Autor: Roberto Flores Salgado
DEL LIBRO HISTORIAS LIMÍTROFES
No estaban los autitos a pedal: día negro. En lugar de ellos una manada de cholos meaba, mostrando el pirulín como si nada.
- Están acostumbrados, hijo, así es su cultura, no conocen la palabra “higiene” –dijo enojada mi tía.
Yo tampoco sabía lo que significaba y casi me pongo a llorar porque podía ser indicio de que me estaba transformando en cholo.
Cuando bajamos del colectivo, una tropa de tipos como pirañas se acercó pidiéndonos el salvo. Gritaban con las ganas de quien necesita ir al baño:
- ¡Falta uno, a Tacna, falta uno!
Mi tía los ignoró y caminó agarrándome la mano bien fuerte. Iba a las oficinas de los colectivos a Tacna. En una de ellas tenía un conocido.
La avenida Juan Noé al llegar a Colón era un desorden interminable. Parecía basurero municipal, se olía un mal aire; había papeles y cajas en el suelo. Las cholas, acostumbradas, deambulaban como peces en el agua contando billetes, acomodando mercaderías, riéndose, hablando en otro idioma. También mascaban coca y escupían verde en el suelo.
La oficina era la habitación de una casona antigua. El piso de madera gritaba en cada paso. Es más: por debajo se oían bichos que arrancaban y rasguñaban con locura. Ninguno de los dependientes se percataba de eso. O, tal vez sí, pero estaban habituados. Con que los guarenes no asomaran arriba, no se hacían mayores problemas.
En las paredes, aparte de trizaduras y telarañas en cada recoveco, se ubicaban tres grandes fotos del Perú. En una aparecía un paisano de nariz grande y ojos entrecerrados de llamo pastando. Lucía un chuyo de muchos colores. Abajo decía “Cuzco” y más abajo “Foptur”. La foto que estaba detrás del escritorio desordenado del amigo de mi tía, contenía la imagen de unas ruinas, con feroces piedras, cuadraditas, perfectas, como muelas en mandíbula cerrada. En el tercer póster aparecían vistas de la selva, verde, aguada, húmeda, con animales feroces y hombre piluchos saliendo de chozas pequeñas y despeinadas.
Don Amable Cuéllar salió empujando la cortinita de tiras plásticas que separaba la habitación lateral con la oficina. Vio a mi tía y el caracho tosco se le compuso en seco (la risa no hace milagros, pero por lo menos echa una ayudita). Se le acercó y le dio un beso en ambas mejillas. Luego la embetunó con esos piropos que sólo los peruanos se atreven a decir, aquellos que les brotan del alma criolla - quizás sacados de los versos de los mejores valses- y se han clavado en el rincón más oculto de su corazón. A mi tía le brillaron los ojos y sonrió sonrojándose. Le dijo al caballero que me llevaba a conocer Tacna.
- Pero mi reina, páseme sus salvos, yo les preparo un carro especialmente para ustedes.
- No, no un carro –le dije- los carros se usan en la feria
- Perdón, jovencito, en el automóvil...
Mi tía rió. Salimos al umbral, observando la avenida que hervía en gente. Don Amable gritó:
- ¡Hey, hermano, prepárate un carro para esta señorita!
Después de caminar y tropezar con los bultos de las cholas, nos subimos alegres al gran carro de Batman: un Chevy Nova azul brillante como de los años sesenta.
Un tipo parecido a Chumpitaz nos llevó al centro de Tacna en su auto huevito. Doblando cada esquina lo que más había en las calles de esta ciudad eran cholas con sus críos colgando, autos huevitos, además de calles sin pavimentar y largos mercados de ambulantes en los que preparaban almuerzo en triciclos estacionados en charcos de agua mugrienta hasta decir basta. Los perros estaban es su salsa: se comían las tripas y las cabezas de gallina que las cocineras les lanzaban para que dejaran de fregar.
Cuando pasamos el taco, dimos un par de vueltas en el centro hasta llegar a la avenida San Martín y el señor del colectivo nos dejó frente a la catedral. Mi tía se persignó ansiosa y me cruzó la calle diciendo:
- Después rezaremos, hijito.
Sacó su cámara. Luego ensayó tomas conmigo en movimiento. Yo en la avenida San Martín, yo en el borde de la pileta llena de monstruos, yo entre los cholitos que lustraban botas y agarraban carteras.
Caminamos más arriba y en la plaza había una enorme cantidad de gente. Todos esperaban sacarse fotos bajo los pies de dos negros gigantes que sacaban más pechuga que pato de silabario. Éstos cuidaban choros, soberbios, milicos un arco más grande que la cresta, hecho de piedra ploma. Mi tía echó escupito en sus manos, y las secó en mi pelo. Arregló mi chaquetita marinera y me peinó con sus dedos. Luego tomó distancia, retrocedió con el ojo metido en la cámara, yo tieso, sin pestañear. Me lagrimearon los ojos. “Rápido tía”. Una mosca revoloteó. “¡No te muevas, hijo!” Un, dos, tres, momia es. Tieso. “¡Rápido tía!” La mosca en mi nariz. Arrugué mi cara. “¡Fuera cochina!”. Y mi tía: “¡Ya!”. Sonó la cámara y me enrabié con la mosca de mierda que arruinó el retrato de mi primer viaje a Tacna.
- Hijo, ¡por qué estás enojado? ¿es que acaso no te gusta Tacna?
Pensé que ella no entendía mis conflictos ni los enredos por los que atravesaba mi alma virgen, esta alma que ansiaba romper el prepucio aquí, en esta ciudad desconocida. “No ha sido sólo una mosca”, pensé. Ese rato me di cuenta que los peruanos poseían el mismo color de mi piel. Eran un poco parecidos a mí y no sé si me dio rabia. Al menos ese pensamiento no me fue indiferente.
En esa época yo subía al techo y construía antenas con alambre de cobre y tubos fluorescentes. No me gustaba mucho ver canales chilenos. Nunca fui tan ingenuo, algo olía mal en mi país.
- No podemos estar tan bien - pensaba.
Perú es cochino, hediondo, terroso y desordenado, pero honesto. En las noticias nacionales Pinochet inauguraba puentes y poblaciones o entrevistaban a un ministro que decía que con el Pem y el Pojh no existía cesantía, y todos felices. Válgame Dios que eso era muy raro porque en mi escuela los compañeros decían que apenas comían huevo revuelto con pan porque sus papás estaban sin pega. Ni hablar de las fotos de gente asesinada que algunas veces llevaban.
Tacna era una ciudad real, como cualquier ciudad de este planeta, con pobres y ricos, mendigos y ricachones, no como en Chile. Según la tele, eso no existía. Por eso, creo, me fascinaba ver canales peruanos como Panamericana y TNP, pues las personas que aparecían en ellos era gente común y corriente, no puros rubiecitos como se mostraba en mi país. Nada de indios, como para que los contrarios al gobierno se enteraran de que después del 73 incluso la raza había mejorado.
- No te enojes, hijo, debes comprender que Perú no está a la altura de nuestro país. A estos indios le falta un Pinochet – dijo ingenuamente mi tía.
- Sí tía, el que nos sobra a nosotros.
Otro Chumpitaz se nos acercó en un carrito “Donofrio” y nos ofreció helados de mango y chocolate. Mi tía se excusó.
- Disculpe, no hemos cambiado pesos por soles, caballero. ¿Dónde podríamos cambiar?
El negrito apuntó con su mano callosa.
- Por allá, seño.
Mi tía me tomó de la mano de modo chacal, rápida, con miedo. Noté que Tacna la ponía algo nerviosa. Yo empezaba a ponerme feliz.
Cuando cruzamos la calle nos gritaron. Los choferes tocaron sus bocinas como condenados. Manejaban sus autos huevitos a lo bestia, sin respetar leyes, lanzando escupos a los policías, subiendo las ruedas sobre las veredas, metiéndose contra el tránsito. Era un show fenomenal. Mi tía se persignó y yo reí.
Nos detuvimos frente a un kiosko de diarios. Todos éstos mostraban piluchas, mujeres a lo “Sabor latino”. Yo nunca había visto tanta mujer desnuda, con carnes blanquitas, mostrando el popín con calzoncitos de hilo y lentejuelas. Los cholos compraban y compraban. Mi tía, percatándose del descuido, me tapó rápido los ojos y yo dejé de soñar despierto. Me hice el leso, simulando mirar los álbumes de “Mazinger Z” y “Centella” que descansaban colgados en el mostrador.
- Uff, hijo ¿ves? ¡Tanta lascivia y crimen! No es como en Chile.
- Sí tía, en Chile todo lo hacemos en silencio.
Caminar por la avenida Bolognesi mareaba, sobre todo si uno reparaba en aquel juego visual enfermante, pero a la vez mágico. Ese paseo estaba atestado de cambistas vestidos de negro, con chaqueta de cuero y un bolsito con calculadora grande. La gente les preguntaba: “¿a cómo está el sol?” y ellos no respondían, sino que digitaban la cantidad y mostraban la pantalla de su calculadora. Así de profesionales. Pero antes de cambiar, había que preguntarle a uno y a otro para evitar engaños.
- Ellos son expertos en agarrar comisión bruja- decía mi tía.
- Tramposos y chuletudos- le respondía yo.
Hablaban raro, ubicaban su bolsito negro bajo el sobaco (¡Uff!), su lápiz de pasta en la oreja, sacaban un fajo de billetes, se pasaban en dedo por la lengua y empezaban a contar. Mi tía cambió algo de dinero y luego nos dirigimos hacia “El pollo pechugón”.
Mientras caminábamos, ella se percató de que un policía coimeaba a un chofer. Se notaba a simple vista. Se persiguió cuando mi tía lo miró.
- ¡Cholo corrupto!- le gritó y volvió a gritar más fuerte al saber que el auto detenido tenía patente chilena.
Desde afuera se veía un fierro que daba vueltas sosteniendo muchos pollos que se asaban. El olor delicioso se percibía desde lejos. Pasaban autos huevos frente a nosotros. Yo estaba ansioso; esos pollos me llamaban con su movimiento circular. Arriba del local se ubicaba un letrero con el dibujo de un pollo con pecho grande, así como los monstruos de bronce de la plaza San Martín, y en letras gigantes “EL POLLO PECHUGÓN”. Necesité un babero.
Ya no aguantaba, tenía hambre. Pasamos luego de un rato, cruzamos la cortina de humo y un mozo morenito, birolo, popín parado nos dijo “bienvenidos”. Nos llevó enseguida a una mesa desocupada.
Como si estuviese en Arica, mi tía saludó a varias señoras que almorzaban en el local. La mayoría eran amigas chilenas que aprovechaban estos feriados para pasear en Tacna.
- ¿Cómo estás tú? Se te ve estupenda. ¿Has comprado tus telas? ¿No has probado los mangos que venden en el mercado? ¡Cosa más rica! Mi reina, tienes que ir a la Polvos Rosados, o al mercadillo Veintiocho, hay unas faldas tan lindas, unas que te hacen ver regia.
Yo me entretuve viendo la tele que estaba en un rincón del salón. Había una marcha con mucha gente, todos aplaudían. Luego un periodista entrevistaba a un viejito que tenía apellido de perro: Belaúnde Terry. Él caminaba seguido de un choclón de gente que gritaba y aplaudía; lo tapaban con pancartas. Se dirigió al congreso, allí lo investirían presidente. Estaba muy contento. Hablaba que se iba a terminar la corrupción, la cesantía, la pobreza y la deuda externa. Y qué le habían dicho a la masa, ésta gritó como chancho borracho, como si con labia se compraran huevos.
- Todo Lima ha salido a las calles –decía el periodista- a recibir a su nuevo presidente, el doctor Fernando Belaúnde Terry, bajo los sones del himno patrio.
Sentí un cosquilleo. La tele mostró las imágenes de Lima con sus edificios coloniales, enormes, antiguos, hermosos, las plazas llenas de flores, pasto verde. Después la selva con sus ríos quietos, hirviendo en pirañas, animales salvajes (esos que yo sólo conocía en el zoológico de plástico que me regalaron para mi cumpleaños), Macchu Picchu, como en el póster de la oficina de don Amable.
No me di cuenta y estaba sentado en una de las mesas, frente a un platazo de pollo asado con papas fritas. Me olvidé de la tele y del viejito con apellido de perro. Mi tía, luego tomó mi vaso de vidrio áspero y vació una botella de bebida amarilla como pipí. Junté las letras: “Inka Kola”. Como buen niño, atiné con el refresco y puchas, era una gaseosa celestial, rica, deliciosa, un néctar divino, adiós Coca cola y Bilz.
- ¡Ya, deja de tomar y almuerza, niño!
Pedí a mi tía que me partiera el pollo en cuadritos, mientras picoteaba un par de papitas. Una vez que la tía hubo terminado, pinché con mi tenedor un trozo de pollo. Cuando me lo llevé a la boca, dejé de ser yo: todo mi cuerpo se transformó en estómago.
Rato después comenzó a sonar la maquinita con el sonido de un trompo cucarro.
- Es un avioncito –dijo mi tía.
- ¡Adónde, adónde! –respondí yo.
- ¡Hey, hermano, no te muevas! –salió el dentista. Luego me agarró la cara y para sus adentros me dijo: “Infeliz, te dije que no te movieras”.
La idea de llevarme al dentista fue de mi tía. Ella vivía quejándose de que la atención médica en Arica era un antro de ladrones con diploma.
- Cómo no le aprenden a Perú que, siendo más subdesarrollado, posee muy buenas consultas médicas y a un precio razonable –decía.
La muestra de ello era la boleta que facturaron en la botica: cuatro veces menos plata que en Chile. Mi abuelita al saberlo saltó en una pata y dejó de sentirse tan mal. Días antes del viaje me había dicho al oído, calladita, temblante, que ya no iba a tomar más pastillas para que no saliera tan cara su sobrevivencia.
El avioncito cucarro dolía bastante y no sólo eso: hacía surgir un olor fétido a pescado que inundaba todo el lugar. Me dio la impresión que el polvillo que saltaba de las muelas cariadas se encargaba de producir el efecto, aunque al médico no le iba y venía, le daba lo mismo. Debió haberle revisado el hocico a medio millón de cholos, observado muchísimas muelas asquerosas, con hoyos, color a caramelo, como rocas, todo en su perra vida de dentista. Pero valía la pena, seguro. Con su sueldo no le faltarían ofertas matrimoniales.
El dentista me pasó un poco de confort. Yo moví mis mejillas, enjuagando la saliva contenida, asquerosa, con sangre y polvillo de pescado. Escupí en el lavamanos redondo que ubicó como brazo accesorio del gran sillón, a un costado de mi rostro. Me recosté de nuevo. El doctor observó a mi tía, detrás de mí, yo a ella, rió y ¡zas! Vi la aguja del dentista en mi boca. La sacó rápido, casi desapercibida, era un clavo de hielo. Mis ojos lagrimearon. “No tiíta, no estoy llorando –traté de decirle- es el dolor, nada más. No es que no sea hombre, ¿no te acuerdas con qué ojos miraba los diarios con mujeres calatas?”. Junté los párpados rápido. Las lágrimas se esparcieron hacia las orillas; no hubo modo de detenerlas. Siguieron el curso de mis arruguitas. “No me importa, qué tanto –traté de expresarle- como si fuera tan malo llorar. No te enojes conmigo, tía, no quise hacerlo, pero... fue tuya la idea de traerme al dentista”. Y con los ojos cerrados le grité silenciosamente al doctor: “Cholo infeliz, ahora me metes un fierro helado y agarras mi muela y mueves arriba y abajo”. No quiere salir la condenada. “Poco menos me ensartas tu gamba hedionda en el pecho y de un tirón me sacas hasta el alma”.
La batalla arreciaba; el dentista ya no sabía para dónde tirar. Se enojó y arrugó más que pantalón de chofer. Se puso rojo, le corrió la gota al cholo y ¡Paff! Se fue de espaldas, chocó con su mesita de arsenales, cayendo de traste con el trofeo fétido y pequeño en sus manos.
Salí de la consulta mascando un algodón en el huequito de carne que ocupaba la infeliz muela. Mi tía, sin embargo, insistía en que yo no había sido lo suficientemente valiente para resistir el martirio.
- Ya no podrás ser militar cuando grande. Los militares son valientes y nunca lloran –dijo.
- Ah, por eso - repliqué.
En los vidrios de las vitrinas observé mi rostro. Mi mejilla estaba un tanto hinchada. Al reírme noté una de las primeras travesuras de la cruel anestesia: me dejó la boca doblada, chueca, y aunque me peñizcaba con los dedos, no había caso: la mejilla me colgaba como un bistec grueso.
Dos cuadras más arriba, cerca de una plaza en la que existía un busto de un tal señor Vigil, descubrí la segunda travesura: mi chaquetita de marinero brillaba en baba. Claro, como no me daba cuenta si tenía la boca suficientemente cerrada la saliva hacía lo que quería. Esta vez se escapaba por el cachete muerto y colgaba dos litros por minuto.
Mi tía esa vez no dijo nada. No tenía cómo relacionar “baba” con “militares” o “subdesarrollo”. Yo, sí pensé en la relación perfecta, pero mutis: no quise herir sentimientos.
Sentí hambre. El olor era rico, mi estómago valiente.
- Mi boca es de lata - pensé - como las ollas de las caseras que revuelven a dos manos sus guisos vespertinos.
En el bolsillo de mi pantalón despertaron un par de soles. Escuché sus gritos metálicos: “¡Gástame, gástame!” y yo, sumiso, sin oponer resistencia, empecé a obedecer a sus ruegos buscando, entre los popines y piernas de la multitud, una “gaseosita” como decían ellos, además de un platito de carnecita humeante que llenaran los huequitos de estómago vacío que me iban quedando.
- Hijo, camina rápido, está anocheciendo –dijo mi tía.
Yo me agarré de su chaqueta de cuerina; las manos de ella quedaron libres y buscaron calor en algún recoveco de sus prendas. Tuve miedo de insinuarle que podíamos arrimarnos a uno de esos triciclos humeantes para complacer y acallar a la multitud de mis tripas movilizadas. Mi tía no encajaría dentro del paisaje, sentada al lado de esos cholos feos, hediondos y grasosos o de paisanas sucias, desaliñadas, con sus mochilas de paños de colores en los que cargaban resignadas una tracalada de críos.
Mi tía no era para que anduviera comiendo en la calle. No. Era un poco pituquita, pero buena persona. Blanca, sureña, de más allá de Santiago. Yo fui el imbécil a quien se le ocurrió nacer en Arica. Por eso me acomodo sin gran escándalo a este paisaje desordenado y sucio, pero verdadero. Mal que mal mis rasgos y acento son casi peruanos. Digamos ariqueños. Para uno Perú quedaba a una hora de Arica, Chile a cinco.
- Tía tengo hambre. Quiero comer en un carrito.
- Pero, ¿estás loco?
- Sí tía, ¿ahora puedo comer?
- Si comes aquí te vas a enfermar...
- Sí tía, quiero enfermarme, pero antes comer un par de anticuchos o guiso de pollo con arroz.
- No, estamos apurados
Ella quería hacerse pronto de sus pilchas. Le gustaba la ropa más que a los hombres, sobre todo aquí en Tacna, donde parecía que en la repartija de belleza, estos tipos habían llegado último.
- Tía, estoy cansado, me duelen las piernas. ¿me puedes dejar donde tu casera?
Costó un mundo convencer a la tía. El argumento que elaboré para salirme con la mía fue que era muy difícil que yo, un mojón chico y flacuchento, diera protección a una mujeraza de veinticuatro años y de bien proporcionada figura. Pero mi tía insistió en que no era buena que ella anduviera sola en la feria: algún malandrín podría asaltarla y robarle las cosas que iba a comprar, además del dinero. Si bien yo no le causaría miedo al asaltante, por lo menos le inspiraría lástima. Todos los delincuentes tienen madre. Son canallas pero no tanto como para atacar a una madre en presencia de su hijo. Estaba claro que ella era sólo mi tía, pero aún así confiaba que todo el mundo creyera que yo era su retoño, aunque no nos pareciéramos mucho.
Al final, mi tía cedió a mis deseos. Yo creo que porque quería ir rápido a gastar sus monedas, no porque haya pensado que mis razones tenían más peso.
La casera María Lourdes nos recibió con cariños. Eso sí que me baboseó toda la cara. Había comido salteña, una especie de empanada con carne, arvejas y papas. Me dejó ácido, mojado.
- ¿Cómo está mi bella chilenita?
- Bien, con la ayuda de Dios, caserita...
- Y con la ayuda de Santa Rosa de Lima, mija. Y... ¿este chibolito?
- Ah, es hijo de mi hermana y un ariqueño. Nuestro regalón.
- El “engreído”. ¿No se sirve panetón, mamita?
- Bueno, casera.
La casera María Lourdes tenía una tienda de ropa interior y de guaguas. Casi no estaba sosegada pues apenas se sentaba, venía gente a preguntar por calzones, sostenes o piluchos, y ella se ponía de pie, como si fuese pecado atender a la gente permaneciendo sentada.
Prendió la tele en colores marca Solid State (un lujo de pocos) y un guatón negro, que usaba una polera con cuello, manga corta, ajustada, psicodélica, picante, gritaba como un vendedor en feria popular frente a un micrófono de cabeza gigante. Mandó saludos a muchas ciudades de nombres chistosos. Me reí y la casera se incomodó. Luego trató de hilvanar explicaciones. Yo seguí viendo al singular Augusto Ferrando sin escuchar a la señora.
- Este cholo le copia a don Francisco- pensé - ese cabeza de chancho que también se burla de la gente pobre.
Pero el cholo Ferrando era más ordinario: regalaba cocinas a parafina, lindano para los piojos, cajones funerarios.
En “Trampolín a la fama”, (versión desmejorada de “Sábados gigantes”) aparte de Ferrando, el animador, aparecía una gringa maceteada con cara de hombre, que hablaba como Tarzán: la “gringa Inca” a quien Ferrando molestaba como quería. También “Tribilín”, un negro flaco, de rulos, medio pánfilo. A veces discutía con el animador, casi se le iba en collera. Pero no. En “Trampolín a la fama” Augusto Ferrando era el rey, el ídolo. Él debía ganar en todas. Es más: para humillar a su coanimador, éste le decía que parecía Drácula por que le faltaban los dientes del medio.
Ferrando, luego de un par de minutos, hizo parar la orquesta y contó una historia cebollera, sólo con acompañamiento de órgano. Hizo pucheros y matizó con gritos y voz temblorosa. La gente comenzó a llorar. Finalizó su sermón ungido con las siguientes palabras:
- “Por eso, hermano, te ayudaremos y daremos una chompa de textil “Universal”, una bolsa de menudencias de avícola “Doña Chepa” y un anafre eléctrico, gentileza de feria “Dos de mayo”, en el jirón Gamarra”
Con esas palabras, Ferrando se ganaba el favor de la gente, tanto que ésta de vez en cuando se desbandaba y bajaba de las graderías a abrazarle. Él, entonces, terminaba su discurso con un par de frases de falsa modestia.
- “No, por favor, todos a sentarse, sólo estoy cumpliendo con un deber profundo. No me aplaudan a mí, aplaudan a estos cholos trabajadores que con mucho esfuerzo sobreviven en ésta, mi amada patria llamada Perú”.
Una señora de canasto grande, me ofreció tamales, pastel de choclos y chicharrones.
- Ahí tienes casera, un sol cincuenta.
Me entregó una bolsa. En ella encontré unos trozos de carne quemada, dos papas, un poco de maíz frito, llamado “cancha”.
- ¿No tiene una cucharita?
- No, así no más, caserito, con los dedos es más rico.
Rato después, mientras Ferrando presentaba en su programa a un desabrido cantante y la orquesta organizaba su bulla para incitar aplausos, apareció por los pasillos oscuros del mercado una peruana de trece años, hermosa como chilena, digna de salir en el ballet de “Música libre” del canal cinco. Su aparición coincidió con el estruendo de la fanfarria. Pasó frente a mis narices y saludó con beso a su abuela, la señora María Lourdes.
- Mi amor, te presento a un amiguito de Chile.
La niña miró hacia abajo, yo temblé ante su mirada. Me puse de pie, extendí mi aceitosa mano con rastrojos de cancha y chicharrón hacia la suya, blanca, y acerqué mi mejilla para conseguir un beso. Ella se corrió indiferente y dijo:
- ¿De Chile? No parece.
Primera patada en la guata. En ese segundo lamenté no haber nacido blanco. “Por qué cresta no le preguntarán a uno”, dije para mí.
Luego nos sentamos y tragué la saliva acumulada tras el momento sorpresivo e incómodo. El golpe fue fuerte, “debo reponerme, le demostraré que lo de afuera no importa, como dicen los feos resignados”, proseguí en mi intimidad.
- ¿Cómo te llamas? –le pregunté, para iniciar conversación.
- Efigenia del Carmen –respondió, seca.
- ¿Qué haces?
- Estudio. Abuelita, dígale a este chileno que quiero ver tranquila el “Trampolín a la fama”.
Segunda patada en la guata. Mordí mis labios y parpadeé rápido para que las lágrimas que empezaban a aparecer no delataran mi vergüenza. “No debo llorar”, me dije, “mal que mal soy negro, pero chileno. Nosotros ganamos la guerra, no ustedes, cholas retamboreadas. Sigue viendo tu “Trampolín” y a tu galán Augusto Ferrando. No quiero ser tu amigo. La amistad de un chileno es demasiado para ti”.
- Pero mi amor, no se trata así a un amiguito de Chile...
“Trata de arreglarla, vieja fea. No puedes. No puedes borrar el daño hecho, el orgullo destrozado, la plancha garrafal que me he mamado en este rato. La mala digestión de mis chicharrones con papa y cancha. Me tratan así porque saben que soy chileno, aunque sea medio moreno. Y los chilenos les ganamos en todo; en la guerra y en el fútbol. Aunque me gusta ver canal peruano allá en Arica, con una antena de cobre que yo mismo hice, juntando plata propia, dejando de comprar por dos semanas las láminas del álbum de la Guerra del Pacífico y mis golosinas predilectas, eso no indica que quiera ser peruano, no”.
Fue raro porque cuando pensaba esto mis ojos empezaron a lagrimear. Me acordé que mi padre era del altiplano. “Paitoquito feo”, le decían cuando chico en la ciudad. “Los paisanos nunca fueron chilenos”, vivían repitiendo mis compañeros en la escuela. ¿De dónde era yo, entonces?
Pensé que yo no era como los chilenos que salían en la tele y eso me produjo más pena. Deseé olvidarme de todo. Anhelé retornar a Chile y fundar un nuevo país en mi habitación para evitarme estos conflictos que me hacían llorar.
- Abuelita, mira, el “Tribilín” del programa se parece al chilenito.
Esa fue la tercera patada en la guata. No resistí más y me puse a llorar fuerte, como la vez que me pegaron cuando metí a mi gato “Chamaco” en la pecera.
Me abrazó. Pensó que yo derramaba lágrimas porque presentía que los malhechores la andaban rondando. Pero no. Yo lloraba porque dentro de mí luchaban dos naturalezas opuestas que no lograban conciliarse. Llegué a pensar que no tenía tierra, ni bandera, tampoco una nacionalidad. Eso me apenó en extremo. Busqué los pechos de mi tía y recosté ahí mi cabeza, esperando que el sueño viniera y me hiciera olvidar estos conflictos.
Cuando bajamos del taxi unos hombres con fajos de papeles en sus manos se disputaron nuestra atención. Gritaban: “¡Arica dos, Arica, dos!”. Me pregunté por qué en Arica estos mismos tipos alzaban sus voces diciendo “¡Tacna uno! ¡Tacna uno!”. Luego no quise buscar respuestas pues ya estaba cansado de todo.
Encima del colectivo, mi tía me sentó en su falda y luego me dio un beso en la frente. Lloraba un poco. Me dijo:
- Te traía un regalo. Una pelota Vinyball, pero se la llevó el ladrón.
Yo la abracé y lloré más fuerte. Amaba las pelotas Vinyball, sus colores, su olorcito a plástico nuevo. Todos en el barrio tenían una, traída de Tacna o cambiada por ropa a una de las peruanas que gritaban por las calles de la población: “¡Casera, cambio cosas!”
De ese viaje no recuerdo más. Sólo que desperté cerca de dos horas más tarde en la avenida Juan Noé, ahora oscura y con el sonido del mar como música de fondo. Mi tía me cargaba en sus brazos, buscando un colectivo que nos llevara nuevamente a casa.
DEL LIBRO HISTORIAS LIMÍTROFES







































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