
A pocas semanas de la inesperada muerte del poeta Peruano Alejandro Romualdo, un nuevo y trágico deceso, sacude a la lírica hispanoamericana, el ensayista y poeta venezolano Eugenio Montejo premio Nacional de Literatura (1998) y premio internacional Octavio Paz de poesía y ensayo (2004), falleció el pasado cinco de junio, a los 70 años de edad, producto de un cáncer estomacal.
Este diplomático, poeta y ensayista, nació en Caracas en 1938 y logró durante su trayectoria, un alto reconocimiento tanto de la crítica, como del público y su pares, producto de una voz rica en el dominio de las formas y la gama textual.
Entre los libros de poesía de Montejo destacan "Elegos", "Adiós al siglo XX", "Partitura de la cigarra" o "Papiros amorosos". Además, el escritor es autor de dos colecciones de ensayos y fue director literario de Monte Avila Editores y consejero cultural de Venezuela en Portugal.
En cuanto a sus actividades divulgativas, Montejo fue fundador de la revista Azar Rey y cofundador de la revista Poesía, de la Universidad de Carabobo. También fue investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos.
Publicó poesía infantil con el seudónimo de Eduardo Polo. Entres estas obras destaca Chamario, de 2003, del que se habían adelantado algunos poemas en otros libros (como la antología Poemas con sol y son, de 2001), pero que en su forma definitiva es un libro inseparable de las ilustraciones de Arnal Ballester.
Uno de sus poemas es citado por el personaje que interpreta Sean Penn en la película 21 gramos, del director mexicano Alejandro González Iñárritu
Montejo describía la poesía como “un melodioso ajedrez que jugamos con Dios en solitario, que durará muchísimo más que el hombre”.
Muestra de su obra.
EN EL NORTE
Esta noche dimito de las sombras,
el Támesis regresa al mar del norte
con celajes de tren bajo la lluvia
y en sus raudos vagones
los viajeros sacan crucigramas.
Es la noche, resguárdate,
grita el reloj cerca del polo,
pero a esta hora mi país de ultramar
cruza el arco del sol
y se baten azules las palmas.
En cada muro en que me acodo
siento el vaivén errante de los barcos.
Entre estas islas y mi casa
caben todas las aguas por siglos de este río,
el gris invierno de paredes rectas,
los vientos que nos tornan monosilábicos
y quedan leguas que llenar para acercarse.
Mi corazón da tumbos en medio de la niebla,
no se ajusta a los polos,
busca el lugar donde la tierra gira más despacio.
Esta noche soy diurno frente al Támesis,
no voy a bordo en sus vagones,
sigo de pie con el silencio de una palma.
mi país de ultramar resplandece a lo lejos
y yo cuento sus horas
en relojes perdidos más allá del Atlántico.
Su ausencia es mi único equipaje.
ESCRITURA
Alguna vez escribiré con piedras,
midiendo cada una de mis frases
por su peso, volumen, movimiento.
Estoy cansado de palabras.
No más lápiz: andamios, teodolitos,
la desnudez solar del sentimiento
tatuando en lo profundo de las rocas
su música secreta.
Dibujaré con líneas de guijarros
mi nombre, la historia de mi casa
y la memoria de aquel río
que va pasando siempre y se demora
entre mis venas como sabio arquitecto.
Con piedra viva escribiré mi canto
en arcos, puentes, dólmenes, columnas,
frente a la soledad del horizonte,
como un mapa que se abra ante los ojos
de los viajeros que no regresan nunca.
AMANTES
Se amaban. No estaban solos en la tierra;
tenían la noche, sus vísperas azules,
sus celajes.
Vivían uno en el otro, se palpaban
como dos pétalos no abiertos en el fondo
de alguna flor del aire.
Se amaban. No estaban solos a la orilla
de su primera noche.
Y era la tierra la que se amaba en ellos,
el oro nocturno de sus vueltas,
la galaxia.
Ya no tendrían dos muertes. No iban a separarse.
Desnudos, asombrados, sus cuerpos se tendían
como hileras de luces en un largo aeropuerto
donde algo iba a llegar desde muy lejos,
no demasiado tarde.
CANCIÓN
Cada cuerpo con su deseo
y el mar al frente.
Cada lecho con su naufragio
y los barcos al horizonte.
Estoy cantando la vieja canción
que no tiene palabras.
Cada cuerpo junto a otro cuerpo,
cada espejo temblando en la sombra
y las nubes errantes.
Estoy tocando la antigua guitarra
con que los amantes se duermen.
Cada ventana en sus helechos,
cada cuerpo desnudo en su noche
y el mar al fondo, inalcanzable.






































