mucho peligro.Olham se sentó a la mesa y encendió un pitillo. Las máquinas de noticias alteran los boletines para que parezca que los Extraespaciales están sobre nosotros. ¿Sabes cómo me gustaría pasar mis vacaciones? Me gustaría hacer una excursión de camping a esas montañas a las afueras de la ciudad, donde fuimos aquella vez. ¿Recuerdas? Yo cogí zumaque venenoso y tú casi pisaste un expiloto.

El bosque SuttonMary comenzó a retirar los platos. El bosque se incendió hace unas semanas. Creí que lo sabías. Alguna especie de rayo.

Olham se alteró.

¿Y han intentado hallar la causa?Apretó los labios. A nadie le importa ya nada. Sólo pueden pensar en la guerra.

Apretó las mandíbulas, representándose todo el cuadro en su mente, los Extraespaciales, la guerra, las naves-aguja.

¿Cómo podríamos pensar en otra cosa?

Olham asintió. Ella tenía razón, desde luego. Las pequeñas naves negras de Alpha-Centauri habían desviado fácilmente a los cruceros de Tierra, dejándolos como indefensas tortugas. Habían sido combates unidireccionales, todos en dirección a la Tierra.

Todos hacia allí hasta que se desplegó la cápsula protectora de los Laboratorios Westinghouse. Tendida en torno a las principales ciudades, y finalmente al propio planeta, la cápsula era la primera defensa real, la primera respuesta legítima a los Extraespaciales... como los etiquetaron las máquinas de noticias.

Pero ganar la guerra era ya otra cosa. Cada laboratorio, cada proyecto estaba trabajando noche y día, interminablemente, para encontrar algo mejor: un arma de combate positiva. Su propio proyecto, por ejemplo. Durante todo el día, año tras año.

Olham se puso en pie, dejando a un lado su pitillo.

Como la espada de Damoclesdijo—. Siempre pendiente sobre nosotros. Me estoy cansando. Todo lo que deseo es tomar un largo descanso. Pero supongo que todo el mundo siente lo mismo.

Cogió la chaqueta del perchero y salió al porche. En cualquier momento aparecería el rápido microvehículo que le transportaría al Proyecto.

Espero que Nelson no se retrasedijo mirando su reloj—. Son casi las siete.

Aquí llega el microdijo Mary, oteando entre las hileras de casas. El Sol brillaba tras los tejados, reflejándose contra las gruesas planchas de plomo. La colonia estaba tranquila; sólo unas pocas personas parecían afanarse—. Hasta luego. Trata de no excederte en el trabajo, Spence.

Olham abrió la portezuela del vehículo y se deslizó en su interior, recostándose en su asiento con un suspiro. Había un hombre mayor con Nelson.

¿Y bien?preguntó Olham. ¿Algunas noticias interesantes?

Lo acostumbradorespondió Nelson. Unas cuantas naves extraespaciales alcanzaron a otro asteroide abandonado por razones estratégicas.

Todo irá bien cuando llevemos el Proyecto a la fase final. Quizá sea sólo la propaganda de las máquinas de noticias, pero en el último mes ya me he aburrido de todo eso. Todo parece tan torvo y serio, una vida tan incolora, tan sin motivo...

¿Cree usted que la guerra es en vano?dijo de pronto el hombre de más edad. Usted mismo es parte integrante de ella.

Aquí el mayor Petersanunció Nelson.

Olham y Peters se estrecharon las manos. Olham estudió al otro.

¿Qué es lo que le trae tan de mañana?preguntó. No recuerdo haberle visto a usted antes en el Proyecto.

No, no estoy con el Proyectorespondió Peters, pero conozco algo de lo que está usted haciendo. Mi trabajo es completamente diferente.

Una mirada se cruzó entre él y Nelson. Olham la observó y frunció el ceño. El vehículo estaba ganando velocidad, cruzando como una centella el pelado terreno sin vida hacia el distante borde de los edificios del Proyecto.

¿De qué se ocupa usted?preguntó Olham—. ¿O no se le permite hablar de ello?

Estoy con el Gobiernorespondió Peters—. Con el FSA, el Organismo de Seguridad.

¡Ah!Olham alzó una ceja—. ¿Es que hay en esta región alguna infiltración enemiga?

En realidad estoy aquí para verle a usted, señor Olham.

Olham quedó desconcertado. Consideró las palabras de Peters, pero no pudo sacar nada en limpio.

¿Para verme a mí? ¿Y por qué?

Estoy aquí para detenerle como espía del espacio exterior. Por eso me he levantado tan temprano esta mañana. Atrápale, Nelson...

El arma presionó en el costado de Olham. Las manos de Nelson temblaban de emoción y tenía la cara pálida. Respiró profundamente.

¿Hemos de matarlo ahora?cuchicheó a Peters—. Creo que deberíamos hacerlo. No podemos esperar.

Olham miró fijamente a la cara de su amigo. Abrió la boca para hablar, pero no le salieron las palabras. Ambos hombres le tenían clavada una mirada torva, llena de espanto. Olham se sintió mareado. Le dolía y daba vueltas la cabeza.

No comprendo...murmuró.

En aquel momento el vehículo dejó el suelo y se elevó en dirección al espacio. Bajo ellos, el Proyecto fue empequeñeciéndose hasta desaparecer. Olham cerró la boca.

Podemos esperar un pocodijo Peters—. Quiero hacerle algunas preguntas primero.

Olham lanzó una inexpresiva mirada, al precipitarse el vehículo por el espacio.

La detención se ha efectuado perfectamente dijo Peters en el videoteléfono, en cuya pantalla aparecieron las facciones de jefe de Seguridad—. Un peso menos para nosotros.

¿Alguna complicación?

Ninguna. Entró en el vehículo sin sospechas. No pareció pensar que mi presencia era demasiado insólita.

¿Dónde se encuentran ahora?

En camino al exterior, justamente dentro de la cápsula protectora. Nos estamos moviendo a velocidad máxima. Puede decirse que ha pasado el período crítico. Me satisface que los propulsores de despegue hayan funcionado debidamente. De haber habido algún fallo en ese momento...

Déjeme verledijo el jefe de Seguridad.

Miró directamente a donde estaba Olham sentado, con las manos en el regazo, y la mirada fija adelante.

Así que ése es el hombredijo mirando a Olham durante unos momentos. Olham no dijo nada. Finalmente, el jefe hizo un gesto de asentimiento a Peters—. Está bien. Ya basta.Una débil huella de disgusto arrugó sus facciones—. Ya he visto lo que deseaba. Ha hecho usted algo que se recordará durante mucho tiempo. Están preparando alguna especie de mención para ustedes dos.

No es necesariodijo Peters.

¿Cuánto peligro hay ahora? ¿Existe aún mucha probabilidad de que...?

Hay alguna probabilidad, pero no demasiada. Desde mi punto de vista, esto requiere una frase clave verbal. En todo caso, hemos de correr el riesgo.

Notificaré a la base Luna su llegada.

NoPeters meneó la cabeza—. Posaré el vehículo en el exterior, más allá de la base. No quiero que corra ningún riesgo.

Como desee.

Los ojos del jefe flamearon al mirar de nuevo a Olham. Luego su imagen se desvaneció y la pantalla quedó en blanco.

Olham desvió la mirada a la ventanilla. El vehículo estaba atravesando ahora la cápsula protectora, precipitándose cada vez a mayor velocidad. Peters se apresuraba en la tarea de la apertura total de los propulsores. Tenía miedo, una prisa frenética, a causa de él.

En el asiento de su lado, Nelson se agitaba inquieto.

Creo que deberíamos hacerlo yadijo—. Daría cualquier cosa por acabar ya con esto.

Tranquilízatedijo Peters—. Conduce un rato más para que pueda hablarle.

Se deslizó al lado de Olham, mirándole a la cara. Tendió ahora una mano y le tocó cautelosamente, primero en un brazo y luego en la mejilla.

Olham no dijo nada. «Si pudiese hacérselo saber a Marypensó de nuevo—. Si pudiese hallar algún medio de hacérselo saber... »Miró en derredor. ¿Cómo? ¿El videoteléfono? Nelson estaba junto a él, empuñando el arma. No había nada que pudiese hacer. Estaba cogido, atrapado.

¿Pero por qué?

Escuchedijo Peters—. Quiero hacerle algunas preguntas. Usted sabe a dónde nos dirigimos. Nos movemos en dirección a Luna. Dentro de una hora alunizaremos en el extremo opuesto, en la parte desolada. Y una vez lo hagamos, usted será entregado inmediatamente a un equipo de hombres que espera allí. Su cuerpo será destruido enseguida. ¿Lo comprende?Consultó su reloj—. Dentro de dos horas sus partes serán desperdigadas por el terreno. No quedará nada de usted.

Olham pugnó por salir de su letargo.

¿Puede usted decirme...?

Sí, se lo diréasintió Peters—. Hace dos días recibimos un informe de que una nave del espacio exterior había penetrado en la cápsula protectora. La nave soltó un espía en forma de robot humanoide. El robot debía destruir un ser humano en particular y ocupar su lugar...Peters miró tranquilamente a Olham, y prosiguió—: En el interior del robot había una Bomba-U. Nuestro agente no sabía cómo sería detonada, pero conjeturó que podría realizarse por una determinada frase hablada, o cierto grupo de palabras. El robot viviría la vida de la persona que matara, asumiendo sus actividades cotidianas, su trabajo, su vida social. Había sido construido para parecerse a esa persona. Nadie notaría la diferencia.

El rostro de Olham se tornó blanco como la tiza.

La persona a la que debía sustituir el robot prosiguió Peters era Spence Olham, un alto funcionario de uno de los Proyectos de investigación. Y debido a que este Proyecto estaba aproximándose a su fase crucial, la presencia de una bomba animada moviéndose hacia el centro del mismo...

Olham se miró fijamente las manos. ¡Pero yo soy Olham!

Una vez el robot hubiese localizado y matado a Olham, era una simple cuestión asumir su vida. El robot fue soltado de la nave posiblemente hace ocho días. La sustitución se realizó durante el último fin de semana, cuando Olham fue a dar un pequeño paseo por los cerros.

¡Pero yo soy Olham!repitió, volviéndose a Nelson sentado ante los controles—. ¿Es que no me reconoces tú? Tú me has conocido durante veinte años. ¿No recuerdas cómo íbamos al colegio juntos? Se puso en pie—. Tú y yo estuvimos en la universidad. Ocupamos la misma habitación.Se dirigió a Nelson.

¡Apártate de mí!gruñó Nelson.

Escucha. ¿Recuerdas nuestro segundo año? ¿Recuerdas aquella muchacha? ¿Cómo se llamaba...? Se frotó la frente—. Aquella del cabello negro. La que conocimos donde Ted...

¡Calla!Nelson agitó frenéticamente su arma—. No quiero oír nada más. ¡Tú le mataste! Tú... máquina.

Olham le miró fijamente.

Estás equivocadodijo—. No sé lo que sucedió, pero el robot no me alcanzó nunca. Algo debió ir mal. Quizá la nave se estrellara.Se volvió a Peters—. Yo soy Olham, lo sé. No se me ha hecho ningún traspaso. Soy el mismo que siempre he sido.Recorrió su cuerpo con sus manos—. Debe haber algo para probarlo. Llevadme de nuevo a Tierra. Un examen de rayos X, un estudio neurológico, algo por el estilo os lo demostrará. O quizá podamos encontrar la nave estrellada.

Ni Peter ni Nelson hablaron.

Yo soy Olhamrepitió de nuevo—. Sé que lo soy. Pero no puedo demostrarlo.

El robotdijo Peters no se percataría de que no era el verdadero Spence Olham. Se convertiría en Olham tanto en mente como en cuerpo. Se le habría dado un sistema de memoria artificial, un falso recuerdo. Tendría su mismo aspecto, sus recuerdos, sus pensamientos e intereses, realizaría su trabajo... Pero habría una diferencia. Dentro del robot habría una Bomba-U, dispuesta a explotar cuando se pronunciara la frase detonadoraPeters se apartó un poco. Ésa es la única diferencia. Por eso le estamos llevando a la Luna. Ellos le desarticularán y quitarán la bomba. Quizá explote, pero no importará, por lo menos allí.

Olham volvió a sentarse, lentamente.

No tardaremos en llegardijo Nelson.

 

Se tendió hacia atrás, pensando frenéticamente, al descender la nave. Bajo ellos estaba la superficie de la Luna, cubierta de hoyos, la interminable extensión de ruina. ¿Qué podía hacer él? ¿Qué lo salvaría?

Prepáresedijo Peters.

En pocos minutos estaría muerto. Allá abajo podía ver una motita, un edificio de alguna clase. Había hombres en él, el equipo de demolición, esperando hacerle trizas. Le descuartizarían, le arrancarían piernas y brazos, le harían pedazos. Y cuando no encontrasen ninguna bomba, se sorprenderían; lo sabrían entonces, pero sería demasiado tarde.

Olham miró en torno a la pequeña cabina. Nelson seguía sosteniendo su arma. No había probabilidad alguna por aquella parte. Si pudiese conseguir un médico, hacer que le examinasen... era la única manera. Mary podía ayudarle. Los pensamientos corrían desolados en su cerebro. Sólo quedaban unos cuantos minutos, un brevísimo espacio de tiempo. Si pudiese entrar en contacto con ella, comunicarse como fuese...

Tranquilodijo Peters. El vehículo descendió lentamente, dando un bote en el suelo rugoso.

Escuchedijo con voz estropajosa Olham—. Puedo probar que soy Spence Olham. Consiga un médico. Tráigalo aquí...

Allí está la patrullaapuntó Nelson—. Vienen hacia aquílanzó una nerviosa ojeada a Olham—. Espero que no suceda nada.

Nos habremos ido antes de que empiecen a actuardijo Peters—. Estaremos fuera en un momento.Se puso un traje de presión, y tomó el arma de Nelson—. Yo le vigilaré entretantodijo.

Nelson se puso a su vez su traje de presión con torpe apresuramiento.

¿Qué hay de él?Señaló a Olham—. ¿También necesitará uno?


Norespondió Peters meneando la cabeza—. Los robots probablemente no necesiten oxígeno.

El grupo de hombres estaba casi junto a la nave. Se detuvieron, esperando. Peters los señaló.

¡Adelante!Agitó su mano y los hombres se acercaron cautelosamente; envaradas y grotescas figuras en sus inflados trajes.

Si se abre la portezueladijo Olham—, será mi muerte. Seré asesinado.

Abrid la portezueladijo Nelson, tendiendo la mano hacia el picaporte.

Olham le observó. Vio la mano del hombre apretarse en torno al metal. En un momento, la portezuela se abriría, el aire saldría expelido del interior, él moriría, y entonces ellos se percatarían de su error. Quizá en algún otro tiempo, cuando no hubiese guerra, los hombres no actuarían así, enviando apresuradamente a un individuo a la muerte, porque tuvieran miedo. Todo el mundo estaba asustado, todo el mundo estaba dispuesto a sacrificar al individuo debido al miedo del grupo.

Él iba a morir porque ellos no podían esperar a estar seguros de su culpabilidad. No había tiempo suficiente.

Miró a Nelson. Había sido un amigo durante años. Habían ido a la escuela juntos. Había sido padrino de su boda. Y ahora Nelson iba a matarle. Pero Nelson no era un malvado; no era su culpa. Era la época. Seguramente pasó lo mismo durante las plagas. Cuando los hombres mostraban una llaga, se les mataba también, sin un momento de vacilación, sin pruebas, por la sola sospecha. En épocas de peligro no había otro medio.

No los reprochaba. Pero tenía que vivir. Su vida era demasiado preciosa para ser sacrificada. Olham pensó rápidamente. ¿Qué podía hacer? ¿Había algo? Miró en derredor.

Ya vadijo Nelson.

Tienes razóndijo Olham. El sonido de su propia voz le sorprendió. Era la fuerza de la desesperación—. No tengo necesidad de aire. Abre la puerta.

Nelson y Peters le miraron con alarmada curiosidad.

Adelante. Abridla. No supone ninguna diferencia.La mano de Olham desapareció en el interior de su zamarra—. Me pregunto hasta dónde podréis correr.

¿Correr?

Tenéis quince segundos de vida.En el interior de su zamarra se retorcieron sus dedos, con el brazo súbitamente rígido. Se relajó, sonriendo ligeramente—. Estabais equivocados sobre la frase de disparo. Sí, estabais equivocados al respecto. Catorce segundos ahora.

Dos rostros impresionados le miraron fijamente desde sus trajes de presión. Luego pugnaron, se apresuraron, abrieron la portezuela. El aire salió sibilante, esparciéndose en el vacío. Peter y Nelson fueron expelidos de la nave. Olham fue tras ellos, pero asiendo la portezuela tiró de ella cerrándola. El sistema automático de presión produjo un furioso ruido de escape de gases, restaurando el aire. Olham respiró con un escalofrío.

Un segundo más y...

A través de la ventanilla vio cómo los dos hombres se unían al grupo que se desperdigaba corriendo en todas direcciones, vio cómo ambos alunizaban, uno tras otro y, sentado ante el panel de control, reguló los dispositivos de mando. Y aún tuvo tiempo, mientras la nave se enderezaba en el aire, de ver cómo los dos hombres abajo se ponían en pie y miraban arriba, con las bocas abiertas.

Lo sientomurmuró Olham—, pero yo he de volver a la Tierra.

Y dirigió la nave por donde habían venido.

 

Era de noche. Chirriaban los ensamblajes internos de la nave, perturbando la fría oscuridad. Olham se inclinó sobre la pantalla del vídeo. La imagen se formó gradualmente; la llamada se había efectuado sin dificultad. Lanzó un suspiro de alivio.

Marydijo.

La mujer le miraba.

¡Spence!jadeó—. ¿Dónde estás? ¿Qué ha sucedido?

No puedo decírtelo. Escucha. He de hablar rápidamente, pues pueden interrumpir esta llamada en cualquier momento. Ve a las instalaciones del Proyecto y llama al doctor Chamberlain. En caso de que no se encuentre allí, lleva a casa a otro doctor cualquiera. Haz que lleve un equipo completo, rayos X, fluoroscopio..., en fin, todo.

Pero...

Haz lo que te digo. Deprisa. Tenlo dispuesto en una hora.Olham se inclinó hacia la pantalla—. ¿Todo va bien? ¿Estás sola?

—¿Sola?

¿Hay alguien contigo? ¿Ha... ha entrado en contacto contigo Nelson o cualquiera?

No, Spence. No lo comprendo...

Está bien. Te veré en casa dentro de una hora. Y no le digas nada a nadie. Lleva a Chamberlain u a otro con cualquier pretexto.

Cortó la comunicación y consultó su reloj. Y poco después abandonaba la nave, introduciéndose en la oscuridad. Tenía media milla de camino.

Echó a andar.

 

Una luz aparecía en la ventana, la luz del estudio. La contempló, arrodillándose junto a la valla. No había ningún ruido, tampoco movimientos de ninguna clase. Consultó su reloj a la luz de las estrellas. Había pasado casi una hora.

Un vehículo atravesó la calle, prosiguiendo su rauda carrera.

Olham miró a la casa. El doctor debía haber llegado ya. Debía estar dentro, esperando con Mary. Un pensamiento le asaltó. ¿Habría podido abandonar la casa? Quizá la hubieran interceptado. Quizá fuera a caer en una trampa.

¿Pero qué otra cosa podía hacer?

Con registros, fotografías e informes de un médico, había una probabilidad de demostrar quién era. Si pudiera ser examinado, si pudiera permanecer con vida el tiempo suficiente para que lo estudiaran...

Podía probarlo de esa manera. Era seguramente la única forma. Su única esperanza residía en el interior de la casa. El doctor Chamberlain era un hombre respetado. Era el médico del personal del Proyecto. El lo sabría; su palabra en la cuestión pesaría decisivamente. Podía superar con hechos la histeria, la locura que los dominaba.

Locura... eso era. Si tan sólo quisieran esperar, actuar despacio, tomarse su tiempo. Pero no podían esperar. El tenía que morir, morir enseguida, sin pruebas, sin ninguna especie de juicio o examen. El más simple test lo diría, pero ellos no tenían tiempo ni para eso. Sólo podían pensar en el peligro. En el peligro, y en nada más.

Se puso en pie y se dirigió hacia la casa. Cuando llegó al porche, hizo una pausa, escuchando. Ningún ruido todavía. La casa estaba absolutamente silenciosa.

Demasiado en silencio.

Olham permaneció en el porche, inmóvil. Trataban de estar callados en el interior... ¿Por qué? Era una casa pequeña; a muy poca distancia de la puerta, Mary y el doctor Chamberlain deberían estar en pie. Sin embargo, él no podía oír nada, ningún ruido o voces, nada en absoluto. Miró la puerta. Era una puerta que había abierto y cerrado miles de veces, cada mañana y cada noche.

Puso la mano en el picaporte. Luego, de pronto, apartó la mano y tocó el timbre, que repicó en alguna parte de la casa. Olham sonrió al oír movimiento.

Mary abrió la puerta. Y tan pronto como la vio se dio cuenta.

Y corrió, precipitándose a los matorrales. Un oficial de Seguridad apartó del camino a Mary, apretando el paso. Apartando los matorrales, Olham bordeó la casa, y dando un brinco corrió desesperadamente en la oscuridad. El haz luminoso de un foco trazó un círculo a su paso.

Atravesó el camino, franqueó una valla y siguió corriendo por un césped. Le perseguían hombres, oficiales de Seguridad, gritándose unos a otros mientras se aproximaban. Olham jadeaba buscando aliento, con restallante vaivén de su pecho.

El rostro de su mujer... lo había adivinado al instante. Los labios contraídos, y los aterrorizados y lastimeros ojos. ¡Suponiendo que él hubiera seguido adelante, empujado la puerta y entrado...! Ellos habían registrado su llamada y acudido enseguida. Quizá ella creyera lo que ellos le habían contado. Sin duda, también pensaba que él era el robot.

 

Olham corrió sin descanso. Estaba despegándose de los oficiales, dejándolos atrás. Al parecer no eran buenos corredores. Trepó una colina y descendió por el otro lado. En un momento volvería a estar en la nave. Pero ¿adonde iría esta vez? Se detuvo. Podía ver la nave, recortada contra el cielo, donde la había aparcado. La instalación del Proyecto estaba a su espalda; él se encontraba en los lindes de la selva, entre los lugares habitados y donde comenzaban los bosques y la desolación. Atravesó un erial y se internó en la arboleda. Al llegar a la nave se abrió la portezuela por donde se asomó Peters, enmarcado contra la luz y llevando en brazos un arma pesada. Olham se detuvo, rígido. Peters miró en torno, en la oscuridad.

Sé donde estás, en algún sitiodijo—. Ven aquí, Olham. Los hombres de Seguridad te rodean por todas partes.

Olham no se movió.

Escúchame. Te atraparemos muy pronto. Al parecer sigues sin creer que no eres el robot. La llamada a tu mujer indica que te encuentras aún bajo la ilusión creada por tus recuerdos artificiales.

»Pero tú eres el robot. Tú eres el robot y en tu interior está la bomba. En cualquier momento puedes pronunciar la frase detonadora, o quizá la pronuncie cualquier otro. Y cuando eso suceda, la bomba lo destruirá todo en muchas millas a la redonda. El Proyecto, las mujeres, todos nosotros desapareceremos. ¿Lo comprendes?

Olham siguió callado. Estaba a la escucha. Unos hombres se movían hacia él, deslizándose a través de los árboles.

Si no salesprosiguió Peters—, te atraparemos. Sólo será cuestión de tiempo. No tratamos ya de trasladarte a la base-Luna. Serás destruido a la vista y habremos de correr el riesgo de que la bomba detone. He dado órdenes a todos los oficiales de Seguridad disponibles en la zona. Están registrando toda la región, centímetro a centímetro. No hay ningún lugar adonde puedas ir. En torno a este bosque hay un cordón de hombres armados. Te quedan unas seis horas antes de que el último centímetro sea cubierto.

Olham se apartó de allí y Peters siguió hablando; no le había visto en absoluto, pues estaba demasiado oscuro. Pero Peters tenía razón. No había lugar adonde pudiera ir. Estaba más allá de la instalación, en el lindero donde comenzaban los bosques. Podía ocultarse durante algún tiempo, pero a la larga le atraparían.

Sólo era cuestión de tiempo.

Olham echó a andar a través del bosque. Milla a milla, cada parte de la región se estaba midiendo, registrando, estudiando, examinando. El cordón se estrechaba cada vez más, reduciendo el espacio libre.

¿Qué le quedaba? Había perdido la nave, la única esperanza de huida. Ellos estaban en su casa; su mujer estaba con ellos, creyendo, sin duda, que el verdadero Olham había muerto. Apretó los puños. Recordó que en algún lugar cercano había una nave-aguja del espacio exterior estrellada, y entre sus restos, los del robot. En algún lugar cercano se había estrellado y destrozado la nave. Se lo habían dicho.

Y en su interior yacía destruido el robot. Una débil esperanza le agitó. ¿Y si pudiese encontrar los restos? ¿Si pudiese mostrarles los restos de la nave, el robot...?

¿Pero dónde? ¿Dónde podía encontrarlos?

Siguió adelante, perdido en pensamientos. En algún lugar, no demasiado lejos, probablemente. La nave debía haber pretendido aterrizar no lejos del Proyecto y el robot habría esperado hacer a pie el resto del camino. Subió la ladera de una colina y miró en derredor. Estrellada e incendiada. ¿Había alguna pista, alguna sugerencia? ¿Había leído u oído algo? Algún lugar cercano, a distancia de marcha... Algún lugar salvaje, un remoto paraje donde no habría gente...

De pronto, Olham sonrió. Estrellada e incendiada...

El bosque Sutton.

Apresuró el paso.

 

Era la mañana. Los rayos de sol se filtraban entre los árboles, hasta el hombre agazapado en el borde del claro. Olham alzaba la cabeza de cuando en cuando, escuchando. Ellos no estaban lejos, sólo a cinco minutos. Sonrió.

Allá abajo, desperdigada a través del claro y entre los troncos carbonizados de lo que había sido el bosque Sutton, había una enmarañada masa de restos. Destellaban a la luz del Sol, y no le había costado mucho encontrarlos. El bosque Sutton era un lugar que él conocía bien; había recorrido aquellos aledaños muchas veces, cuando era más joven. Había sabido dónde encontrar los restos. Un pico emergía de sopetón y así, una nave que descendía y no estaba familiarizada con el bosque tenía pocas probabilidades de evitarlo.

Ahora, agazapado, miraba a la nave o lo que quedaba de ella...

Olham se puso en pie. Podía oír a sus perseguidores, a poca distancia, juntos, y hablando bajo. Se puso tenso. Todo dependía de quién le viera primero. Si era Nelson, no tendría ninguna opción. Nelson dispararía de inmediato. Estaría muerto antes de que ellos vieran los restos de la nave. Pero si tuviera tiempo de llamarles la atención, de contenerlos en un momento... Esto era todo cuanto necesitaba. Una vez vieran la nave, él estaría a salvo.

Pero si le disparaban primero...

Crujió una rama carbonizada. Apareció una figura, que avanzaba insegura. Olham respiró profundamente. Sólo quedaban unos cuantos segundos, quizá los últimos segundos de su vida. Alzó los brazos, escudriñando intensamente. Era Peters.

¡Peters!Olham agitó los brazos. Peters alzó su arma, apuntando—. ¡No dispares!gritó Olham con voz quebrada—. ¡Espera un momento! ¡Mira cerca de mí, a través del claro!

¡Le he encontrado!gritó Peters a sus compañeros.

Aparecieron los hombres de Seguridad, surgiendo de la maleza incendiada que los rodeaba.

¡No disparéis!volvió a gritar Olham—. ¡Mirad cerca de mí! ¡La nave, la nave-aguja! ¡La nave del espacio! ¡Mirad!

Peters vaciló. El arma osciló.

¡Está ahí!dijo rápidamente Olham—. Sabía que la encontraría aquí. El bosque incendiado. Ahora me creeréis. Encontraréis los restos del robot en la nave. Mirad, ¿queréis?

Hay algo allá abajodijo uno de los hombres nerviosamente.

¡Disparad!clamó una voz.

Era Nelson.

Esperadatajó Peters volviéndose—. Yo estoy al mando. Que nadie dispare. Quizá esté diciendo la verdad.

¡Disparad!repitió Nelson—. El mató a Olham. En cualquier momento puede matarnos a nosotros. Si la bomba explota...

¡Cállate!conminó Peters avanzando hacia el declive—. Fíjate en esodijo mirando abajo. Llamó a dos hombres, haciendo un gesto con la mano para que se acercaran—. Bajad ahí y ved lo que es esoles ordenó.

Los hombres bajaron por el declive, a través del claro. Se inclinaron, hurgando en las ruinas de la nave.

¿Qué hay?gritó Peters.

Olham contuvo la respiración. Sonrió un poco. El robot debía estar allí; no había tenido tiempo de mirar, pero tenía que estar. Una repentina duda le asaltó. ¿Y suponiendo que el robot hubiese vivido lo bastante como para ir a otra parte? ¿Y suponiendo que su cuerpo hubiera quedado completamente destruido, reducido a cenizas por el fuego?

Se pasó la lengua por los labios resecos. El sudor brotó en su frente. Nelson le estaba mirando fijamente, y con el rostro lívido aún. Su pecho subía y bajaba a impulsos de la agitación que le dominaba.

Matadlorepitió—. Antes de que él nos mate a nosotros.

Los dos hombres se pusieron en pie.

¿Qué habéis encontrado?dijo Peters. Sostenía con firmeza su arma—. ¿Hay algo ahí?

Parece que sí. Es una nave-aguja, sí. Hay algo junto a ella.

Voy a verloPeters pasó ante Olham, y éste le vio descender por el declive e ir hacia donde estaban los hombres. Los demás le siguieron, fisgando.

Hay una especie de cuerpodijo Peters—. ¡Miradlo!

En el suelo, encorvado y retorcido de forma extraña, había una grotesca figura. Parecía humana, pero estaba encorvada de una manera muy rara, con los brazos y piernas disparados en todas direcciones. Tenía la boca abierta, y los ojos vidriosos y fijos.

Como una máquina desvencijadamurmuró Peters.

¿Y bien?dijo Olham, sonriendo levemente. Peters le miró.

No puedo creerlo. Estuvo usted diciendo la verdad todo el tiempo.

El robot no me alcanzó nuncadijo Olham. Sacó un pitillo y lo encendió—. Quedó destruido al estrellarse la nave. Todos ustedes estaban demasiado ocupados con la guerra para preguntarse por qué un paraje boscoso se había incendiado de repente. Ahora ya lo saben.

Permaneció fumando y contemplando cómo los hombres arrastraban de la nave los grotescos restos. El cuerpo estaba tieso y los brazos y piernas rígidos.

Ahora encontrarán la bombadijo Olham.

Los hombres depositaron el cuerpo en el suelo. Peters se inclinó sobre él.

Creo que veo el escondite del artefactodijo. Tendió una mano tocando el cuerpo. El pecho del cadáver estaba abierto. Dentro del boquete brillaba algo metálico. Los hombres lo miraron sin hablar.

Eso nos hubiese destruido a todos, si hubiese vividodijo Peters—. Ese objeto metálico, ahí.

Hubo un silencio completo.

Creo que le debemos a usted algodijo Peters a Olham—. Esto ha debido ser una pesadilla para usted. De no haber huido, le hubiésemos...

Se detuvo. Olham arrojó su pitillo.

Yo sabía, desde luego, que el robot no había conseguido alcanzarme nunca. Pero no tenía manera alguna de probarlo. A veces no es posible demostrar debidamente una cosa. Ése fue todo el trastorno. No había medio alguno de que yo pudiera demostrar que era yo mismo.

¿Qué le parecen unas vacaciones?dijo Peters—. Creo que podríamos destinarle un mes. Podría usted serenarse, relajarse del todo.

Creo que lo que más deseo ahora es irme a casa dijo Olham.

Está bien, puesdijo Peters—. Como prefiera. Nelson se había agazapado en el suelo, junto al cadáver. Tendió su mano hacia el brillo del metal visible en el interior del pecho.

No lo toquesdijo Olham—. Podría estallar aún. Sería preferible que intervenga el equipo de demolición.

Nelson no dijo nada. De súbito asió el metal, midiendo su mano en la cavidad del pecho. Tiró.

¿Qué estás haciendo?gritó Olham.

Nelson se puso en pie. Estaba sosteniendo el objeto metálico. Su rostro estaba lívido de terror. Era una navaja metálica, una navaja-aguja del Espacio exterior, cubierta de sangre.

Esto lo matómurmuró Nelson—. Mi amigo murió a causa de esto.Miró a Olham—. Tú lo mataste con esto y lo dejaste junto a la nave.

Olham estaba temblando. Le castañeteaban los dientes. Miró la navaja del cuerpo.

Ese no puede ser Olhamdijo. Su mente era un torbellino. ¿Estaba equivocado? Jadeó—. Pero si ése es Olham, entonces yo debo ser...

No completó la frase. La ráfaga del estallido fue visible en todo el trayecto de Alpha-Centauri.

 

 

 

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