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(Poesía -Editorial Cinosargo)

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¿A quién se le estarán quemando las papas?

Enviado por Corresponsal cinosargo el 25/06/2008 a las 19:58
Corresponsal cinosargo

 

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Así decía mi abuela cuando sentía olor a papa quemada. Ella me crió ya que mi madre al parir, no resistió y murió. Mi abuela me creció con mucho amor y carne de cerdo ahumada, mariscos y mucho milcao. Nací en Melinka una mañana de mucha lluvia, pero con un hogar calentado por él fogón y él amor de mi abuela. De mí paire, nunca supe na y preferí jamás preguntar lesera, al caso que ni falta él me hacia. Yo corría todos los días con viento, lluvia o frío, 20 Km de Melinka hasta llegar a mí amada escuelita. Mientras corría en él camino podía ver a otros chicos que también se dirigían allá y entre risas y correrías llegaba, justo a tiempo con él tilín de la campana. Y ahí estaba mi Sol, con sus inmensos ojos negros y su pelo color negro azabache, siempre riéndose y burlándose de mí.

Otra vez te gane po Alberto, tenis piernas gordotas pero muy corto el tranco así nunca me vaí alcanzar, yo hace rato que llegue, no soy remolona como vos po Alberto. Yo too sudao y con los pómulos enrojecidos, no se si por la vergüenza o el calor que me provocaba él verla, solo movía la cabeza dejándole creer que ella me ganaba. Pero pa entro yo pensaba: su paire tiene camioneta así quién no gana. Sus dientes blancos como la leche y su gorjeante sonrisa me perturbaban a diario, es más, me confundían entero.

La Maestra un poco cómplice de la situación me decía: ¿Qué pasa Alberto concéntrate en esos números, parece que estas enamorad. Se me apretaban las tripas de vergüenza ya que todos los chicos se reían de la situación. Y así fue pasando él tiempo y juntos nos licenciamos de 8° año, con mi Sol. Yo muy elegante incluso con corbata y mi abuela del brazo mío muy orgullosa que su único nieto hubiera terminado sus estudios y ella, hermosa y radiante como nunca del brazo de su obeso padre y de su delgada madre.

Mientras los mayores asaban la carne nosotros los jóvenes juntábamos las piedras que se iban a tirar al hoyo del curanto. Se me acerca mi Sol y me dijo: ¡Vamos a buscar más hojas de nalca con los chicos pal curanto!, y en él camino me pregunto: ¿Seguirás estudiando Alberto?. No, respondí, ya que debo trabajar él campo con mi abuela. Ahora que estoy grande, mi pobre vieja tiene los huesos ya malos y yo soy él único hombre que hay mi casa y debo apechugar no más. Bueno no te amarguis tanto, yo tampoco seguiré estudiando ya que mi pa dice que ahora soy señorita y necesito más cuidaos, e interna no me deja. ¿Y sí nos casamos?, le dije rápido, y claro pa no tener que repetirlo dos veces. Ella se rió mucho y salió corriendo donde los otros chicos sin darme una respuesta. Luego que yo estaba en la leñera, se me acerco mi abuela y me dijo: no andís na enamorando a la Sol ni la andis entusiasmando, pa mujer, esa chiquilla es puro pellejo nomás y jamás té podría dar ni un chiquillo siquiera. No se éste preocupando por leseras y no me este metiendo cosa en mi cabeza iñora, mejor vallase pa entro, que se largo juerte la lluvia, respondí. Y mientras mi abuela atizaba él fuego, yo me aturdía pensando en mi Sol ¿que estaría haciendo en este momento en su casa con tanta lluvia y tanto frío? Y así sin darnos ni cuenta ya estabamos casados. Yo con 19 años y ella 18. Toda vestida de blanco con su pelo olor a miel, y su cuerpo olor de manzanilla. ¡Por fin era mía mi sol!. Una semana duró la fiesta y todo el pueblo asistió, hasta el director de nuestra escuelita. Jugábamos todo el día, ella jamás cambió su sonrisa. Inundaba todo nuestro hogar. Y así fue pasando el tiempo y la abuela un día me advirtió: No le pidaí hijos a la Sol, ella es debíl de aentro y te quedaraís solo. Eso fue lo último que me dijo y se durmió feliz en la muerte. Y así pasaron los años, cuando mi Sol, radiante se me acercó a contarme su hermosa noticia: Un hijo tendremos pronto y sellará nuestras vidas. Una niña con mis ojos o un niño con tus gordas y cortas piernas, y rió muy feliz. Yo no supe que decir, solo la abrasé y besé su frente. Y aquí estoy yo con mi pena, casi seco de tanto llorar. Mi sol mi vida, mi todo ya no ríe más. Al cuarto mes de embarazo ella comenzó a sangrar y se durmió con mi niño sin conocer yo su andar. Debilidad uterina dijo el internista en el hospital. Y que hago yo ahora con mi campo y sin mi Sol. Me marché lejos, muy lejos donde no se ve el día.

Estuve meses botado para perder la razón. Me mojé hasta los huesos, pasé hambre frió y mucho dolor. Para así sentir hastío y atontar este pavor que me tiene aquí sin rumbo triste y solo sin mi Sol. Caminé mas de diez días ya descalzo y sin razón. Llegué a mi triste guarida y ya no estaba ahí mi querida. Prendí mi fogón y calenté nuestro hogar por si la sentía a ella despacito a mi acercar. Preparé ese estofado con mucha papa y sazón. Ese que me hacía ella y compartíamos los dos. Tomé luego yo la colcha que en un momento nos cobijó. Bebí mucho hasta aturdirme de eso fuerte, puro alcohol. Entre sollozos y llantos tomé el retrato que estampó nuestro amor. Sentí su sonrisa muy cerca. Me pareció oír su voz. Fui perdiendo la conciencia con el humo y el calor. Me adormecí dulcemente en los brazos de mi Sol. Las llamas consumieron todo, hasta el fogón se fundió. ¿Quién estará quemando papas, de donde viene ese olor?

Autora: Ana Gómez R ( Enero 2004, Chiloe)

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leelo es muy bueno

Enviado por mario el 25/06/2008 a las 21:19
mario

Así decía mi abuela cuando sentía olor a papa quemada. Ella me crió ya que mi madre al parir, no resistió y murió. Mi abuela me creció con mucho amor y carne de cerdo ahumada, mariscos y mucho milcao. Nací en Melinka una mañana de mucha lluvia, pero con un hogar calentado por él fogón y él amor de mi abuela. De mí paire, nunca supe na y preferí jamás preguntar lesera, al caso que ni falta él me hacia. Yo corría todos los días con viento, lluvia o frío, 20 Km de Melinka hasta llegar a mí amada escuelita. Mientras corría en él camino podía ver a otros chicos que también se dirigían allá y entre risas y correrías llegaba, justo a tiempo con él tilín de la campana. Y ahí estaba mi Sol, con sus inmensos ojos negros y su pelo color negro azabache, siempre riéndose y burlándose de mí.

Otra vez te gane po Alberto, tenis piernas gordotas pero muy corto el tranco así nunca me vaí alcanzar, yo hace rato que llegue, no soy remolona como vos po Alberto. Yo too sudao y con los pómulos enrojecidos, no se si por la vergüenza o el calor que me provocaba él verla, solo movía la cabeza dejándole creer que ella me ganaba. Pero pa entro yo pensaba: su paire tiene camioneta así quién no gana. Sus dientes blancos como la leche y su gorjeante sonrisa me perturbaban a diario, es más, me confundían entero.

La Maestra un poco cómplice de la situación me decía: ¿Qué pasa Alberto concéntrate en esos números, parece que estas enamorad. Se me apretaban las tripas de vergüenza ya que todos los chicos se reían de la situación. Y así fue pasando él tiempo y juntos nos licenciamos de 8° año, con mi Sol. Yo muy elegante incluso con corbata y mi abuela del brazo mío muy orgullosa que su único nieto hubiera terminado sus estudios y ella, hermosa y radiante como nunca del brazo de su obeso padre y de su delgada madre.

Mientras los mayores asaban la carne nosotros los jóvenes juntábamos las piedras que se iban a tirar al hoyo del curanto. Se me acerca mi Sol y me dijo: ¡Vamos a buscar más hojas de nalca con los chicos pal curanto!, y en él camino me pregunto: ¿Seguirás estudiando Alberto?. No, respondí, ya que debo trabajar él campo con mi abuela. Ahora que estoy grande, mi pobre vieja tiene los huesos ya malos y yo soy él único hombre que hay mi casa y debo apechugar no más. Bueno no te amarguis tanto, yo tampoco seguiré estudiando ya que mi pa dice que ahora soy señorita y necesito más cuidaos, e interna no me deja. ¿Y sí nos casamos?, le dije rápido, y claro pa no tener que repetirlo dos veces. Ella se rió mucho y salió corriendo donde los otros chicos sin darme una respuesta. Luego que yo estaba en la leñera, se me acerco mi abuela y me dijo: no andís na enamorando a la Sol ni la andis entusiasmando, pa mujer, esa chiquilla es puro pellejo nomás y jamás té podría dar ni un chiquillo siquiera. No se éste preocupando por leseras y no me este metiendo cosa en mi cabeza iñora, mejor vallase pa entro, que se largo juerte la lluvia, respondí. Y mientras mi abuela atizaba él fuego, yo me aturdía pensando en mi Sol ¿que estaría haciendo en este momento en su casa con tanta lluvia y tanto frío? Y así sin darnos ni cuenta ya estabamos casados. Yo con 19 años y ella 18. Toda vestida de blanco con su pelo olor a miel, y su cuerpo olor de manzanilla. ¡Por fin era mía mi sol!. Una semana duró la fiesta y todo el pueblo asistió, hasta el director de nuestra escuelita. Jugábamos todo el día, ella jamás cambió su sonrisa. Inundaba todo nuestro hogar. Y así fue pasando el tiempo y la abuela un día me advirtió: No le pidaí hijos a la Sol, ella es debíl de aentro y te quedaraís solo. Eso fue lo último que me dijo y se durmió feliz en la muerte. Y así pasaron los años, cuando mi Sol, radiante se me acercó a contarme su hermosa noticia: Un hijo tendremos pronto y sellará nuestras vidas. Una niña con mis ojos o un niño con tus gordas y cortas piernas, y rió muy feliz. Yo no supe que decir, solo la abrasé y besé su frente. Y aquí estoy yo con mi pena, casi seco de tanto llorar. Mi sol mi vida, mi todo ya no ríe más. Al cuarto mes de embarazo ella comenzó a sangrar y se durmió con mi niño sin conocer yo su andar. Debilidad uterina dijo el internista en el hospital. Y que hago yo ahora con mi campo y sin mi Sol. Me marché lejos, muy lejos donde no se ve el día.

Estuve meses botado para perder la razón. Me mojé hasta los huesos, pasé hambre frió y mucho dolor. Para así sentir hastío y atontar este pavor que me tiene aquí sin rumbo triste y solo sin mi Sol. Caminé mas de diez días ya descalzo y sin razón. Llegué a mi triste guarida y ya no estaba ahí mi querida. Prendí mi fogón y calenté nuestro hogar por si la sentía a ella despacito a mi acercar. Preparé ese estofado con mucha papa y sazón. Ese que me hacía ella y compartíamos los dos. Tomé luego yo la colcha que en un momento nos cobijó. Bebí mucho hasta aturdirme de eso fuerte, puro alcohol. Entre sollozos y llantos tomé el retrato que estampó nuestro amor. Sentí su sonrisa muy cerca. Me pareció oír su voz. Fui perdiendo la conciencia con el humo y el calor. Me adormecí dulcemente en los brazos de mi Sol. Las llamas consumieron todo, hasta el fogón se fundió. ¿Quién estará quemando papas, de donde viene ese olor?


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