
André Cruchaga, Nació en Chalatenango, El Salvador, 1957. Tiene una licenciatura en Ciencias de la Educación, además de profesor de humanidades. Ha desempeñado la función de docente en Educación Básica y Superior. Además de director, se dedica a escribir poesía desde los catorce años. Parte de su obra poética ha sido traducida al francés por los poetas Jean Dif, María Eugenia Lizeaga y Danièle Trottier; esta última, el libro antológico: “El fuego atrás de la ventana” (Le feu derrière la fenêtre) y “Poemas escogidos” (Poèmes Choisis) de Libro Transparencia esperada. También la poeta María Eugenia Lizeaga ha traducido el libro “Oscuridad sin fecha” al Idioma vasco (Euskara); y Michel Krott, al holandés.
Recomendado a Cinosargo por el joven poeta, Rodrigo Rojas Terán.
A contraluz
bajo un amplio cielo gris…
Charles Baudelaire
Bebo los latidos de la ceniza
En el velorio de los sueños
Roto póstumo
Deshaciendo oráculos
Destruyendo arcos
Subastando lágrimas
Bronces desvaídos
Anillos como gargantas
Nunca fueron hechos los sueños
Sin paciencia
Sin ríos
Sin espigas
Nunca faltó un grano de luz
Un mar de golpes cubriendo la vida
Bebiendo hasta en boca
Ajena
La sangre
Nunca para levantar un alma
Faltaron cuerpos
Hoy lo sé cuando ellos
Construyen el silencio
Y desnudan la tierra
En pleno sol
Nunca para vivir
Ha dejado de congregarse
La muerte todos los días
Con su pañuelo de palpitante río
Nunca he dejado de caminar sin tregua
Sin fuego
Sobre un horizonte de rieles
De peces y pasmos
Y huellas
Nunca dejé de sentir ecos
Paleolíticos
En la osamenta insomne de las esferas
Salvo el frío del grito
Salvo las piedras hondas del vacío…
Aún queda el crepúsculo
Aún queda el crepúsculo
(Menos mal)
Rodajas de nubes
Pedazos de cielo
Brisas de vez en cuando
Ventanas aunque sin vecinos en los balcones
Gatos cazando ratones
Cucarachas felizmente alimentadas
Con suculentas migajas
Húmedos albañales
Cloacas
Mujeres madres solteras
Niñas a la moda con medias blusas y asteroides
Pantalones al estilo cantinflas
Pese a todo
Aún quedan flores de las once
Aunque agonicen en las tardes
Cirios de reventa en los cementerios
Noches sin colores
Pañuelos de asfalto
Calles inciertas
Rostros de ceniza
Aún nos queda el crepúsculo
Para adjetivar los semáforos
Buscar habitaciones
Falsear puertas
Tragar sueños
Usurpar paisajes
Buscar el retorno a Ítaca
Aún nos queda el crepúsculo
Para ver los rótulos en primer plano
Sentirnos repletos de siluetas
Gritarle a las sombras
Asirse a los árboles
A los párpados
Amortajados de eructos
Diluidos por bocanadas de humo
Que desprende el aire
Anochecido de los espejos
Aún nos queda el crepúsculo
Como un furtivo pozo
Para tocar el tiempo
Helado de los acantilados
El abandono
El silencio
Pese al murmullo del marketing.
Este mundo es así...
Perseo:
Este mundo es así —dice el subconciente.
Palabras a veces sin sonido:
Noche que se hace carne sin posesiones.
Erramos en el blanco sin volver los pasos.
No hay voluntades independientes:
La noche, o el día nos acechan
y quedamos en su velo:
boca de falacias y sofismas.
Icaro:
El mundo. Déjame ver sus estériles destellos:
La espina en las axilas
o el amor póstumo en su retinas.
Qué valor tiene el conocimiento
Que crepita —llagado en los perspicaces hongos del humus—.
Qué fuerza patética disemina los pólenes
con alas ineptas y venas más ateridas
que el braceo proscrito de los peces en el agua.
Perseo:
Nos vemos en un gran espejo agónico.
Fiamos del tiempo, a veces,
con dientes indescifrables.
La tierra hiende su faz y sucumbimos.
Desde Pirrón a Ziehen
Nos acecha la ironía de la Nada:
La única duda real que compartimos
en esta fiel succión del naufragio
que oprime el pecho
y agita los siete círculos sagrados.
Icaro:
El mundo glorifica su fugacidad
y el dolor salado y líquido
que brota de los ojos.
Acaso porque, el cautiverio de la contradicción,
nos pone entre aguas giratorias y gimientes.
A siglos que estamos así.
Y, sin embargo, proseguimos buscando
en el mismo abismo:
fondo de ojos devastados.
Bruma en la órbita de la retina.
Aurora amarga en la garganta
Sonrisa ardida de ceniza.
Mar roto en el pómulo de las olas.
Fuego de jinetes. Fuego hirsuto.
Luz. Luz. Anhelo para libertarnos
de las sombras incorpóreas que emasculan
el nombre filial de las cosas.
Perseo:
Sé que hemos vivido en la redonda alacena del vacío.
No existen las cosas —resulta paradógico, ¿verdad? —
Sólo la fuerza secreta de la esperma que torna lo alado
en vivientes espejos de conciencial testimonio.
¡Ah, mis sentidos, magma de la más espesa armonía!
Luz del cosmos. Hamacas de la aurora.
Caballos enhiestos del horizonte.
Trenes lloviendo entre los rieles del tiempo.
Bosques desde donde los ríos
crepitan y los pájaros chorrean frescos gritos
de una cópula rauda e irreductible.
Icaro:
No somos —yo o tú solos—
Un extenso cometa en la palpitación del cosmos.
Por encima de todo está la causalidad
con su hosco hocico de sapiencia:
el rayo irredento de la razón
y la apoplejía fatua de la historia.
Así nos movemos en esta razón virtual:
Extensa en sí misma;
pero infante en su delicia.
Perseo:
De mi memoria emerge una lluvia blanquísima.
Hay memoria en mí, lo sabes. Memoria.
Infancia mordida y embriagada:
Secreta antesala del destino
entre esa luz rumorosa del musgo
y el hábito vívido de los peces.
Testigo soy de esa embriaguez de los sentidos
y del redondo destino que convoca.
A buen seguro mi certeza es metafísica:
Continuo reino de sombras de donde emerge la luz.
Perseo:
Este mundo es así —dice el subconsciente.
Palabras a veces sin sonido:
Noche que se hace carne sin posesiones.
Erramos en el blanco sin volver los pasos.
No hay voluntades independientes:
La noche, o el día nos acechan
y quedamos en su velo:
boca de falacias y sofismas.
Icaro:
El mundo. Déjame ver sus estériles destellos:
La espina en las axilas
o el amor póstumo en su retinas.
Qué valor tiene el conocimiento
Que crepita —llagado en los perspicaces hongos del humus—.
Qué fuerza patética disemina los pólenes
con alas ineptas y venas más ateridas
que el braceo proscrito de los peces en el agua.
Perseo:
Nos vemos en un gran espejo agónico.
Fiamos del tiempo, a veces,
con dientes indescifrables.
La tierra hiende su faz y sucumbimos.
Desde Pirrón a Ziehen
Nos acecha la ironía de la Nada:
La única duda real que compartimos
en esta fiel succión del naufragio
que oprime el pecho
y agita los siete círculos sagrados.






































