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El Libro de las Revelaciones

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(Poesía -Editorial Cinosargo)


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Necrospectiva Vol.2

"Cuentos de Gore, de locura y de muerte"

de Pablo Espinoza Bardi

(Relatos -Editorial Cinosargo - Colección Necro-Files)


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Carne

de Daniel Rojas Pachas

(Poesía -Editorial Cinosargo)

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Proyecto Apocalipsis

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(Narrativa -Editorial Cinosargo)

 

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Interzona Z: Matín Adan

Enviado por Corresponsal cinosargo el 02/07/2008 a las 7:46
Corresponsal cinosargo
adan

Rafael de la Fuente Benavides, ( Lima,  27 de octubre de  1908 -  29 de enero de  1985 ), fue un  poeta  peruano, cuya obra destaca por su  hermetismo y hondura  metafísica. Es además considerado como uno de las grandes representantes de la  literatura vanguardista  latinoamericana .

Desde muy joven mostró dotes literarias, las que compartió con sus compañeros de clase: Emilio Adolfo Westphalen y Estuardo Núñez . A medida que pasó el tiempo vivió con creciente estrechez económica y sufriendo un fuerte alcoholismo . Buena parte de sus últimos años los pasó en sanatorios, hasta su muerte en 1985 .

Allen Ginsberg se mostró interesado en su obra y en él mismo. Aprovechando su paso por el Perú, con el objeto de conocer la ayahuasca, logró entrevistarse con Martín Adán.


Esquizofrenia

Manicomio del alba asilante un lucero
friolero, adormilado, tan ave todavía...
-Apenas a la tarde se pone luz, ap-te-ro,
cuerdo, inmóvil, etcétera, a toda celestía.

En la rama cimera de un arbóreo aguacero,
estrellín, estrellón, anoche se dormía,
el pico bajo el ala, a un grado bajo cero,
sin hembra al lado, al lado de un viento que rugía.

Hora aletea torpe con las alas rociadas;
loco de soledad, se ignora estrella y pía
en tema de ave y topa con las brisas cerradas.

-Avestrella, delirio, patetismo mentales...
Los anteojos de Núñez deploran tu manía
en ciegas adherencias de orvallos lacrimales.


Litoral

En el steamer de un Capstan que huma los añiles
del horizonte primo, del gris amoratado,
navego por gaviotas que sucumben a miles
y por islas de vidrio que se apartan a nado.

Las nubes camareras de a bordo, en sus mandiles,
con helias ceras lustran el vapor encerado.
-Día, uña esmaltada, sonrojo de marfiles
en la vergüenza boba de haberse desnudado...

Yo traigo en la maleta mi pipa de cerezo
y en la boca la menta de un exquisito beso,
capricho de tres dólares, caramelo redondo...

-La playa, que bucea, se trae caracolas-:
el cielo, el sol...-, los huesos náufragos de las olas...
Señal de que ha bajado hasta el fondo más hondo.



SOL

El sol brincó en el árbol.
Después todo fue pájaros.

Lejos, aquí, llovía
el cielo de tus manos,
un cielo pequeñito,
profundo, solitario.
Hora todo es distancia,
ceguedad, aletazo.

El sol tiene en el árbol
inquietudes de pájaro.

(Publicado en el Mercurio peruano de julio - agosto de 1928)


QUARTA RIPRESA

Bien sabe la rosa en qué mano se posa.
Refrán de Castilla

Viera estar rosal florido,
cogí rosas con sospiro:
vengo del rosale.
Gil Vicente

-La que nace, es la rosa inesperada;
La que muere, es la rosa consentida;
Sólo al no parecer pasa la vida,
Porque viento letal es la mirada.

-¡Cuánta segura rosa no es en nada!...
¡Si no es sino la rosa presentida!...
¡Si Dios sopla a la rosa y a la vida
Por el ojo del ciego... rosa amada!...

-Triste y tierna, la rosa verdadera
Es el triste y el tierno sin figura,
Ninguna imagen a la luz primera.

-Deseándola deshójase el deseo...
Y quien la viere olvida, y ella dura...
¡Ay, que es así la Rosa y no la veo!...

(De Travesía de extramares)


URBANISMO

Extramuros; meaban tufillos de ganado;
el sol, viudo, fregábase la marmilla de cobre,
y un ficus malarioso, paupérrimo, baldado,
ingería la purga de un regato salobre.

Ketty; sus ojos agros ya se han urbanizado;
Ketty, yanquis elevan hierro y cemento sobre
sus pupilas palustres; postrero parvo prado
de la corbata verde de algún amigo pobre?

En seda vegetal salvo el color extenso
que ingenieros albinos, mascando chicle, a tenso
cordel y a teodolito, van hurtando a mi pena:

-Viento agudo mondaba la tarde, que era una
manzana madurísima, y el plato de la luna
colmábase de tiras de cáscaras morena?

(De Itinerario de primavera)


POEMAS UNDERWOOD

Prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad
sin inquietudes estéticas.
Por ellas se va con la policía a la felicidad.
La poesía gafa de las ventanas es un secreto de costureras.
No hay más alegría que la de ser un hombre bien vestido.
Tu corazón es una bocina prohibida por las ordenanzas
de tráfico.
Las casas rumian sus paces de buey.
Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría.
Límpiate de entusiasmos los ojos.
Los automóviles te soban las caderas, volviendo la cabeza.
Cree tú que son mujeres viciosas. Así tendrás tu aventura y
tu sonrisa para después de la cena.
Los hombres que tropiezan tienen la carne encallecida de
oficina.
El amor está en cualquier parte, pero en ninguna está
de otro modo.
Pasaban obreros con los ojos resentidos con la tarde, con la
ciudad y con los hombres.
¿Por qué había de fusilarte la Checa? Tú no has acaparado sino
tu alma.
La ciudad lame la noche como una gata famélica.
Y tú eres un hombre feliz, quizá el único hombre feliz.
Tienes camisa y no tienes grandes pensamientos de ninguna
clase.
Ahora siento cólera contra los acusadores y los consoladores.
Spengler es un tío asmático, y Pirandello es un viejo estúpido,
casi un personaje suyo.
Pero no he de enfurecerme por pequeñeces.
Mil cosas han hecho los hombres peores que sus culturas:
las novelas de Víctor Hugo, la democracia, la instrucción primaria,
etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero los hombres se empeñan en amarse los unos a los otros.
Y, como no lo consiguen, acaban por odiarse.
Porque no quieren creer que todo es irremediable.
La polis griega sospecho que fue un lupanar al que había que
ir con revólver.
Y los griegos, a pesar de su cultura, fueron hombres felices.
Yo no he pecado mucho, pero ya sé de estas cosas.
Bertoldo diría estas cosas mejor, pero Bertoldo no las diría
nunca. Él no se mete en honduras -y está viejo, quiere paz y hasta
apoya a los moderados.
El mundo no está precisamente loco, pero sí demasiado
decente. No hay manera de hacerle hablar cuando está borracho.
Cuando no lo está, abomina de la borrachera o ama a su prójimo.
Pero yo no sé sinceramente qué es el mundo ni qué son los
hombres.
Sólo sé que debo ser justo y honrado y amar a mi prójimo.
Y amo a los mil hombres que hay en mí, que nacen y mueren a
cada instante y no viven nada.
He aquí mis prójimos.
La justicia es unas estatuas feas en las plazas de las ciudades.
Ninguna de ellas me gusta ni poco ni mucho -no son diosas
ni mujeres.
Yo amo la justicia de las mujeres sin túnica y sin divinidad.
En punto a honradez, no soy de los peores.
Como mi pan a solas, sin dar envidia a mi prójimo.
Nací en una ciudad, y no sé ver el campo.
Me he ahorrado el pecado de desear que fuera mío.
En cambio deseo el cielo.
Casi soy un hombre virtuoso, casi un místico.
Me gustan los colores del cielo porque es seguro que no son
tintes alemanes.
Me gusta andar por las calles algo perro, algo máquina, casi
nada hombre.
No estoy muy convencido de mi humanidad; no quiero ser
como los otros. No quiero ser feliz con permiso de la policía.
Ahora en las calles hay un poco de sol.
No sé quién se lo ha llevado, qué mal hombre, dejando
manchas en el suelo como un animal degollado.
Pasa un perrito cojo -he aquí la única compasión, la única
caridad, el único amor de que soy capaz.
Los perros no tienen Lenin, y esto les garantiza una vida humana
pero verdadera.
Andar por las calles como los hombres de Pío Baroja -(todos
un poco perros)-.
Mascar huesos como los poetas de Murger, pero con
serenidad.
Pero los hombres tienen posvida.
Por eso dedican su vida al amor del prójimo.
El dinero lo hacen para matar el tiempo inútil, el tiempo
vacío?
Diógenes es un mito -la humanización del perro.
El anhelo que tienen los grandes hombres de ser
completamente perros. Los pequeños hombres quieren ser
completamente grandes hombres, millonarios, a veces dioses.
Pero estas cosas deben decirse en voz baja -siento miedo de
oírme a mí mismo.
Yo no soy un gran hombre -yo soy un hombre cualquiera que
ensaya las grandes felicidades.
Pero la felicidad no basta a ser feliz.
El mundo está demasiado feo, y no hay manera de
embellecerlo.
Sólo puedo imaginarlo como una ciudad de burdeles y
fábricas bajo un aletazo de banderas rojas.
Yo me siento las manos delicadas.
¿Qué soy, qué quiero? Soy un hombre y no quiero nada.
O, tal vez, ser un hombre como los toros o como los otros.
Tú no tienes las ojeras demasiado grandes.
Yo quiero ser feliz de una manera pequeña. Con dulzura, con
esperanza, con insatisfacción, con limitación, con tiempo, con
perfección.
Ahora puedo embarcarme en un trasatlántico. E ir pescando
durante la travesía aventuras como peces.
Pero ¿a dónde iría yo?
El mundo me es insuficiente.
Es demasiado grande, y no puedo desmenuzarlo en pequeñas
satisfacciones como yo quiero.
La muerte es sólo un pensamiento, nada más, nada más?
Y yo quiero que sea un largo deleite con su fin, con su calidad.
El puerto, lleno de niebla, está demasiado romántico.
Citeres es un balneario norteamericano.
Los yanquis tienen la carne demasiado fresca, casi fría, casi
muerta.
El panorama cambia como una película desde todas las
esquinas.
El beso final ya suena en la sombra de la sala llena de candelas
de cigarrillos. Pero ésta no es la escena final. Pero ello es por lo que
el beso suena.
Nada me basta, ni siquiera la muerte; quiero medida, perfección,
satisfacción, deleite.
¿Cómo he venido a parar en este cinema perdido y humoso?
La tarde ya se habría acabado en la ciudad. Y yo todavía me
siento la tarde.
Ahora recuerdo perfectamente mis años inocentes. Y todos los
malos pensamientos se me borran del alma. Me siento un hombre
que no ha pecado nunca.
Estoy sin pasado, con un futuro excesivo.
A casa?

(Publicados en La casa de cartón)


PUNTO

At length the man perceives it die away,
And fade into the light of common day.

WORDSWORTH

Pues la rosa venidera,
Próspero seno errabundo,
Fruto y flor y amante y mundo,
Lírica, acoge si espera.
Punto en que pulula esfera
De épico tacto, futura,
La facción de la hermosura
Va, derechera y estable,
Derrota inconmensurable
De celestial singladura.

(De La rosa de la espinela)

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LA CASA DE CARTON (Extracto)

Mi primer amor tenía doce años y las uñas negras. Mi alma rusa de entonces, en aquel pueblecito de once mil almas y cura publicista, amparó la soledad de la muchacha más fea con un amor grave, social, sombrío, que era como una penumbra de sesión de congreso internacional obrero. Mi amor era vasto, oscuro, lento, con barbas, anteojos y carteras, con incidentes súbitos, con doce idiomas, con acecho de la policía, con problemas de muchos lados. Ella me decía, al ponerse en sexo: Eres un socialista. Y su almita de educanda de monjas europeas se abría como un devocionario íntimo por la parte que trata del pecado mortal.

(…)

Mi segundo amor tenía quince años de edad. Una llorona con la dentadura perdida, con trenzas de cáñamo, con pecas en todo el cuerpo, sin familia, sin ideas, demasiado futura, excesivamente femenina... Fui rival de un muñeco de trapo y celuloide que no hacía sino reirse de mí con una bocaza pilluela y estúpida. Tuve que entender un sinfín de cosas perfectamente ininteligibles. Tuve que decir un sinfín de cosas perfectamente indecibles.
Tuve que salir bien en los exámenes, con veinte - nota sospechosa, vergonzona, ridícula: una gallina delante de un huevo-. Tuve que verla a ella mimar a sus muñecas. Tuve que oirla llorar por mí. Tuve que chupar caramelos de todos los colores y sabores. Mi segundo amor me abandonó como en un tango: Un malevo...

Mi tercer amor tenía los ojos lindos, y las piernas muy coquetas, casi cocotas. Hubo que leer a Fray Luis de León y a Carolina Ivernizzio. Peregrina muchacha... no sé por qué se enamoró de mí. Me consolé de su decisión irrevocable de ser amiga mía después de haber sido casi mi amante, con las doce faltas de ortografía de su última carta.

Mi cuarto amor fue Catita.

Mi quinto amor fue una muchacha sucia con quien pequé casi en la noche, casi en el mar. El recuerdo de ella huele como ella olía, a sombra de cinema, a perro mojado, a ropa interior, a repostería, a pan caliente, olores superpuestos y, en sí mismos, individualmente, casi desagradables, como las capas de las tortas, jengibre, merengue, etcétera. La suma de olores hacía de ella una verdadera tentación de seminarista. Sucia, sucia, sucia... Mi primer pecado mortal...

(Lima)


LA CAMPANA CATALINA

De la coplería arequipeña, inédita, de Martín Adán:"La Campana Catalina" (1936)

and many a heart tant was gay,
within the tomb now darkly dwells,
and hears no more those evening bells!
                                            Th. Moore
I

-¡Catalina, catalina,
campana de acompañarte
uno, la lengua de oro,
aal uúltimo aire!...

¡Callándote, que no te oye!...
¡Das el ángelus al ángel!
¡Que la Catalina habla
como si le faltara aire!

-La campana Catalina
nunca tocó a tal valle.
¡Catalina la campana
no niega cuando no plañe!

¡Que la Catalina canta,
en el domingo del aire!
¡Que la Catalina, tonta,
que ella reía llorares!...

¡Que la Catalina, ciega,
que no se pierde buscándole!...
¡Que la Catalina miente,
que sí que llamó a alguien!

¿Y las voces inauditas,
inciertas, inefables...?
¿Por qué responder a veces
apenas, a voz de nadie?

-¡Catalina la campana,
la de falsos olvidares,
que te quedas con amor,
que te quedas con amante!

¡Catalina, Catalina
descúbretele, reclámale,
que el río gloguea ya,
que ya se despinta el valle!

Que la Catalina calla,
porque padeció callares,
que la Catalina es ella,
pero no la quiere nadie.

-¿Que la Catalina puede!
¡Que la Catalina sabe!
¡Que la Catalina, de oro,
como corazón constante!...
Que la Catalina esconde
su corazoncito grande,
que lo que provoca envidia
uno no la fía a nadie.

-¡El ha de volver a bello!
¡El ha de volver a valle
Él ha de volver a ti,
a la campanita madre!

¡Que con lampo y con zureo
tornará alado a cauce,
la inmortalidad, ardida
de estrellas y soledades!

¡Que es de tu cuerpo, de tu alma,
de tu bronce, de tu alcance!...
¡Hétele, que se te esconde!
¡Llámale, llámale, llámale!

¡Que asorda la campanita!
¡Que arrasa un soplo anhelante!
¡Que por sobre todo otea!
¡Que le distinguió el aire!

La campana Catalina
tañe, tañe, tañe, tañe.

IV

Bescheidet auch mit alten Leidensregeln
                                        St. George
Guillén, Rodríguez y yo
íbamos a una tarde,
desde el tañido de Tingo,
sobre sonares de sauces

-¡Que la mamita del Dios,
la de los siete puñales!...
¡Que la mamita del Caima!...
¡Que la mamita del Carmen!...

Exacerban a un sollozo,
que se ahorca, por soltarse
la guitarra, indestructible,
y la mano, infatigable.

Y fue un dolor plañidero
que se sofoca en pañales
como el dolor de los niños
que atentan a los panales.

Y en sí misma, a mujeriegas,
la muerte sigue a mi valle,
embarrando hasta la luna,
sobre un trote sin ijares.

¡Y una sima, de resón!...
¡Y una raridad del aire!...
¡Y un goce de la herida!...
¡Y una gana de vengarme!...

-Yo quiero ser el que soy;
y quiero no preguntarte,
guitarra, por que soy otro
que no atina a preguntarme.

Bordonean las guitarras
sutiles de los gañanes;
y ya tira de su cuerda
el bordoneo, implacable.

-No te enamores de veras,
que te querrán con puñales.
Di que vas sin corazón;
porque lo dejan sin sangre.

Como el vilano a la luz,
el corazón siempre arde.
Como el vilano al viento,
el corazón nunca cae.

¡Poesía, no me hiciste!
¡Soy más que tu verso grande!
¡El río se va a la mar,
y yo me quedo acordándome!

-Es la muerte, y no revives.
La perfección ¿qué te vale!
Siempre serás el tu origen,
preso en la umbela del aire.

Molinos muelen y muelen
Mis huesos en otro valle,
por hogaza ácima inmensa,
por sustentar a Dios Padre.

Y el molino muele en vano.
Y el molino muele el aire.
¡Y guitarra, remolino
de antónimos y compases!...

En voz, en follaje, en poda
gimen las iras torcaces,
y rezuman higo y fuego
roja miel y dulce sangre.

Se queman cielos y cielos
a una noche que arde;
y se juntan miedosos,
uno a otro, valles, valles...
-¡Y sin tacto lo cogí!
¡Algo de la noche, madre
guitarra!... ¡Y heló la mano
del sí acertar a acordarme!
-¡Amor que se pone en ti
muy pronto se ve en el aire!
-¡Ay, el aire ha de ponerle
en viento que ha de tornarle!
-¡La dicha, no te me niegues,
no te escondas ni aplaces!
¡Yo siempre seré el que espera,
dispuesto a desesperarse!
Bordonean las confusas
guitarras irrefragables;
y va aserrando su borde
el bordoneo, crispante.
¡Guitarra, de no cejar!...
¡Guitarra, de no acordarte!...
¡Maldición de malquerido!...
¡Mansedumbre de cadáver!...
-¡Yo no fui! ¡Fue el que lloraba
yo, cuando no era nadie
yo, y la guitarra era
yo, sangre y sombra, la madre!
Con el lucero y el llanto,
lágrimas y luminares
de higos y de guitarras,
pendientes y entrañables!...
¡Oh, cómo truena y penetra
la campana del callarme!
¡Oh, qué badajo yo mismo
contra mi alma y hueso y carne!
¡Lo sé, el río, mi río,
yo, que yerro por tu valle,
quejándome de llamar
con los nombres sustanciales!
¡Sabiduría infinita
de no saber olvidarte!...
Y Dios toca la guitarra,
y llora ya sin doblarse.
¡Por la eternidad intacta,
por el designio incesante,
por la persona infinita
y por la obra interminable!
¡Poesía, tú no vas:
tú vienes de originarme,
y en tu término palpita
la eternidad de no hallarte!
¡Que la mamita del Dios,
la de los siete puñales,
como recordando mía
semana de no acordarme!...
¡Y como los nombres nombran
con los sueños por delante;
y como aran los bueyes,
con testículos impares!
La guitarra va y viene,
va y viene y en su abismarte
como el que se ahorcó,
ya inocente, en el aire.
-La muerte, ablanda tu hueso
duro, para sujetarme:
yo no huiré a parte alguna,
porque estoy en todas partes.
Yo siempre estaré en la vida
a sombra de costillares,
golpeando cuerdas y nervios
y remeciendo los árboles.
¡Infinita brevedad,
que sigue y sigue, aun de sangre,
que se desangra el absorto
de la que cobra el celaje!...
-¡Clava en tu carne tu hueso
y echa a morder en el aire,
que Dios no quiere contigo
sino errar adivinándote!
-¡El goce te habrá enterrado,
tesoro de despertares!
¡Mi ver lo tragó la tierra:
dunas lo llevan y traen!
Sangra, sangra la reciente
guitarra, eterna e incurable.
Treno tanto, treme, treme,
con la mama de la madre.
-Amor no es sino tu nombre
dicho a la oreja de nadie.
Si lo dices, dilo quedo:
procura no despertarte.
-¡Yo no sé sino que vivo
porque me maté muy tarde!
¡Yo no sé sino que muero
de tanto temer matarme!
¡Esta música maldita
que no acaba, y que no acabe!...
¡Ay, manera de matar,
que no mata lo bastante!...
¡Repetir que no, que no!...
¡En el fluir, atravesarte!...
¡Acallarlo, con sordera!...
¡Contener brazo del aire!
-¡Ay, que me enfrío de muerte!
¡Ay, que me pasó mi sangre!
¡Ay, que me puse a morir-
me de través en el cauce!
Luz deslumbra, ¿y qué esclarece!
Es, y azoga los cristales.
¡Poesía sin través,
tu verso es interminable!
Los sentidos se abalanzan
a un inútil esforzarse
de serojos sitibundos
para con aguas fugaces.
-¡Y mueres, y no te alegras!
¿No lo querías sin margen?
¡El agua que te ahoga
es el llanto ya sin sauce!
-¡Que los ayes me desuellan,
ay, sin llegar a tocarme!
¡Que ya me quiero dormir
en los brazos de los ayes!
Bordonearon las tremendas
guitarras imponderables;
y va enfriando su asfixia
a oscuridad del aire.

Bordón y prima se casan
en una clausura de ayes,
y se oye un callar de beso,
y cunde un vaho de sangre...
-¡Que el ritmo vuelva y me lleve
a donde puedan matarme!
¡Ya nazco otro, y no siento
-yo dolor- el que me pare!
¡Yo me ande sobre cayado
de gana que no se harte,
y yo me costee en leño
de eternidad inestable!
¡Y yo, mis dioses bebidos
regrese de lupanares,
de dioses que no consientan
ni perderme ni salvarme!
¡Sí, allá en el puerto de Thule,
donde amanece a los ángeles,
que remiran judas ciegos
y barajan gordos naipes!...
Cuando en casa sin aliento,
presente aún el ángel,
desnudan un lecho manos
mudas, ciegas, de una madre.
¡Ay, rumbo en que cupo el barco
apenas y ya no cabe!...
¡Ah, altamar de guitarra!...
¿Qué cielo para tu mástil!...
-Guitarras digan mi nombre;
besos husmeen a mi aire:
es en vano: me perdí,
y no quiero recobrarme,
-¡Redivivo nacerás,
si te acuerdas de acordarte!
¡Humanidad es de olvido!
¡Y Dios es inolvidable!
-Necesidad, alma mía,
¿Hasta cuándo habré de estarte?
¡Hágase el hecho una vez;
y yo pueda ir a mi hambre!
-¡Lo que una vez hiciste
siempre habrá de trasoñarte!
¡Mi corazón es de entonces,
pero mi fe era de enantes!
-¡Mi gozo, ser, crece, crece
más alto que tu desaire!
¡Me place mi vida en flor,
rodrigada de huracanes!
-Eternidad, alma mía,
¿hasta cuándo habré de fiarte?
¡Haz de mi sexo la roca
y de encaro de uno y nadie!
¡Abrazo no la extasíe!
¡Mirada no la embarace!
¡Amor no sepa decirla
los mil nombres del amante!
Que eternidad es así.
De alma y cuerpo y río y valle.
¡De pregunta y de callar,
y de encaro de uno y nadie!
-¡Ay, que no puedo morirme,
que me soy de hueso y carne,
y un alma que no me suelte,
y un beso que habrá de dárseme!
¡No hay ojo para la proa
y no hay cuerpo para el viaje!
¡Sólo apenas; sólo amarras;
variedad, empuje, alcance...!
¡Qué soledad numerosa,
de retraimiento unánime!...
Mirando el aire sedente
avanza el aire emigrante.
¿Qué humano se hace ninguno
para ya en ello embarcarse!
Y por la mar de las cosas
va uno a la angustia de nadie.
Es apenas leño y hierro,
pero guía un querer salvarte
de no sé quién tuyo acaso,
de huesos y venas grandes.
Mudez y musculatura
conciertan ritmos tenaces,
el cantar echa su hedor,
axila, red, a los trances.
-¡Sí, yo, que derroché todo
mi botín de inanidades,
de ternuras sin amor,
ganadas al abordaje!...
¡Derrota en que cupo el barco
apenas, y ya no cabe!...
¡Ah, altamar de la guitarra
sin ala para tu mástil!...
¿Qué mano empuño extensiones,
haz de quillas y de trances!
Y singla hacia puerto intenso,
pulso puro, el navegante.
¡Embraste la madera,
y quieres echar los trastes!
¡Ah, guitarra, el barco mío,
sin cielo para tu mástil!...
Y va en la fuerza durísima
la humanidad de la nave;
hondo en carga inescrutada,
la sentina inescrutable.
-¡Alma y cuerpo eres de alma
y ya no puedes fiarte!
¡Humanidad es de sido,
y Dios es irreparable!
¡Vida, es tu esfuerzo en vano,
que vivir es invocarte!
¡Abres la boca, y no estás,
nunca, ninguno, en tus mares!
-¡Amor, amor odiará!
¡Tú serás tú imaginarte!
Pereció la última mano,
pero sobrevive el ásgase.
¡Ah, mi corazón de ahora,
de menester de ahogarse!...
¡Ay, mi corazón de entonces,
de salvaciones falaces!
Hora se va mi deseo.
De aquí se va, sin llevarme.
Aquí quiere lo que no es.
Y mi alma, enamorándome.
Amor alguno vendrá,
Y estará un amor mirándome.
¡Yo no sé sino que supe,
Y que no sé olvidarme!
¡Guitarra, no me lo digas,
que dices secreto al aire!
¡Tristeza, no tengas miedo,
que yo tengo miedo, madre!
Golpean sus corazones,
impasibles los gañanes,
los ojos como de alumbre,
las manos como de alambre.

VIII

Llego a verde absoluto,
regresando; y no es el valle.
¡Y cómo pesa el pie,
calzado de espesa sangre!
Andando sobre mí mismo,
yo me procuro, cargándome;
y cada cosa me orienta
a un coágulo de sangre.
Miro buey: dos ojos ciegos,
que lucen a eternidades,
bajo testuz que es un vaso
de ofrenda de dura sangre.
Miro regato, de córnea
que una vez miró, vivace:
una lividez de párpado,
rusida de quieta sangre.
Casi humus, casi luz,
vasta electricidades,
los trigos ganados tremen,
vibran: ¡que abreve la sangre!
Nieves de cimas y cirros,
alcores de claras sales,
toisón del cordero albo
morirían para sangre.
¡Ay, que paró el que seguía
como el eterno romance!...
Y se me va la palabra
como se iría mi sangre.
Y escuchando a luces mudas,
aprehendo lo impenetrable:
que todo mi sangre vierte
si no lo agita la sangre.

X

Alberto Guillén, ya cera,
ya la miel de los panales
inúndate, macerando
tus corazones a mares.
Celda alguna permanece
por que nunca más te apartes,
gota de miel sin goloso,
abeja írrita y pinchante,
La corona de aguijones
de las sienes se te cae,
y en aureola de iris
de élitros la truecan ángeles.
-Ave y nube singular
que labran de gusto el valle,
hasta la colmena en ciernes
de tu Yanahuara cande.
-De una miel que era tan dulce,
que alanceaba al tragarse;
de una miel que así se acendra,
que a sí misma se relame.
-De la flama y del fluir
de mieles sentimentales,
las de los nombres en celo
que se hieren en el aire.
-El valle, en tu corazón,
inmóvil, mueve agua y cauce;
y el río traspasa, miel,
gota a gota, tu cadáver.
-Hondo en tu patria terrena,
ejemplo a eternidade,
dulzura que quiebra el vaso,
luces y zumbas y sabes.
El logaritmo en derrota
por el exágono plañe
a cera que se derrite
y a miel que fluye en Dios Cauce.

(De La Campana Catalina)

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