Catalejos
Sobre la oscuridad de la noche, se mece el habla temblante del viento entre los catalejos. Una joven observa sus estrellas, allí sentada sobre el tronco radiante de musgo. Opera a su lente, lo suaviza, lo hace más transparente, lo besa, lo repasa.
Detrás de ella se asoma, mimetizado, un ser pequeño, que no le llega más arriba de las rodillas. Él la estudia, babea, se inquieta ante el susurrado traqueteo del telescopio, se extraña de la operación de la niña, se ríe de su inclinación perezosa y de las estrellas que tanto la ocupan.
De un segundo a otro el pequeño se decide a dejarse ver. Entra en escena, haciendo crujir el suelo alfombrado con semillas antiguas, golpeando levemente el extremo del instrumento. Eleva la respiración, la hace más pesada, bufa, mas la joven prosigue inclinada, a la espera eterna de un cometa que la entusiasme, o simplemente en la tarea de perseguir constelaciones. Ha volcado todo su aire en la mira del catalejo. Respira a través de él. A través de él escucha, y sigue inclinándose, sin advertir que le ofrece al pequeño la figura más ignominiosa. Sus entrañas están dentro de todo el instrumento, por su ojo estampado en la mirilla se le desliza primero una tripa, luego lonjas augustas de su cerebro.
El otro, sin perder nunca la paciencia, pero exhortado a jugar con sus métodos, le levanta la falda, observa todo lo que quiere observar, entra, sale, encuentra su mirilla, se recuesta, a la espera de un resplandor de vigilia auténtica, o simplemente en la tarea de perseguir las conjunciones de la carne.
Bajo la sombra de los mirlos
Mientras atravieso una arboleda empapada de mirlos,
Mis ojos se detienen en la luz de la salida, a lo lejos.
Y cae de las ramas un canto voluble y afeminado,
Muy actual. Torpe y tardíamente, como bistec mosqueado,
He reconocido el perfume detrás de mi tristeza pretenciosa y flaca:
Es el perfume de los años presentes ¡y de los que vienen!: tiempos mujeriles.
Sólo la sombra de estos pájaros negros podía traer
A nuestros ceños lamentos enervados,
Soliloquios de un juez macilento al que le pesa
El martillo, que con voz delgadísima llora:
“sí, almita,
Somos la casita que se contempla constantemente
Desde el cerro más roído: oxidada, olvidada, deshabitada.
Cualquiera diría que allí se esconde Jason
Para lavar sus coloradas ropas ¡Ay!
¡Somos mustios y hemofílicos! sí sí, almita.
Vas como péndulo, royendo
Lo que llaman caracteres fuertes, los que, sin embargo,
Son los más afeminados de las camadas actuales,
¡Y son cada vez más por venir!
Oras a la deformación y a la descolocación.
Tus ojos se entornan, sibilinos como las gangas del comercio”
Las palomas en la plaza
En
la plaza, bajo una corona de palomas encaramadas, el lisiado entona canciones
antiguas, con un efecto reverberante en su voz. Entre la multitud, con tímidos
golpecitos se abren paso padres rosados con sus hijos rosados: “con permiso”
“¿lo molesto?” – ¡Con pánico en su rostro!- para poder instalar sus imberbes
sonrisas en la primera fila y escuchar y masticar las canciones de Salvatore
Adamo como una canción de cuna.
¡El
esquelético otoño desenfunda sus nervios, y desde ellos las palomas, con una
inquietud en la tripa, se sientan a esperar!
Cuatro
diablos, borrachos de ron Abuelo, danzan muy prestos y muy malolientes, besando
a los perros que duermen a su lado, besándose entre sí, revolcándose en el
piso.
“Están
sucios, borrachos, no viven en ninguna parte, ¡que sean carneados!” exclaman
los ojitos rosados de la primera fila, mientras unos colmillos les crecen
solapadamente. Carneados por esos ojitos atónitos, execrados por comentarios
entramados y cuchicheantes. Carneados ellos…ellos que, sin embargo, han
expresado sus asquerosidades con una limpieza tan cristalina en el conducto vidrioso
de sus ebrios ojos.
¿Hacia quién entonar un mojón cálido y reverberante (si a la gravedad se enamora), de reflejos interminables? Pues hacia los padres algodonados, y hacia las madres, que mienten a sus hijos enarbolados de azúcar diciéndoles que la lluvia y la soledad son espantosas. –maúllan las palomas entre sí, mientras desvían sus anos hacia la primera fila.
Autorretrato
También colgante, también enmarcado.
De los anaqueles soy la entraña fría.
También el desvarío de algunos elementos:
Bronce, papel moneda, carne y quejidos.
También colgante, enganchada con agujas grises,
Mi cabeza está dibujada, encajada en un coito
Trabajoso entre el tiempo y el mobiliario.
Ella planea, moja y se desmaya
Como cae el polvo sobre los cajones.
¡Derramo gritos!: tengo una cola incipiente,
Y alas de gallo. ¿Y mi segundo plano?:
Página lechosa en la que yazco escrito.
¡También articulado, a la d, la g o la u!
Me precipito de mi blanca superficie
Ennegrecido de una ansiedad equívoca y desierta.
Qué página más polvorienta, leche agria,
Libro cubierto de nata. Allí suspira
Una réplica turbadamente inexpresable.
Cuando el límite oscuro de mi cabeza,
Camina en la marcha de una ola exuberante,
La marea que la hincha y la mece
Apenas le guiña al afán un deseo de despuntar.
Péndulo, impronta desconocida.
A mi sangre le duele
Como un cuerno en el hueso de la cola
Que la “sala de estar” aun me sostenga
También colgante, también enmarcado.
De la desidia
¡La estructura puede moverse descomunalmente a partir de su propia miseria! Es la desidia en todo sentido la que desprecia la mirada y abraza con brazos tibios a su propia sensatez.
La sola y octogenaria
Sensatez para las camas,
Para el sueño recién despertado,
Arrincona sobre sí, una mañana,
Una caricia soberbia y dolorosa
Sobre la intención de su bajo cuerpo
Muerto debajo de las ropas
Aclamando que la pereza no cese.
Nicolás Ramírez Betancourt, 23 años, nacido en Santiago el 17 de Marzo de 1987. Cursa sus primeros años de estudio en el colegio Santa María de la Florida. Después en el colegio República de Siria, y la educación media en el liceo Augusto D’halmar y el colegio Pierre Teilhard de Chardin. Estudió dos años la carrera de filosofía en la UMCE, pero se retiró para estudiar cine en la U de Valparaíso, carrera que cursa actualmente. Ha participado en el taller de poesía de la comuna de Lolol, y actualmente en el taller de poesía de la Sebastiana. Ha publicado poemas en dos editoriales independientes: La picadora de papel y Perros vagos.






































