
El círculo del tiempo, relato íntegro del Libro Malicia de Carlos Morales Fredes.
EL CÍRCULO DEL TIEMPO
Meneó la cabeza mientras recogía la pelota, para después mirar en dirección de las altas murallas rematadas en mallas metálicas.
En numerosas ocasiones había devuelto pelotas a los niños, que suplicaban asomados por encima de la pared del colegio.
Recordaba, inclusive, haber recogido una confeccionada con papel humedecido a fuerza de escupitajos, según sospechaba, y pegoteada con cinta adhesiva.
Al devolverla a sus afligidos dueños, tuvo la certeza de que estos, enfrentados a la disyuntiva de recuperarla o hacer otra, optaron por esperar pacientemente la llegada de algún transeúnte. Él, claro esta.
En otra oportunidad, cuando creyó haberse librado de la porfiada tarea, la persona requerida en esa ocasión, una mujer, acabo solicitando su ayuda, ya que por su condición no tenia la fuerza necesaria para superar la susodicha pared. La historia se repetía hasta la saciedad, sobre todo porque el lugar era paso obligado para llegar a su domicilio.
No vio a nadie encaramado en las rejas y, además, no se apreciaba la clásica algarabía de los recreos; por el contrario, reinaba un gran silencio. De seguro fueron sorprendidos por algún inspector y obligados a reintegrarse a clases sin alcanzar a recuperarla.
La recogió, y al hacerlo, la figura, el motivo decorativo que parecía contener, desapareció tras una suerte de sedimento suspendido. Más que pelota parecía una de esas esferas con la casita en medio de la nieve, y que al ser sacudidas, desaparecen en una tormenta blanca.
Decidió devolverla en otra oportunidad. Si lo hacia ahora quedaría abandonada en el patio, a merced de algún inspector que, de hallarla, la confiscaría.
En el trayecto alcanzó a distinguir a medias, la borrosa figura, pero finalmente concluyó que sólo estando inmóvil él y la esfera, seria posible ver en su interior.
Después de algunas horas olvidó la pelota, ensimismado en su taller, lugar donde se encerraba durante largos periodos, por lo que al recordarla, acudió con curiosidad renovada al lugar donde la había dejado.
Dentro de la esfera pudo observar, a simple vista, una imagen difusa, pero de indudables características humanas, y pese a que el sedimento se mantenía estático, la visión era borrosa aún, debido al desgaste de la superficie plástica, producto del uso.
Dentro de esa pequeña esfera, y gracias al lente de ampliación, alcanzaba a vislumbrar a otro hombrecito..., observando otra diminuta esfera, que sostenía en alto...
Superado el estupor inicial, acudieron a su mente las lecturas sobre antiguos postulados de algunas sectas herméticas, tratando de establecer, mediante disparatados artilugios y extravagantes argumentos, la teoría de que el tiempo es circular y la vida una eterna repetición.
Dejando inmediatamente de lado sus afiebradas reflexiones, tomo la esfera y enfiló en dirección al colegio con una idea fija: devolvería la pelota donde pertenecía.
Para su fortuna estaban en pleno recreo, por lo que de una patada impulsó la pelota hacia el patio. Sabía que mientras se desplazaba por el aire, la esfera estaría multiplicando infinitamente el instante del puntapié.
Se alejó esperando que nadie prestara demasiada atención al balón, o lo pusiera bajo el escrutinio de alguna lente, rogando que los recreos fuesen más largos y las clases más cortas, aspiración ampliamente acariciada también por los demás rapaces, aunque con fines menos esotéricos que los suyos. Y sobre todo, deseando que durante esos largos recreos, la inagotable energía juvenil mantuviese en movimiento constante, si no perpetuo, el oscuro sedimento contenido en la esfera.
Autor: Carlos Morales Fredes.
Todos los derechos del texto, son de propiedad intelectual del autor, Carlos Morales Fredes.






































