
Una saga de poetas
Hijo de Leopoldo Panero (1909-1962), sobrino de Juan Panero (1908-1937) y hermano de Juan Luis Panero (1942), todos ellos poetas de sugerente voz, Leopoldo María Panero nació en Madrid en 1948. Al igual que tantos descendientes de los prohombres del régimen franquista –su padre, pese a haber estado a punto de ser fusilado a comienzos de la guerra por los nacionales como consecuencia de su amistad con destacados poetas comunistas, terminó por alistarse en las tropas de Franco para acabar, ya en los años 50, siendo director del Instituto de Cultura Hispánica–, el joven Panero se siente fascinado por la izquierda radical. Vive pues con la pasión que corresponde la aventura de la clandestinidad. Su militancia antifranquista constituirá el primero de sus grandes desastres y le valdrá su primera estancia en prisión.
Drogas y manicomio
De aquellos años jóvenes datan también sus primeras experiencias con las drogas. Desde el alcohol hasta la heroína, a la que dedicaría una impresionante colección de poemas en 1992, ninguna le es ajena. Según comenta él mismo en la película "El desencanto", dirigida por Jaime Chávarri en 1976, fue uno de los primeros consumidores de ácido lisérgico que hubo en Madrid. No obstante, se engañan quienes piensan que sus viajes a los paraísos artificiales los que le llevaron al manicomio por primera vez. Es el resquebrajamiento de un paraíso tan verdadero como la infancia y, sobre todo –como con tanto acierto apunta Rosa María Pereda en "Joven Poesía Española" (Cátedra, 1979)– la exacerbación de la lectura, lo que –si es que verdaderamente la ha perdido– hace a Panero perder la razón. Las voces que oye nuestro poeta nada tienen que ver con esas otras que agobian a los desequilibrados entre los que vive desde hace más de 15 años. En los oídos de Panero susurran Lewis Carroll, Edgar Allan Poe, James M. Barrie, H. P. Lovecraft...
Fragmento de entrevista hecha a Panero.
El Quijote, una novela río asquerosa
¿Por qué no abre un dispensario antipsiquiátrico? “Pensé hacerme millonario con la antipsiquiatría y lo sería si me pagaran los derechos”. Sal y pimienta, el poeta, su materia y la de sus interrogadores. La poesía, literatura, ha sido su mundo. La pregunta no se hace esperar: ¿Su poesía es automática? ¿Pensaron en el surrealismo o simplemente que un loco escribe en automático, con el casete corrido, sin pensar, sólo aflojando el disparador del subconsciente incontrolable? ¿Es una pregunta vieja, de otra época o una viveza? Me pongo, intento ponerme, en el lugar del poeta-entrevistado, objeto de observación, ahora, y aniquilamiento, en los últimos 20 años. ¿Qué habrá pensado Panero, me pregunto, y sobre todo, que le habrá pasado por la mente cuando le preguntaron sobre su poesía, escritura, para ser exactos? Un poeta leído y que tiene una particular visión, una manera de entender la poesía. Y así responde, en la gracia de su gracia:
No me prohíbo nada salvo cagar en la silla. Pero mi poesía es técnica. Hablando del cuerpo, Spinoza dijo: “Nadie sabe lo que puede el cuerpo”. Y Neruda: “Te escucho orinar al fondo de la habitación”. Voy a echar una meada.
[Se va, vuelve] Se refiere al poema de Residencia en la Tierra de Pablo Neruda, “Tango del viudo”, que por demás es un gran poema.
¿Cuál es su poeta favorito?
“Neruda no me gusta. Mallarmé, sí. Escribe científicamente” [recita un poema en francés].
¿Preferiría ser francés?
“Querría irme a París. Allí no están tan locos como aquí. Aquí no se puede pensar. No es raro que el Quijote sea el ídolo. A San Juan de la Cruz casi lo queman porque se lavaba todos los días. Este país está obsesionado con el sexo desde hace siglos y por eso odian a Dios, porque lo ven castrador”.
¿No le gusta el Quijote?
“Es una novela río asquerosa. Me gusta El licenciado Vidriera”. Ahí está retratado en sus gustos, verdades literarias, pero su poesía habla por él. Ahí está su mirada y la máscara. No viaja en automático el poeta, como suponían los reporteros. Se instala en la lucidez de su sombra, en las ruinas que lo dejan intacto para reconstruirse nuevamente. Es la sensación consciente de un pataleo de un ahogado que sabe respirar a sus ritmos. Panero trabaja donde nace y muere el poema. Crucifica la luz, arde en el sueño frío, es hermano de la muerte, pero sobrevive por temperamento a sus propias aguas y costes. Sólo asume. El verbo proveerá. Todo lo demás es Panero. Y viene el final del barranco de preguntas. Los que no son poetas, creen en una suerte de magia, inspiración celestial, un llamado del más allá, estando todos bien acá. ¿El poeta es un mago, un pequeño dios, un duende, que coño es Panero?
¿Quién le dicta sus poemas?, preguntan Miguel y Jesús, quienes le siguen crucificando a preguntas: ¿Escribe en trance? “Como no sea mi conciencia... El hombre no habla, es hablado, dijo Lacan. No creo en la bestia de la inspiración, yo cultivo el espanto como una ciencia”. Me pregunto en medio de este interrogatorio, ¿por qué El País no editó un solo verso de Panero? Un poeta desde un principio y final, es su poesía. Es el cuerpo a la sombra. Todos somos el delito.
El papa, mi doble
¿El nuevo papa?
“Un filonazi. Mi doble”.
¿Zapatero?
“El príncipe de las tinieblas. ‘Oh, Satán, tú tienes dos cosas: el oro y el regazo de la mujer’ (Goethe)”.
¿Negociar con ETA?
“Por supuesto. Hace siglos dije que sólo ETA hace oposición”.
Mis preguntas, las que le hubiese hecho, y no es de locos: ¿Aceptaría el Premio Nobel? ¿Una Embajada en Bagdad? ¿Un poema es redondo, cuadrado, triangular o no tiene formas? ¿Cuántas veces cree haber hecho su cama? ¿Qué lee ahora? ¿Qué libros tiene en su biblioteca? ¿Participa en concursos de poesía? ¿Mira el calendario o el reloj? ¿Prefiere la noche o el día? ¿Sabe quién es después de las dosis de haloperidol? ¿Ama a alguna mujer, persona, animal o cosa? ¿Recuerda el día en que dejó su casa, la calle, la sociedad? ¿Sueña? ¿Qué recuerda de la vida que no sea la muerte? ¿Una palabra favorita, una película, un libro, un animal? ¿Qué acto de locura no cometería? ¿Si lo dejaran salir, a dónde iría primero? ¿La locura es un acto de fe? ¿La cordura es una cuerda que puede cortarse? ¿Qué le recomendaría a un loco? ¿Por qué punta entra a una madeja un orate? ¿Usted trabaja con Internet, tiene acceso? ¿Quién califica, administra y maneja la locura? ¿La locura es un tema personal o de Estado? ¿Una casa de locos es rentable? ¿Con qué personaje le interesaría conversar, entablar una amistad? ¿Quién fue el primero en abrir la puerta a la locura? ¿Está de acuerdo en que la imaginación es la loca de la casa?
Posdata
La poesía es un estorbo, una curiosidad no indispensable, un lenguaje cargado de malas intenciones para poner a pensar. Quizás, un acto de locura en un mundo esquizo, pero lineal. Panero es este espejo dormido en nosotros, un anillo para la boda con la realidad. Sólo veo su rostro sobre una ventana de España, su mirada peninsular, adentro de sus adentros, sus orejas y nariz larga, mirada de alguien sometido a la Inquisición. Pienso que Panero ya no está allí. Es un fragmento peninsular su rostro, el mapa árido de España, la fértil imaginería de un mundo de locos, alguien que no llegará a puerto, porque no existe.
Fuentes: Escáner Cultural.
Rolando Gabrielli






































