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Vida y obra de Maupassant

Enviado por Corresponsal cinosargo el 27/06/2008 a las 9:35
Corresponsal cinosargo

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Escritor francés nació en el Château de Miromesnil, en Normandía (Francia), en 1850. Estudió en Yvetot y Ruán.

Desde joven perteneció al grupo literario que tenía como centro al reconocido novelista Gustave Flaubert, de quien era amigo Maupassant, y de quien recibió su formación literaria.

En 1880 publicó el cuento considerado uno de los mejores en su género: "Bola de Sebo", incluido en "Las veladas de Médan".

En los años que siguieron realizó más de doscientos cuentos, entre ellos "Mademoiselle Fifi" de 1882 y "La Parure" en 1884. Sus obras están escritas en un estilo sencillo, en dónde se transmite con realismo lo sórdido y cruel de la esencia humana. Esto se refleja tanto en sus relatos, así como también en sus tres colecciones de recuerdos de viajes, y en sus seis novelas, entre ellas se pueden citar: "Una vida" de 1883; "Bel Amí" de 1885; "Los dos hermanos" de 1888; "La mano izquierda" de 1889 y "Nuestro corazón" de 1890. Maupassant, uno de los más grandes escritores de cuentos de la literatura francesa y universal, falleció en 1893.

 

 

El Borracho (texto completo)

El viento del norte soplaba tempestuoso, arrastrando por el cielo enormes nubes invernales, pesadas y negras, que arrojaban al pasar sobre la tierra furiosos chaparrones.

El mar encrespado bramaba y azotaba la costa, precipitando sobre la orilla olas enormes, lentas y babosas, que se desplomaban con detonaciones de artillería. Llegaban suavemente, una tras otra, altas como montañas, esparciendo en el aire, bajo las ráfagas, la espuma blanca de sus crestas, igual que el sudor de un monstruo.

El huracán se precipitaba en el vallecito de Yport, silbaba y gemía, arrancando las pizarras de los tejados, rompiendo los sobradillos, derribando las chimeneas, lanzando por las calles tales rachas de viento que sólo se podía andar sujetándose a las paredes, y capaces de levantar a un niño como si fuera una hoja y de arrojarlo al campo por encima de las casas.

Las barcas de pesca habían sido sirgadas hasta el pueblo, por miedo al mar que iba a barrer la playa cuando subiese la marea, y algunos marineros, ocultos tras el redondo vientre de las embarcaciones tumbadas de costado, contemplaban a aquella cólera del cielo y del agua.

Después se marchaban poco a poco, pues la noche caía sobre la tormenta, envolviendo en sombras el océano enloquecido, y todo el estruendo de los irritados elementos.

Quedaban aún dos hombres, las manos en los bolsillos, encorvados bajo la borrasca, el gorro de lana calado hasta los ojos, dos corpulentos pescadores normandos, con una sotabarba áspera, con la piel quemada por las saladas ráfagas de alta mar, de ojos azules con una pinta negra en el centro, esos ojos penetrantes de los marinos que ven a lo lejos en el horizonte, como un ave de presa.

Uno de ellos decía:

-Hala, vente, Jérémie. ¿Qué tal si echamos una partida de dominó? Yo pago.

El otro vacilaba aún, tentado por el juego y el aguardiente, sabiendo perfectamente que iba a emborracharse una vez más si entraba en la taberna de Paumelle, contenido también por la idea de su mujer, que se había quedado completamente sola en la casucha.

Preguntó:

-Casi que diría que has apostado a emborracharme toas las noches. Dime, ¿qué gusto le sacas?, porque siempre corres con el gasto...

Y se reía de todas maneras ante la idea de todo aquel aguardiente bebido a expensas de otro; se reía con la risa satisfecha de un normando aprovechado.

Mathurin, su camarada, seguía tirándole del brazo.

-Hala, vente Jérémie. No está la noche para volver a casa sin algo caliente en la barriga. ¿De qué tienes miedo? ¿No te va a calentar la cama tu costilla?

Jérémie respondía:

-La noche pasada, ni pude encontrar la puerta... ¡Casi casi me pescaron en el arroyo delante de casa!

Y se reía aún con aquel recuerdo de borrachín, y marchaba despacito hacia el café de Paumelle, cuyos cristales iluminados brillaban; marchaba, arrastrado por Mathurin y empujado por el viento, incapaz de resistirse a aquellas dos fuerzas.

La sala baja estaba llena de marineros, de humo y de gritos. Todos aquellos hombres, vestidos de lana, acodados en las mesas, vociferaban para hacerse oír. Cuantos más bebedores entraban, más había que chillar entre el estruendo de voces y de fichas de dominó batidas contra el mármol, como para hacer más ruido todavía.

Jérémie y Mathurin fueron a sentarse a un rincón y empezaron una partida, y las copas desaparecían, una tras otra, en la profundidad de sus gargantas.

Luego jugaron otras partidas, tomaron otras copas. Mathurin servía sin parar, guiñándole el ojo al dueño, un gordo tan rojo como el fuego y que se lo pasaba en grande, como si estuviera en el secreto de alguna broma; y Jérémie tragaba el alcohol, balanceaba la cabeza, lanzaba carcajadas que parecían rugidos, mirando a su compadre con un aire alelado y contento.

Todos los clientes se marchaban. Y cada vez que uno de ellos abría la puerta de fuera para salir, una ráfaga de viento entraba en el café, agitaba tempestuosamente el pesado humo de las pipas, balanceaba las lámparas suspendidas de cadenas y hacía vacilar las llamas; y de repente se oía el choque profundo de una ola que se desplomaba y el bramido de la borrasca.

Jérémie, con el cuello desabrochado, adoptaba actitudes de curda, con una pierna extendida, un brazo colgante; y con la otra mano sujetaba sus fichas.

Ahora se habían quedado solos con el dueño, que se acercó, lleno de interés.

Preguntó:

-¿Qué, Jérémie, cómo va la cosa por ahí dentro? ¿Te has refrescado con tanto riego?

Y Jérémie farfulló:

-Cuanto más corre, más seco se pone ahí al fondo.

El tabernero miró a Mathurin con aire ladino. Dijo:

-Y tu hermano, Mathurin, ¿por dónde anda a estas horas?

El marinero tuvo una risa muda:

-Está bien calentito; tú, tranquilo.

Y ambos miraron a Jérémie, que colocaba triunfalmente el seis doble, anunciando:

-Ahí va el ataúd.

Cuando hubieron acabado la partida, el dueño declaró:

-¿Saben, chicos?, yo me voy a la cama. Les dejo una lámpara y un caneco de litro. Hay hasta cuatro reales a bordo. Cierra la puerta por fuera, Mathurin, y mete la llave por debajo del tejadillo, como hiciste la otra noche.

Mathurin replicó:

-Tú, tranquilo. Entendido.

Paumelle estrechó la mano de sus dos clientes rezagados, y subió torpemente la escalera de madera. Durante unos minutos, sus pesados pasos resonaron en la casita; después un gran crujido reveló que acababa de meterse en cama.

Los dos hombres siguieron jugando; de vez en cuando, una racha más fuerte del huracán sacudía la puerta, hacía temblar las paredes, y los dos bebedores alzaban la cabeza como si fuera a entrar alguien. Después Mathurin cogía el caneco y llenaba el vaso de Jérémie. Pero de pronto, el reloj colgado sobre el mostrador dio las doce. Su timbre ronco parecía un choque de cacerolas, y los golpes vibraban mucho tiempo, con una sonoridad de chatarra.

Mathurin se levantó al punto, como un marinero que ha acabado su guardia:

-Hala, Jérémie, hay que largarse.

El otro se puso en marcha con más trabajo, recuperó el equilibrio apoyándose en la mesa; después se dirigió a la puerta y la abrió, mientras su compañero apagaba la lámpara.

Cuando estuvieron en la calle, Mathurin cerró el establecimiento; luego dijo:

-Hala, buenas noches, hasta mañana.

Y desaparecieron en las tinieblas.

* * *

Jérémie dio tres pasos, después se bamboleó, extendió las manos, encontró una pared que lo sostuvo en pie y volvió a ponerse en marcha tropezando. A veces una ráfaga, precipitándose en la estrecha calle, lo lanzaba hacia adelante, le hacía correr unos pasos; después, cuando cesaba la violencia de la tromba, se paraba en seco, habiendo perdido el empuje, y volvía a vacilar sobre sus caprichosas piernas de borracho.

Iba instintivamente hacia su casa, como los pájaros van hacia el nido. Por fin reconoció su puerta y empezó a palparla para descubrir la cerradura y meter la llave. No encontraba el agujero y blasfemaba a media voz. Entonces la emprendió a puñetazos con ella, llamando a su mujer para que viniera a ayudarle:

-¡Mélina! ¡Eh! ¡Mélina!

Como se apoyaba en la hoja para no caerse, ésta cedió, se abrió, y Jérémie, perdiendo apoyo, entró en su casa rodando, fue a caer de narices en el centro de su hogar, y sintió que una cosa pesada pasaba sobre su cuerpo, y después huía en la noche.

No se movía, pasmado de miedo, enloquecido, con terror al diablo, a los aparecidos, a todas las cosas misteriosas de las tinieblas, y esperó un buen rato sin atreverse a hacer un movimiento. Pero cuando vio que nada se movía ya, recobró un poco de razón, la razón enturbiada del borrachín.

Se sentó, muy despacito. Esperó todavía un rato, y, dándose por fin ánimos, pronunció:

-¡Mélina!

Su mujer no respondió.

Entonces, de repente, una duda cruzó por su cerebro nublado, una duda indecisa, una vaga sospecha. No se movía; permanecía allí, sentado en el suelo, en la oscuridad, buscando sus ideas, aferrándose a reflexiones tan incompletas y bamboleantes como sus pies.

Preguntó de nuevo:

-Dime quién era, Mélina. Dime quién era. No te haré nada.

Esperó. Ninguna voz se alzó en las sombras. Ahora razonaba en voz alta.

-Estoy bebido, claro, ¡estoy bebido! Él me hizo beber así, ese desgraciado; fue él, para que no volviera. ¡Estoy bebido!

Y proseguía:

-Dime quién era, Mélina, o voy a hacer una barbaridad.

Tras haber esperado de nuevo, continuaba, con una lógica lenta y porfiada, de borracho:

-Como que él me entretuvo en casa de ese gandul de Paumelle; y las otras noches, lo mismo, para que no volviese. Es cómplice de ustedes. ¡Ah!, ¡qué mamón!

Lentamente se puso de rodillas. Una cólera sorda lo asaltaba, mezclándose con la fermentación de las bebidas.

Repitió:

-Dime quién era, Mélina, o te voy a zurrar, ¡te aviso!

Ahora estaba de pie, estremeciéndose con una cólera fulminante, como si el alcohol que tenía en el cuerpo se hubiera encendido en sus venas. Dio un paso, tropezó con una silla, la agarró, siguió andando, encontró la cama, la palpó y sintió en su interior el cuerpo cálido de su mujer.

Entonces, enloquecido de rabia, gruñó:

-¡Ah! ¡Estabas ahí, puerca, y no contestabas!

Y levantando la silla que sostenía en su robusto brazo de marinero, la dejó caer ante sí con exasperada furia. Un grito brotó de la cama; un grito enloquecido, desgarrador. Entonces empezó a golpear como un batidor de lana. Y pronto, nada se movió ya. La silla volaba hecha pedazos; pero le quedaba una pata en la mano, y él seguía golpeando, jadeante.

Después, de repente, se detuvo para preguntar:

-¿Me dirás ahora quién era?

Mélina no respondió.

Entonces, roto de cansancio, embrutecido por su violencia, volvió a sentarse en el suelo, se estiró y se durmió.

Cuando se hizo de día, un vecino, viendo la puerta abierta, entró. Vio a Jérémie que roncaba en el suelo, donde yacían los restos de una silla, y en la cama una papilla de carne y de sangre.

FIN

 

¿Fue un sueño? (texto completo)

¡La había amado locamente!
¿Por qué se ama? ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios... un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en todas partes, como una plegaria.
Voy a contaros nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.

Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche llegó a casa muy mojada, porque estaba lloviendo intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante una semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: "¡Ah!" ¡y yo comprendí!¡Y yo comprendí!
Me consultaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío!¡Dios mío!
¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas... mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.

Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación - nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte -, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.

Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal - en aquel liso, enorme, vacío cristal - que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!
Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:
"Amó, fue amada, y murió."
¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!
Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.
Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.
Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente, lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!

No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo Tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente como se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:
"Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios."

El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:
"Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo, y murió en pecado mortal."

Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.
Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:
Amó, fue amada, y murió.
ahora leí: "Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió."
Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.

FIN

 

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