
WITOLD GOMBROWICZ Y LA PLAZOLETA DE VENCE
Gombrowicz
nació en Maloszyce donde vivió un año. Durante seis años vivió en
Bodzechow, veintiocho en Varsovia, veinticuatro en Buenos Aires, un año
en Berlín y cinco años en Vence. Estando en Vence a Gombrowicz lo asalta
la nostalgia por la Argentina, hace un resumen de su vida y de su obra,
empieza a administrar su gloria desde Francia y se prepara a morir.
“Finalmente
me he establecido en Vence. Un pisito agradable, cinco balcones, cuatro
vistas, tres chimeneas. Entre los Alpes ardientes de luz, el mar que
azulea en la lontananza y los antiguos callejones de este pueblo
encantador, con los restos del castillo de los barones de Villenueve et
de Vence”. Cuando promediaba su estada europea en Vence Gombrowicz se
empezó a sentir como un rey moribundo.
Después de terminada la
“Opereta” no sabía qué escribir, ni siquiera en los diarios, una
situación nada envidiable para un escritor. “De momento soy como el
sonido de una tecla del piano hundida, hay en mí más muerte que vida. En
mi vida hubo siempre una contradicción que me arrebata violentamente de
las manos el plato con la comida justo cuando la acerco a la boca”.
A
pesar del “memento mori” que se respira en los últimos diarios de
Gombrowicz a veces se aparece como un soberano mirando desde el palco
real la riqueza y la gloria. “Hace más de un año que estoy instalado en
Vence, a veinte kilómetros de Niza, en la falda de los Alpes Marítimos;
un pueblo chic, no faltan residencias discretamente escondidas entre
grupos de palmeras, detrás de muros de rosales, en la espesura de
mimosas (...)”
“Desde la ventana veo algunos Rolls Royces cuyos
propietarios compran
leche o gambas en el mercado. Aparte de los Rolls Royces también hay
Jaguars”. En los primeros cruces literarios que Gombrowicz tiene en
Vence aparece Sandauer. “Frente a mí, en la mesa, el ensayo ‘Gombrowicz,
el hombre y el escritor’ de Sandauer. Desde hacía siete años no me
llegaba desde Polonia más que silencio “
Las relaciones de Sandauer
con Gombrowicz eran ambiguas. Sandauer tenía las manos atadas en la
Polonia Popular, además quizás estuviera tomando revancha de lo que
Gombrowicz había escrito en los diarios sobre él. Lo había caracterizado
como una especie de escarabajo solitario que seguía su propio camino,
un mastodonte, un monje, un hipopótamo, un excéntrico, un inquisidor, un
mártir, un cocodrilo... un sociólogo.
“En una literatura
patriótica y moralizante como la polaca, Gombrowicz representa un
fenómeno excepcional. Basta con recorrer cualquiera de sus libros para
convencerse de que, en el lugar del
patriotismo, lo que aquí domina es el egotismo, que el único imperativo
de esta obra es la fidelidad hacia sí mismo”. Esta crítica de Sandauer
va acompañada de reflexiones sobre la homosexualidad y sobre el
fascismo de Gombrowicz.
“Apuesto a que estos recuerdos de Berlín
caerán las manos de gacetilleros, a que la política bailará a su
alrededor una danza negra, a que yo, artista, seré entregado al
articulista, yo, hombre, me convertiré en pasto de redactores, en blanco
de los ataques de publicistas, seré bocado de nacionalismos,
capitalismos, comunismos y el diablo sabrá qué más, me convertiré en
víctima de ideologías perfectas para tirarlas a la basura”
Pero
no solamente había caído en las manos de gacetilleros, también había
caído en las manos de Sandauer, que después de los siete años de
silencio que le venían de Polonia desde la época del deshielo, escribe
sobre su fascismo y sus perversiones
sexuales. Las confidencias que hace Gombrowicz sobre su homosexualidad
son confesiones a medias, porque no siempre había sido homosexual.
Por
otra parte, a su juicio, casi no había hombre que no hubiera
experimentado esa tentación. “¿Qué puede saber ese cactus de Sandauer,
me pregunto, sobre el Eros, pervertido o no? Para él el mundo erótico
siempre será una habitación aparte, cerrada con llave, que no se
comunica con otras habitaciones de la vivienda humana. La sociología,
sí, la psicología..., éstas son las habitaciones donde se siente como en
su casa (...)”
“Pero el erotismo es para él una monomanía.
Algunos verán en mi mitología del ‘Joven’ la prueba de mis inclinaciones
homosexuales; pues bien, es posible. No obstante, deseo hacer una
observación: ¿es seguro que el hombre más hombre permanece insensible
por completo ante la belleza del muchacho? Y aún más: ¿cabe decir que la
homosexualidad, milenaria,
extendida, siempre naciente, no es otra cosa que extravío? (...)”
“Y
si ese extravío es tan frecuente, si se halla tan universalmente
presente, ¿no es acaso porque prospera sobre el terreno de una atracción
innegable?”. Las fábulas volátiles de los artistas son consistentes
sólo cuando nos revelan alguna realidad, la que fuere, y la pregunta que
nos debiéramos hacer sobre las perversiones eróticas de Gombrowicz es
si ellas han llevado al descubrimiento de alguna verdad.
Si no
fuera así no vale la pena romperse la cabeza, sería un caso para ser
tratado por la medicina. Para Gombrowicz el hombre joven debe
convertirse en un ídolo del hombre realizado que envejece. El dominio
orgulloso del mayor sobre el menor sirve para borrar una realidad, la
realidad de que el hombre en declive sólo puede tener un vínculo con la
vida a través del joven, ese ser que asciende, porque la vida misma es
ascendente.
La naturaleza
insuficiente y ligera del joven es un factor clave para la comprensión
del hombre y del mundo adultos, existe una cooperación tácita de edades y
de fases de desarrollo en la que se producen cortocircuitos de
encantamientos y violencias, gracias a la cual el adulto no es
únicamente adulto. Estas afirmaciones son las que determinan la
naturaleza del experimento que lleva a cabo Gombrowicz en “Pornografía”.
Pero,
para cierta especie de críticos, la acción de esta novela es un fábula
arbitraria y mágica que ocurre simplemente por orden de Fryderyk, un
personaje sobrenatural y casi divino, que vendría a ser algo así como el
alter ego de Gombrowicz. Las naturalezas no eróticas como la de
Sandauer tienen dificultades para penetrar en un mundo erótico como el
de Gombrowicz.
Además, las obras de Gombrowicz son difíciles, sin
embargo, la estupidez de los críticos debiera tener un límite, el límite
de no escarbar en las
perversiones de Gombrowicz sin la capacidad de descubrir a qué
consecuencias llevan. El fascismo de Gombrowicz, en cambio, es irreal,
de vez en cuando aparece como un reflejo de su crítica al comunismo y al
provincialismo polaco que lo había atormentado desde su más tierna
juventud.
Fue precisamente “Pornografía” la obra que golpeó las
puertas de Vence para poner al descubierto una impostura sobre la que
Gombrowicz escribe en los diarios. A principios de mayo de 1965 no
abrigaba ninguna esperanza de conseguir los diez mil dólares del Premio
Internacional de Editores. Pero al cuarto día de las deliberaciones una
periodista italiana que lo entrevistaba le dijo que en el jurado habían
empezado a hablar de “Pornografía”.
El libro se destacaba entre unas
cuantas decenas de obras que estaban en discusión. Quedaron como
finalistas Gombrowicz y Saul Bellow, un norteamericano que diez años
después recibió el Nobel de Literatura.
Los diez mil dólares del premio le despertaron el apetito y le quitaron
el sueño, pero por un conjunto de circunstancia adversas perdió por un
voto, y los dólares se le esfumaron.
El español Ferrater, que en
principio estaba de su parte, decidió proponer en la primera votación a
un latinoamericano para hacerle propaganda; el nombre de “Pornografía”
también lo perjudicó pues el jurado había premiado unos días atrás una
obra algo escabrosa, y no quiso premiar en forma contigua más de lo
mismo; y la presidenta del jurado, la señora McCarthy, no había sido
capaz de leer más de cincuenta páginas de la novela.
Mary McCarthy
era una novelista y ensayista estadounidense sobresaliente. Su obra, en
conjunto, se destacaba por una mezcla rica y precisa de ficción y
autobiografía. Pasado el tiempo, a juicio de muchos, se ha convertido en
una de las más grandes escritoras e intelectuales estadounidenses del
siglo XX. Sin embargo, y
a raíz de los comentarios que la McCarthy había hecho sobre
“Pornografía”, Gombrowicz se convierte en abogado.
Empieza a
meditar en cómo podía llevar a ese jurado a los tribunales. Las bases
legales de la acción judicial se podían sustentar en el hecho de que el
premio, el más importante después del Nobel, debía otorgarse al mejor
libro y sólo desde el punto de vista artístico, ése era el único
criterio que debía tenerse en cuenta. “Compréndanme bien, por favor:
nosotros, los artistas, conocemos perfectamente bien lo efímero de
nuestras empresas (...)”
“Por supuesto que emborronar el papel con
historias imaginarias no es una ocupación seria. Qué vergüenza sentía en
los primeros años de escribir, cómo me ruborizaba cuando alguien me
sorprendía in fraganti. Si un ingeniero, un médico, un oficial, un
piloto, un obrero son gente seria de entrada, un artista no consigue
realizarse seriamente más que
después de muchos años de esfuerzos y contrariedades (...)”
“A
mí la ascensión me había ocupado treinta años de esfuerzo, miseria y
humillación. ¿Quién? ¿Qué demonio? ¡Diez mil dólares! ¡Que tú codicias!
¡Que han penetrado en ti hasta la médula! ¿Diez mil? ¡Pero si es una
suma del todo ridícula! ¡Si al menos fuera un millón! ¡Cincuenta
millones! No diez mil, ésa es la suma que gana un financiero estándar en
una transacción que no pasa de mediocre”
Gombrowicz no dice esto
para despreciar a los premios, sino para poder presentarse a ellos sin
menoscabo de su propia vida interior y también para mostrar qué
hirientes pueden ser estas canalladas que cometen los jurados. Después
del Formentor, que recibe dos años después multiplicado por dos pues lo
habían aumentado a veinte mil dólares, a Gombrowicz se le despierta otra
vez el apetito y quiere más, quiere el Premio Nobel.
“Mientras
bailaba con
‘Cosmos’ sobre las aguas interminables del Atlántico, no tenía el menor
presentimiento de que por esta novela obtendría, cuatro años después,
el Premio Internacional de Literatura. Los premios no eran mi fuerte,
iba a cumplir los sesenta años y aún no había recibido ninguno, me había
acostumbrado a la idea de que los premios y yo no nos llevábamos bien
(...)”
“Sabía que el aspecto dramático de ‘Cosmos’ no podía ser
captado plenamente de inmediato, tenía que transcurrir cierto tiempo
pues se trataba de un libro austero en el que le daba poco lugar a la
diversión. Antaño, un Tolstoi o un Balzac podían escribir prácticamente
para todo el mundo, una facilidad de la que no disponen los escritores
contemporáneos (...)”
“No disponen de esta facilidad por la
razón de que ya no tenemos un universo común, existe una docena de
universos diferentes que se disputan nuestros lectores. ¿Cómo dar con un
lenguaje que sea
comprendido a la vez por un católico conservador, un existencialista
ateo, un realista socialista, o un lector cuya conciencia haya sido
socavada por Husserl, o por Freud o cuya sensibilidad se haya
desarrollado en contacto con el surrealismo? (...)”
“Realidades
diferentes, diferentes maneras de ver, de sentir; en los confines de
esos horizontes diversos se libera toda la diversidad de nuestros
temperamentos, la época de una lectura normal ha quedado atrás. ‘Cosmos’
es capaz de angustiarme, y hasta de asustarme, porque a lo largo de mi
vida me he forjado una sensibilidad especial hacia la forma, y,
verdaderamente, el hecho de tener cinco dedos y no treinta por ejemplo,
me da miedo (...)”
“Para mí no existe nada más fantástico que
estar aquí, y ahora, y el ser tal, definido, concreto, éste y no otro.
‘Cosmos’ tiene como tema la formación misma de su propia historia, es
decir, la formación de la realidad. En esta
novela se muestra cómo una determinada realidad trata de surgir de
nuestras asociaciones, de manera indolente, con todos sus torpezas...,
en una jungla de equívocos, de interpretaciones erróneas (...)”
“Y a
cada instante la desmañada construcción se pierde en el caos. ‘Cosmos’
es una novela que se crea a sí misma, a medida que se escribe”. El
determinismo y las series, son construcciones fundamentales de la física
y de la matemática. Estas construcciones juegan un papel importante en
el desarrollo de “Cosmos”. A pesar de que el pensamiento abstracto le
producía eczema, Gombrowicz se acompañó durante toda su vida con los
filósofos.
La atracción que le producía el empirismo inglés
respecto al racionalismo continental estaba determinada especialmente
por las reflexiones sobre las percepciones y sobre las conexiones no
causales de los hechos. Los problemas de la causalidad, del determinismo
y del libre albedrío
rondaban la cabeza de Gombrowicz. “No tenemos otra noción de causa y
efecto, excepto aquella de que ciertos objetos siempre han coincidido
(...)”
“Si bien en sus apariciones pasadas se han mostrado
inseparables, no podemos penetrar en la razón de la conjunción. Sólo
observamos la cosa en sí misma, y siempre se da que la constante
conjunción de los objetos adquiere la unión en la imaginación”. Este
pensamiento nos está diciendo que en realidad no podemos decir que un
acontecimiento causó al otro acontecimiento.
Todo lo que sabemos
con seguridad es que un acontecimiento está correlacionado con el otro.
Cuando vemos cómo un acontecimiento siempre causa otro lo que en
realidad estamos viendo es que un acontecimiento ha estado siempre en
conjunción constante con el otro. En consecuencia, no tenemos ninguna
razón para creer que el primero causó al segundo, o que continuarán
apareciendo siempre en conjunción constante
en el futuro.
Esta concepción le quita toda la fuerza a la
causalidad. A Gombrowicz se le presentaba con frecuencia el problema del
determinismo. Si mis acciones determinan inexorablemente el futuro, yo
soy responsable de todo lo que ocurrirá en el mundo. Pero si mi propia
vida está regida por circunstancias que escapan a mi control, entonces,
no soy responsable de mis acciones.
El empirismo inglés advirtió
este conflicto, al ver el problema desde la perspectiva contraria: el
libre albedrío es incompatible con el indeterminismo. Si las acciones
realizadas no están determinadas por los acontecimientos anteriores
entonces las acciones son completamente aleatorias. Además, y de más
importancia para la filosofía humana, no están determinadas por el
carácter o la personalidad.
Pero, ¿cómo podría ser alguien
responsable de una acción que no es consecuencia de su carácter, sino
que ocurre de forma aleatoria? El libre albedrío
parece necesitar del determinismo, porque de lo contrario el agente y
la acción no estarían conectados. Así que, mientras que el libre
albedrío parece contradecir al determinismo, al mismo tiempo lo
necesita.
Todas estas cuestiones Gombrowicz las pone en juego en
“Cosmos”. A pesar de la desconfianza que le tenía a la razón y a las
ideas es evidente que se sentía atraído por ellas. En el año 1967
Gombrowicz recibe finalmente el Premio Internacional de Literatura por
su “Cosmos”. El crítico francés Michel Mohrt defiende la candidatura de
Gombrowicz en su magnífica intervención en la sesión del jurado.
“En
la creación de este escritor hay un secreto que yo quisiera conocer, no
sé, tal vez es homosexual, tal vez impotente, tal vez onanista, en todo
caso tiene algo de bastardo y no me extrañaría nada que se entregara a
escondidas a orgías al estilo del rey Ubú”. Esta perspicaz
interpretación de Gombrowicz, de
acuerdo con el mejor estilo francés, fue pregonada con bombos y
platillos por la radio y la prensa internacional.
En
consecuencia, los jóvenes que se reunían en la plazoleta de Vence al
verlo pasar hacían comentarios por lo bajo sobre el viejo bastardo,
impotente y homosexual que organizaba orgías. Y puesto que la
delegación sueca lo había apoyado en ese jurado por su condición de
escritor humanista, algunos informes de prensa llevaban un título
rimado: ¿Humanista u onanista?
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